domingo, 22 de febrero de 2015

Vikingos y amerindios cara a cara


 En la Tierra de Baffin, los arqueólogos han hallado cuerdas fabricadas al estilo vikingo
y otras pruebas de contacto con Europa.


Siguiendo el rastro de ciertos objetos hallados en el Ártico canadiense, una arqueóloga escribe un capítulo perdido de la historia del Nuevo Mundo.

Su textura sedosa y la especial suavidad al tacto enseguida llamaron la atención de Patricia Sutherland. Las hebras de aquella cuerda procedían de un asentamiento abandonado en el extremo septentrional de la Tierra de Baffin, en Canadá, muy por encima del círculo polar Ártico y al norte de la bahía de Hudson. Hace unos 700 años cazadores indígenas se habían calentado en ese lugar con lámparas de aceite de foca. En la década de 1980, tras desenterrar en las mismas ruinas cientos de objetos, un misionero católico se había quedado perplejo ante aquellos filamentos tan suaves. Esa cuerda, confeccionada con pelos cortos extraídos del pelaje de una liebre ártica, nada tenía que ver con las que fabricaban los cazadores árticos retorciendo tendones y nervios. ¿Cómo había llegado hasta allí? Sin haber hallado la respuesta, el anciano sacerdote embaló las hebras junto con el resto de los hallazgos y los despachó a Gatineau, Quebec, directos al Museo Canadiense de la Civilización.

Pasaron los años. Un buen día de 1999 Sutherland, experta en arqueología ártica del mencionado museo, observó las hebras al microscopio y descubrió que alguien había hilado los pelos cortos para crear aquellos suaves hilos. Los habitantes prehistóricos de la Tierra de Baffin, sin embargo, ni hilaban ni tejían: Se vestían con cuero y pieles, que cosían dando unas puntadas con cuerdas fabricadas con tendones y nervios. ¿De dónde procedían, pues, aquellas hebras hiladas? Sutherland tuvo un presentimiento. Años antes, mientras participaba en las excavaciones de una granja vikinga en Groenlandia, había visto a sus colegas desenterrar del suelo de una tejeduría fragmentos de un hilo similar. Corrió a telefonear a un arqueólogo danés. Semanas después una experta en tejidos vikingos le confirmó que las hebras canadienses eran idénticas a las que hilaban las mujeres escandinavas de Groenlandia. «Me quedé petrificada», recuerda Sutherland.

El hallazgo suscitaba preguntas fascinantes que alimentaron más de una década de investigación. ¿Acaso un grupo de escandinavos había arribado a las remotas costas de la Tierra de Baffin y hecho buenas migas con los cazadores nativos? ¿Era aquel hilo la clave de un capítulo perdido de la historia del Nuevo Mundo?

 
  Marfil de morsa tallado en forma de oso polar.

Los navegantes vikingos fueron los grandes exploradores de la Europa medieval. Constructores de sólidas embarcaciones de madera que todavía hoy impresionan, zarparon de su Escandinavia natal en pos de nuevas tierras, oro y tesoros. En el siglo VIII algunos navegaron rumbo a poniente, hasta lo que hoy es Escocia, Inglaterra e Irlanda, a cuyos habitantes pasaron a espada en unas incursiones que han quedado inmortalizadas en manuscritos medievales. Muchos se dedicaron al comercio. Ya en el siglo IX algunos mercaderes vikingos se dirigieron al este, recorriendo las costas de los mares Blanco y Negro y remontando los ríos de la Europa oriental. Fundaron ciudades en las principales rutas mercantiles euroasiáticas y se dedicaron al trueque de los artículos más preciados del Viejo Mundo: cristalería del valle del Rin, plata de Oriente Medio, conchas del mar Rojo, sedas de China…

Los más audaces pusieron rumbo hacia los confines occidentales, internándose en las traicioneras aguas brumosas del Atlántico Norte. En Islandia y Groenlandia los colonos vikingos establecieron sus granjas y acopiaron lujos árticos destinados a los mercados europeos, desde marfil de morsa hasta colmillos de narval que se vendían como cuernos de unicornio. Sin temor a lo desconocido, algunos jefes tribales navegaron aún más lejos en dirección oeste, surcando unas aguas cuajadas de icebergs que les llevarían a alcanzar el continente americano.

