miércoles, 15 de octubre de 2014

La cruz swastika de los araucanos


 Una machi y su kultrún frente al rehue.


El origen de la tradición polar de los Primeros Hombres, es decir, de los lituche o glyche se rastrea por medio de los símbolos sagrados que heredaron ulteriormente los indígenas en América del Sur. De tal manera, símbolos como el rehue y el kultrún, revelan una concepción sagrada espacial: El rehue es el símbolo del Axis Mundi, el “puente” o columna que une los planos; la “escalera” por donde el iniciado asciende al plano astral de los ancestros o Antupaiko. De hecho, el prefijo Re implica la idea de pureza y Hue es lugar, esto es, rehue es el Espacio Sagrado.

La cruz gamada en el trarilonko.

El kultrún, o tambor ceremonial de los machis, en tanto, es una micro-representación del planeta y una figuración de la tetrapartición espacial del universo (Meli-witran-mapu).

Diversas representaciones del símbolo sagrado del Sol: La cruz swastika o tetraskelión.


Es en el kultrún donde los antiguos araucanos estamparon el venerado símbolo del Sol, la cruz swastika o tetraskelión, la ideografía sagrada de la Divinidad Increada (Sobre este campo, véase al respecto  http://losvikingosenamerica.blogspot.com/2013/01/el-simbolo-sagrado-del-sol.html y http://losvikingosenamerica.blogspot.com/2014/04/la-sucesion-de-los-soles-en-el-kultrun.html

A continuación, una serie de estampas donde se observan estos símbolos de la cultura araucana, heredados por los indígenas de la Araucanía, en el sur de Chile.

Rafael Videla Eissmann
9 de Septiembre de 2014








La cruz swastika estampada en el kultrún araucano (Fotografías de Martin Thomas ~ Sin fecha).


* (Los textos de http://losvikingosenamerica.blogspot.com/ son exclusivos. Se prohíbe su reproducción).

miércoles, 1 de octubre de 2014

La población primigenia americana: Los indios blancos

 El octavo soberano incaico, Viracocha Inga, con signos rúnicos y runoides en su yacolla o túnica, de acuerdo
a la ilustración de Felipe Guamán Poma de Ayala en la Crónica del Buen Gobierno de los Incas (1583-1615).
Nótese que es un hombre barbado.


Desde la irrupción de los peninsulares en 1492, numerosos han sido los testigos de la existencia de población americana que no encaja con el fenotipo indígena. Debido a estas notorias diferencias, los cronistas -sobre todo los misioneros-, vislumbraron diversas oleadas de poblamiento en el continente. Así, fray Gregorio García en su obra publicada en 1607, El origen de los indios del Nuevo Mundo e Indias Occidentales, sintetizó que América fue poblada en tiempos diferentes, por diversas naciones o tribus, llegadas unas por el oriente y otras por el occidente.

 
El dios Quetzalcóatl, un hombre blanco y barbado. Fragmento de una cerámica encontrada
en Tenochtitlán, México, en 1957.

 La Dama de la Máscara, momia wari de ojos azules encontrada en la Huaca Pucllana en Lima, Perú, descubierta
en 2008. Es una prueba contemporánea de la existencia de los indios blancos  en la América Aborigen.


Debido a las características étnicas de este grupo, varios autores, basándose tanto en las características fisonómicas como culturales, concluyeron que se trataba de población nórdica arribada a América con antelación a la empresa de Cristóbal Colón. De ahí, por ejemplo, que Hugo van Groot en De origine gentium americanarum dissertatio (1642) sostuviera que los nativos emplazados al norte de Panamá, a excepción de aquellos del Yucatán, descendían de los noruegos. En tanto, Sufrido Pedro en De Frisi antiquit et origine (1