En algún momento entre los años 989 y 1020, un grupo de navegantes vikingos (quizá de hasta 90 hombres y mujeres) arribó a la costa de Terranova, donde levantaron tres robustos edificios y una serie de casas de turba destinadas a tejedurías, forjas y astilleros. En la década de 1960 un aventurero noruego, Helge Ingstad, y su esposa, la arqueóloga Anne Stine Ingstad, descubrieron y excavaron aquella antigua base de exploración en un lugar llamado L’Anse aux Meadows. Más adelante unos arqueólogos canadienses encontraron remaches navales de hierro y otros objetos de lo que parecía ser un naufragio vikingo frente a la costa de la Tierra de Ellesmere. Pero en años posteriores pocos rastros de la legendaria exploración vikinga del Nuevo Mundo salieron a la luz. Hasta que llegó Patricia Sutherland.

Bajo la suave luz matutina de la Tierra de Baffin, Sutherland y su equipo descienden en fila india por una vereda pedregosa hasta el exuberante valle de Tanfield. El fuerte viento de la víspera ha amainado y las densas nubes también son historia, por lo que un cielo azul brilla sobre la accidentada costa que los navegantes vikingos llamaran Helluland, «tierra de las piedras planas». Mucho antes de la llegada de los vikingos, los antiguos habitantes de la zona fundaron aquí un asentamiento conocido hoy como Nanook.

En su difícil avance ladera abajo, Sutherland escudriña la orilla por si hubiese osos polares. La arqueóloga se maravilla ante el musgo del valle, grueso y esponjoso: «Es puro verdor, hay turba de sobra para construir. Es el valle más verde de la zona».

En la actualidad investigadora de la Universidad de Aberdeen, en Escocia, Sutherland sonríe ante la perfección de ese escenario natural. A nuestros pies se abre una ensenada, un inmejorable puerto natural para un barco vikingo llegado del otro lado del Atlántico. Junto a algunas áreas cenagosas del valle, una charca microbiana de aspecto oleoso sugiere la presencia de limonita, la mena de hierro que los herreros vikingos trabajaban con maestría.

Con sus rizos, voz aniñada y metro y medio de estatura, Sutherland no da el tipo de jefa de expedición, pero esta arqueóloga de 63 años es un torbellino. Es la primera en levantarse y la última en cerrar la cremallera del saco de dormir. Y entre una cosa y la otra se diría que está en todas partes a la vez: preparando almuerzos para ancianos inuit, volteando tortitas, revisando la valla eléctrica anti-osos del campamento…

En 1999, el hallazgo de los hilos la llevó de nuevo a los almacenes del Museo Canadiense de la Civilización, donde se entregó al estudio de piezas descubiertas por otros arqueólogos en los yacimientos de unos cazadores árticos que hoy conocemos como los dorset, quienes recorrieron el litoral oriental ártico durante casi dos milenios hasta su misteriosa desaparición a finales del siglo XIV. Observando detalladamente, a menudo al microscopio, cientos de objetos de supuesto origen dorset, Sutherland identificó más pedazos de hebras hiladas procedentes de cuatro yacimientos importantes (Nunguvik, valle de Tanfield, isla Willows e islas Avayalik), diseminados a lo largo de unos 2000 kilómetros de costa, desde el norte de la Tierra de Baffin hasta el norte de Labrador. Sutherland también advirtió algo muy extraño en las colecciones de aquellos yacimientos: Se habían desenterrado numerosas piezas de madera, pese al hecho de que estaban en un paisaje de tundra desarbolada. Para su asombro, descubrió fragmentos de lo que parecían palos de conteo, usados por los vikingos para llevar un registro de las transacciones mercantiles, y husos, que pudieron servir para hilar fibras. También identificó trozos de madera con agujeros de clavos cuadrados y posibles manchas de hierro. La datación por radiocarbono situó uno de los clavos en el siglo XIV, hacia el final del período vikingo de Groenlandia.

Cuanto más revisaba Sutherland las antiguas colecciones de la cultura dorset, más pruebas encontraba de la presencia vikinga en aquellas costas. Al examinar la industria lítica identificó casi treinta piedras de afilar tradicionales escandinavas, una pertenencia habitual de hombres y mujeres vikingos, además de varias tallas dorset de lo que parecían rostros europeos, de nariz larga, cejas prominentes y quizá barba.

Todo apuntaba hacia un contacto amistoso entre cazadores dorset y navegantes vikingos. Pero para reunir más pistas, Sutherland debía excavar, y el valle de Tanfield parecía el lugar más prometedor. En los años sesenta el arqueólogo estadounidense Moreau Maxwell exhumó parte de una peculiar estructura de piedra y turba, y su conclusión fue que se trataba de un tipo de vivienda construida por cazadores nómadas dorset. A Sutherland le resultaba difícil de creer. Los dorset construían casitas del tamaño de un dormitorio actual. La casa del valle de Tanfield, uno de cuyos muros superaba los 12 metros de largo, debió de ser muchísimo más grande.

Una fría tarde ártica Sutherland se inclina sobre un cuadrado de tierra en el interior de las misteriosas ruinas de piedra. Con la punta del paletín desprende un trocito de hueso de ballena. Lo limpia de tierra y deja a la vista dos orificios perforados con taladro. Los dorset no tenían taladros –hacían agujeros con gubia, sin tanta precisión–, pero los carpinteros vikingos tenían brocas en sus cofres de herramientas y a menudo perforaban orificios para introducir las espigas con las que ensamblaban las piezas de madera.

Sutherland guarda el hallazgo en una bolsa de plástico. Anteriores arqueólogos ya excavaron exhaustivamente las ruinas, explica, de modo que ella y su equipo deben buscar pistas minúsculas que en su día pasaron inadvertidas. En los sedimentos del interior de los muros, por ejemplo, Sutherland localizó minúsculos fragmentos de pieles que pertenecían a una especie de rata del Viejo Mundo, probablemente la rata negra, que sin duda tuvo que llegar al Ártico en barco.

Otras pistas halladas en las ruinas no son tan sutiles. Un miembro del equipo sacó a la luz una pala de hueso de ballena muy similar a las halladas en asentamientos vikingos groenlandeses. «Tiene el mismo tamaño y es del mismo material que las palas usadas para cortar los bloques de turba destinados a la construcción», comenta Sutherland. Y todo encaja: Ella y sus colegas hallaron restos de bloques de turba, el material que los vikingos usaban para levantar paredes aislantes, y una cimentación de rocas grandes que parecen haber sido cortadas y conformadas por alguien familiarizado con la cantería escandinava. Las dimensiones generales de la estructura, la tipología de los muros y un canal de desagüe revestido de piedras recuerdan ciertas características de las edificaciones vikingas de Groenlandia. En una zona todavía perviven los restos de una letrina. Del suelo, un integrante del equipo recuperó puñados de musgo, el equivalente vikingo a nuestro papel higiénico. «Los dorset se desplazaban constantemente y no construían este tipo de instalaciones», afirma Sutherland.

 
¿Un rostro de un vikingo tallado por un escultor Dorset?


¿Pero por qué los vikingos se demorarían durante tanto tiempo en aquel tempestuoso confín de Helluland hasta el punto de llegar a construir este edificio? ¿Qué tesoros buscaban?

A finales del siglo IX un rico comerciante vikingo llamado Ohthere se presentó en la corte del rey inglés Alfredo el Grande. Hombre efusivo y ataviado con ricos atuendos exóticos, relató el largo viaje que lo había llevado hasta las costas del mar Blanco, donde un pueblo del norte conocido como los sami lo había surtido de pieles de nutria y de marta, de suave plumón y de otros raros lujos árticos. Luego obsequió al rey con marfil de morsa del que podían tallarse piezas de ajedrez y otras obras de arte exquisitas.

Ohthere no era el único mercader vikingo que surtía a los europeos de la codiciada mercancía del gélido norte. Cada primavera partían hombres de los asentamientos de Groenlandia hacia un rico cazadero costero del norte, el Nordsetur. Aquellos groenlandeses medievales se cobraban morsas y otras piezas del Ártico, y cargaban sus barcos de cuero, pieles, marfil e incluso oseznos polares vivos para el comercio exterior. A dos o tres días de navegación al oeste de Nordsetur, al otro lado de las agitadas aguas del estrecho de Davis, aguardaba otro tesoro ártico, quizás aún más rico: Helluland. Sus montañas coronadas de glaciares infundían respeto, pero las aguas heladas eran un hervidero de morsas y narvales, y en la tierra abundaban los caribúes y pequeños animales de preciado pelaje.

Los navegantes vikingos que exploraron las costas de América del Norte hace mil años probablemente buscaban socios comerciales, como Ohthere. En Terranova (Vinland para ellos) los recién llegados se toparon con un recibimiento hostil: los aborígenes estaban bien armados y veían a los extranjeros como intrusos. Pero en Helluland pequeños grupos nómadas de cazadores dorset pudieron intuir las posibilidades y desenrollar la alfombra roja. Tenían pocas armas de combate, pero eran magistrales cazadores de morsas y tramperos en busca de piezas con cuyo suave pelaje podía confeccionarse un hilo exquisito. Más aún, algunos expertos creen que los dorset eran entusiastas del comercio. Llevaban siglos practicando el trueque con sus vecinos para obtener cobre y otros artículos raros.

Con poco que temer de los indígenas, bien pudiera ser que los vikingos construyeran un campamento estacional en el valle de Tanfield, quizá para cazar además de comerciar. Los extranjeros habrían tenido dos artículos que ofrecer a los cazadores dorset a cambio de pieles de zorro polar, abundante en la zona: Pedazos de madera tallable y pequeños fragmentos de metal que podían afilarse y convertirse en hojas cortantes. Al parecer, floreció el comercio de pieles y de otros artículos de lujo. Las indagaciones arqueológicas sugieren que algunas familias dorset acampadas cerca de la avanzada vikinga pudieron haber preparado pieles de animales.

Hace trece años, cuando se topó con las curiosas hebras, Sutherland no concebía la posibilidad de que hubiese un pequeño puesto comercial vikingo en plena costa de su amado Ártico. Pero hoy tiene mucho trabajo por delante. Sólo se ha investigado una pequeña parte del valle de Tanfield, y sus hallazgos (nuevas pruebas de con¬tacto no beligerante entre navegantes vikingos y aborígenes norteamericanos, y el descubrimiento del que tal vez sea el comercio europeo de pieles más antiguo de América) han suscitado una viva controversia entre muchos de sus colegas. Como ocurrió hace décadas con el descubrimiento de L’Anse aux Meadows, la lucha será larga y denodada. Pero Sutherland está resuelta a demostrar que los escépticos se equivocan.

Se cubre el rostro con la mosquitera y vuelve a cavar. «Creo que aquí hay más cosas que de¬¬senterrar, estoy convencida –dice con una sonrisa–. Y vamos a encontrar mucho más».

Heather Pringle

Fuente: National Geographic – España. Diciembre de 2012.

domingo, 15 de febrero de 2015

Prehistoria y huellas vikingas en el noreste de América


Enlace al texto de Martín Almagro Bach, publicado originalmente en la revista Atlántida (Volumen IV. Nº21. Madrid, Mayo-Junio de 1966. Páginas 324-328) sobre la presencia de vikingos en América del Norte:

domingo, 1 de febrero de 2015

Posibles rastros vikingos en Perú... ¿O huellas de los gigantes americanos?


La selva del Departamento de Madre de Dios, en Perú.


Una misteriosa tribu de gigantes, que se asegura son rubios, volvió a poner de moda en Perú el boom de los descubrimientos arqueológicos sensacionales, muchas veces frustrados.

Una expedición franco-peruana de siete personas se internó en la selva del Departamento de Madre de Dios, al sureste de Lima, en busca de una tribu de gigantes de más de 2 metros, tras hallarse huellas de más de 50 centímetros de largo.

Estos gigantes, que hace unos años «aparecieron» en las selvas del departamento norteño de San Martín, secuestrando mujeres en las cercanías de la ciudad perdida de Pajaten, parece haberse trasladado ahora a la selva de Madre de Dios.

Se dice también que los gigantes de ese lugar se relacionan con la leyenda de hombres rubios de gran estatura, que podrían ser descendientes de los vikingos que quedaron anclados en Perú hace siglos. La existencia de los audaces navegantes de la antigüedad fue promovida por el francés Jacques de Mahieu, en dos libros, sobre su presencia en América.

Los vikingos llegaron a América del Norte, lo que parece probado, y luego descendieron hasta Yucatán y de allí pasaron a América del Sur. Los barbudos Dioses Blancos, Quetzalcóatl y Viracocha, de México y Perú, descenderían así del recuerdo de esos vikingos.

Según Jacques de Mahieu, los hombres del norte o normandos, subieron también en sus naves, los drakkars, por el Amazonas, hasta la selva amazónica.

Siempre de acuerdo a esa versión y de otros autores como Pierre Carnac, los vikingos fueron reyes de la enigmática civilización de Tiahuanaco, en el altiplano peruano-boliviano, y emperadores Incas hasta que fueron expulsados y posiblemente exterminados.

Fuente: Diario El País. Lima, 21 de Agosto de 1979.

domingo, 18 de enero de 2015

Nuevas evidencias de la presencia de vikingos en América antes de la empresa de Cristóbal Colón



Un equipo de arqueólogos ha encontrado restos de esta civilización en la zona ártica de Canadá.

Nuevamente, la ciencia ha encontrado evidencias de que América fue «descubierta» por los vikingos, y no por el marino genovés Cristóbal Colón. Así lo afirman, al menos, varios arqueólogos de la Universidad Estatal de Michigan, los cuáles han encontrado restos de varios artefactos en el sur de la isla de Buffin (ubicada en la parte ártica de Canadá).

Según publica la revista Sci News, el hallazgo se ha realizado en una excavación abierta desde 1960. Más de 50 años después, los investigadores acaban de descubrir lo que –según afirman– es un crisol para fundir bronce. A falta de pruebas previas, este artefacto podría estar fechado entre los siglos VIII y XIV lo que corroboraría nuevamente que este pueblo llegó antes que Colón a tierras americanas.

A pesar de que se han encontrado varios objetos, el que más destaca es este pequeño recipiente de piedra (una vasija) que contiene en su interior pequeños fragmentos de bronce y esferas de vidrio. Esto hace suponer que podría haber sido utilizado para fundir armas u adornos por los vikingos, ya que los pueblos indígenas del norte de América no practicaban la metalurgia en aquellos años.

El artefacto descubierto en Canadá.


“El objeto cuenta con 48 mm de alto […]. Parece haber sido más o menos circular en su planta, con un diámetro de expansión de 35 mm en base y 48 mm en el borde. La base tiene un espesor de 15 mm, con paredes estrechas de 6 mm. El exterior tiene un acabado liso, pero las porciones del interior están marcadas por el rascado o raspado”, han destacado los investigadores.

En palabras de los expertos, lo que une este objeto con los vikingos es que esta civilización empleó este tipo de recipientes en Europa. “Se han recuperado crisoles de piedra similares en Oslo”, han señalado los investigadores. Con todo, también han hecho referencia a que puede ser una evidencia temprana de la aplicación de la metalurgia en América del Norte.

Fuente: ABC. 27 de Diciembre de 2014.

martes, 13 de enero de 2015

Confirman que los vikingos pisaron América en el siglo X


Los vestigios vikingos en L’Anse aux Meadows, en la isla de Terranova, en Canadá.



Descubrimiento histórico: Una exposición recrea en Washington la travesía de Leif Ericson.

En la isla canadiense de Terranova están las ruinas de un asentamiento vikingo, que data de aquella época.



L’Anse aux Meadows, en el extremo norte de la isla de Terranova, en Canadá, es el sitio que los arqueólogos coinciden en señalar como el primer y único asentamiento vikingo auténtico en América del Norte, establecido quinientos años antes de los viajes de Colón. Y las ruinas de ocho casas y talleres en ese sitio se convertirán este año en el eje de la conmemoración de la cultura vikinga.

“Este asentamiento por fin nos condujo a Vinland”, ha señalado Birgitta Linderoth Wallace, arqueóloga de Parks Canada que estudia el lugar desde hace años. Las excavaciones confirmaron que hay muchos elementos de verdad en las historias sobre los intrépidos aventureros de Noruega y Escandinavia que cruzaron el Atlántico Norte y saborearon las moras y uvas de América del Norte, su Vinland.

Es cierto que eran guerreros temibles y que asolaron las costas europeas y las islas británicas, entre los años 750 y 1050. Eran grandes armadores navales y su red comercial llegaba hasta Rusia, Roma y Bagdad. Su expansión hacia Occidente dio lugar al primer contacto entre el Viejo y el Nuevo Mundo.

Las nuevas interpretaciones sobre los vikingos y sus descendientes están ilustradas en la exposición Vikingos: La leyenda del Atlántico Norte, que se inauguró días atrás en el Museo Nacional de Historia Natural de Washington y se extenderá hasta Agosto. William W. Fitzhugh, principal curador de la muestra, declaró que como exploradores, los vikingos dieron los primeros pasos para “conectar a los pueblos en un único sistema global”.

A fines del siglo X, Leif Ericson y su grupo vikingo salieron de la colonia de Groenlandia en una embarcación alargada. Un navegante que había perdido el rumbo había visto tierra hacia el oeste. Y Ericson quería comprobar si el navegante decía la verdad. Entonces su comitiva se dirigió primero hacia el noroeste.

Atravesaron la bahía Baffin y llegaron a una costa rocosa que llamaron Helluland, actualmente la isla Baffin. Luego navegaron por la costa hacia el sur, y finalmente ingresaron a una bahía y esperaron que la marea alta los llevara a tierra. Hasta que en las verdes praderas de L’Anse aux Meadows, establecieron la cabeza de su Vinland.

Según Tamara Ricks, supervisora del Parque Histórico Nacional del lugar, esa zona fue empleada por grupos vikingos durante tres o cinco años para pasar el invierno, cazar, pescar y reparar sus naves. Para los expertos, Vinland estaba más al sur por la costa que rodea el golfo de Saint Lawrence, en Nueva Escocia y New Brunswick. En referencia a Vinland, Adam de Bremen escribió en el año 1070: “Ahí crecían uvas silvestres”. Los estudios climatológicos indican que nunca hubo uvas en Terranova, pero que probablemente las hubiera en Nueva Escocia.

Si quedaba alguna duda de que los vikingos viajaron a estas costas del sur, quedó eliminada cuando los arqueólogos encontraron en las ruinas del lugar cierto tipo de nuez procedente de nogales que abundan en New Brunswick. Helge Ingstad y su esposa arqueóloga Anne Stine Ingstad llegaron a esta pequeña aldea de pescadores en 1960. Y descubrieron los contornos de ocho casas, tres de las cuales se habrían usado como viviendas y tenían capacidad para unas treinta y cinco personas.

La construcción era del tipo de las casas de Islandia: Los techos, estructuras de madera que luego cubrían con hierba. Los análisis de radiocarbono demostraron que databan de entre 980 y 1020, la época de las expediciones de Ericson.

El trabajo de los Ingstad “demostró que los hombres del norte o vikingos llegaron a América quinientos años antes que Colón”, señaló Fitzhugh. En excavaciones posteriores, la arqueóloga Wallace descubrió nuevos objetos que confirmaron que se trataba de un emplazamiento vikingo. Frente a una de las casas se halló un alfiler de bronce de cabeza redonda, que los vikingos utilizaban para sujetarse las capas.

Entre los ochocientos objetos que encontraron los arqueólogos también hay lámparas de aceite, jabón, una aguja de hueso y clavos de hierro. Por lo que parece, algunas de las construcciones más pequeñas funcionaban como talleres de carpintería. El hallazgo de la nuez de un huso demostró que se hacían trabajos de tejido. Como los vikingos consideraban que ése era un trabajo femenino, se estima que en algunas de las expediciones deben de haber participado mujeres.

Es probable que la exploración vikinga de Vinland no se haya prolongado mucho más de diez años.

Una de las ventajas del campamento de L’Anse aux Meadows era que estaba a una prudente distancia de los indios americanos. En otros asentamientos, los vikingos tuvieron varios encuentros cruentos con los indios. Los vikingos luchaban con lanzas y hachas, una desventaja ante los indios, que utilizaban arcos y flechas y los superaban en número.

“Los conflictos internos y la hostilidad de los indios terminaron por obligarlos a irse”, concluyó Gisli Sigurdsson, profesor del Instituto Arni Magnusson de Islandia. “Llegamos a la Luna, pero todavía no establecimos bases ahí –dijo Wallace–. Lo mismo pasó con los nórdicos y la tierra en la que estuvieron los vikingos”.

Fuente: Clarín. Buenos Aires, 20 de Mayo de 2000.

domingo, 11 de enero de 2015

La Colina de los Misterios en New Hampshire: ¿Fueron los monolitos construidos por celtas?



Una variedad de características han alimentado la teoría de que los monolitos de América fueron construidos por los europeos en el 2000 a. C.

El estudio del origen de los megalitos en la bien llamada Colina de los Misterios (también conocidos como Monolitos de América) despiertan la curiosidad, pero no la satisfacen, a menos que uno satisfaga su entusiasmo sólo con el misterio de la confusión.

En un sitio de North Salem, en New Hampshire, Estados Unidos, hay monolitos de piedra y cámaras repartidas en 30 acres. Se dice que las piedras tienen alineaciones astronómicas complejas. Una losa de piedra de 4,5 toneladas parece ser el foco de este sitio que pudo haber servido de altar para sacrificios. Está esculpida con un canal para drenaje, posiblemente para que corra la sangre de alguna víctima.

Una variedad de características han alimentado la teoría de que los Monolitos de América fueron construidos por europeos en el 2000 a. C.; miles de años antes de la primera evidencia de colonización vikinga en América del Norte. Los arqueólogos están divididos. Algunos dicen carecer de evidencia para apoyar esta teoría y que el sitio pudo haber sido construido en tiempos relativamente recientes.

Muchos sitios similares se encuentran en el tramo de Maine hasta Connecticut, aunque ninguno es tan extenso como la Colina de los Misterios. He aquí un vistazo a las características del sitio y opiniones de diversos expertos.


¿Por qué pueden haber sido los celtas?

1. Los glifos parecen sugerir una lengua irlandesa arcaica, aunque todo desciframiento de glifos ha sido controversial.

2. Al parecer, por la alineación astronómica, los megalitos marcan el cruce de cuartos en días festivos. Estas fiestas son celebradas sólo por los celtas, de acuerdo con el astrónomo Alan Hill. Algunos han comparado los megalitos con monolitos.

3. “Resultados del carbono 14 coinciden con la fecha de una inmigración importante de los celtas”, según un libro de David Goudsward y Robert Stone titulado Monolitos de América: La historia de la Colina Misteriosa desde la Edad de Hielo a la Edad de Piedra. Stone compró el sitio en la década de 1950 y lo abrió al público para futuras investigaciones. Goudsward y Stone continúan: “Los celtas [gente de habla celta de la Península Ibérica] interactuaron con cartagineses, quienes, casi seguramente tuvieron la habilidad para cruzar el Atlántico. Sin embargo, no es la ornamentación sobre las piedras lo que podría sugerir que pertenecieron a los celtas”.


Razón por la que pudieron haber sido los nativos

1. Los arqueólogos han encontrado artefactos nativos americanos en instalaciones que tienen más de mil años de antigüedad.
2. El uso de herramientas de piedra sobre piedra muestra la mano de obra similar a la empleada por los nativos americanos.


¿Glifos de los celtas?

Un ejemplo de escritura oghámica.


El ogham es un tipo de escritura irlandesa utilizada en los siglos V y VI que de trazos rectos. Los glifos que pueden ser ogham se dice han sido encontrados en las rocas.

Karen Wright escribió un artículo para Discovery Magazine en 1998, después de visitar la Colina Misteriosa. Allí describió lo que sintió ser un dudoso desciframiento: “Varios autores [han hecho interpretaciones] refiriéndose al idioma ogham como si fuera el ruso”.

La interpretación más antigua es una traducción basada en ibérico/púnico, fue atribuido a tres surcos paralelos espaciados uniformemente con color óxido fundido: “Esto está dedicado en Baal a favor de los cananeos”, dice la traducción.

“Decidí que esto era un equivalente arqueológico a la escena de Lassie cuando el perro ladra una vez, y Jimmy entiende que la pierna de una niña de seis años llamada Sally estaba atrapada bajo un árbol de 30 m caído al norte de las cataratas en Coldwater Creek, cerca de la vieja mina y ah!, a propósito, también es diabética, así que traigan algo de insulina”.


Datación de carbono

En 1969, el arqueólogo James Whittall desenterró herramientas líticas en el lugar, junto a escamas de carbón que podrían contener carbono radioactivo. La radiación mostró que las herramientas eran de alrededor de 1000 a. C., según Goudsward y Stone.

Whittall recuperó el carbón de varios otros lugares del sitio y la radiación por carbono osciló entre 2000 a. C. y 400 a. C.


Datación empleando alineaciones astronómicas

Las alineaciones astrológicas coinciden. El astrónomo Dr. Louis Winkler, el científico más importante del sitio, encontró que las posiciones de algunas piedras se alinean en el lugar donde las estrellas y otros objetos celestes hubieran estado hace unos 2000 años. También ha realizado estudios de radiocarbono y dataciones con teodolito láser, para apoyar su origen en la Edad de Bronce (2000 a. C. a 1500 a. C.).

El antropólogo Bob Goodby de la Sociedad Arqueológica de New Hampshire (NHAS) dijo que las alineaciones son “coincidencias”.

“Con tanta piedra alrededor, no sería muy difícil encontrar algunas alineaciones que correspondan a objetos celestiales: Goodby dijo a Bridge, una publicación de la Universidad de Boston. Esta no es la única “coincidencia” citada por los críticos en teoría de origen europeo antiguo, ni la única citada como demasiado “coincidente” por partidarios de la teoría.

Por ejemplo, el crítico Richard Boisvert, arqueólogo delegado del Estado de New Hampshire, admitió que las estructuras se asemejan a los antiguos megalíticos europeos, y que se trata de una coincidencia. Él expresó a Discovery que se trata de un caso similar de forma ajustada con la misma función.

El profesor de Astronomía del Instituto Técnico Alan Hill de New Hampshire, no ve las alineaciones astronómicas como coincidencia. Él dijo a New York Times que los megalitos marcan el cruce en cuartos de días, la mitad entre los solsticios y equinoccios.

Los celtas son los únicos que celebran fiestas en cuartos cruzados, dijo él. Hill rechazó la teoría de que las estructuras son sótanos construidos en los últimos siglos, en parte porque las puertas no son lo suficientemente anchas como para que puedan pasar carretillas.

David Brody, un abogado y novelista de obras de misterio, dijo al Times que hay demasiadas piedras similares que desconciertan y muchas estructuras en la región para tomarlas como coincidencia.

Los vestigios de la Colina de los Misterios.


Herramientas de piedra sobre piedra sugieren ser de constructores primitivos

Los constructores aparentemente usaron herramientas de piedra y no metálicas. El jefe de Boisvert, el arqueólogo del Estado de New Hampshire, Gary Hume, dijo a Discovery, que la mano de obra de piedra sobre piedra es similar a la de los nativos americanos.

Él se mostró reacio a decir que los megalitos podrían tener 4000 años de antigüedad, dejando abierta la posibilidad. Él dijo que no iba a cuestionar a “los dos inspectores de renombre que habían garantizado las alineaciones”, escribió Wright.

Los nativos y los celtas no son los únicos grupos que han sido señalados como potenciales constructores por los arqueólogos.

Algunos dicen que pueden haber sido los fenicios, habitantes de un antiguo reino del Mediterráneo. Los monolitos están alineados con la posición de la estrella polar Thuban durante la época fenicia, según Wright.

Jonathan Pattee, un zapatero y su familia vivieron en el lugar durante gran parte del siglo XIX, y muchos dicen que él y sus familiares construyeron las estructuras. Dennis Stone, hijo de Robert Stone quien también es actualmente propietario y operador del lugar, dijo a Discovery que algunas de las estructuras probablemente fueron construidas por Pattee, pero ciertamente no todas.

Otros también han dicho que las complejidades y alineación de la construcción probablemente no fueron realizadas por la familia Pattee, y la familia hubiera utilizado herramientas de metal, no de piedra.

Goodby y otros críticos hablan de la teoría del origen diciendo que los arqueólogos habrían encontrado vestigios de individuos que vivieron en o en las cercanías del sitio, como cementerios. Goodby dijo que la Piedra de Sacrificios realmente era un lugar para hacer jabón de los habitantes de la historia más reciente. Cualesquiera que sean las teorías, como Goudsward y Stone escriben: “Se ha producido tanto daño en los últimos cuatro milenios que no importa quién crea Usted que construyó el lugar; hay evidencia física suficiente como para justificar una investigación a lo largo de esa línea. Esto ha producido una gama de teorías tan amplias y expansivas como los cielos que pueden o no ser trazados por los antiguos monolitos”.

 Tara MacIsaac
Epoch Times.
15 de Mayo de 2014

jueves, 1 de enero de 2015

El Saludo al Sol


 Ilustración de Apolo en el Carro Solar, estampado en una vasija helena.


Desde la más remota antigüedad, las culturas y civilizaciones solares de América, Asia y Europa, desarrollaron sociedades de carácter guerrero con un sentido trascendental de la existencia. Diversas son las manifestaciones culturales que permiten constatar su origen en una fuente común.

Así, en términos ideográficos se comprueban las similitudes de los símbolos rúnicos y runoides y del símbolo sagrado del Sol: Es la cruz gamada, Hakenkreuz, Ugunskrust, la swastika o la “Cruz de Nuestros Ancestros”. A su vez, en el campo arquitectónico, por ejemplo, destacan los monumentos megalítico-astronómicos tales como menhires, dólmenes y crónlechs, las estructuras piramidales y la tradición funeraria de los túmulos (los Grab hügelgräber, mounds y kuel).

Las similitudes desde la perspectiva antropológica son múltiples y son calificadas de manera general por la historiografía ortodoxa como meras coincidencias sin profundizar, lógicamente, las raíces comunes de estas culturas y civilizaciones.
 Relieve escultórico de Amaravati, en Guntur, Andhra Pradesh, India,
del I siglo a. C. (Musée Guimet).


Una de estas semejanzas se descubre en el saludo al Sol, el que consiste en el brazo derecho alzado con la mano extendida. Así se constata en la representación del dios Apolo –nótese el símbolo de la cruz gamata sobre el pecho–, o bien, en el significativa representación escultórica que sería del rey maurya Ashoka (304-232 a. C.) de India; o bien, en ejemplos contempéranos del saludo solar de los sioux de América del Norte que fueron registrados por el fotógrafo Edward S. Curtis a comienzos del siglo XX.

Rafael Videla Eissmann
1º de Enero de 2015


El Danzante del Sol (Sioux. Fotografía de Edward S. Curtis, 1907).

 Invocación (Sioux. Fotografía de Edward S. Curtis, 1907).



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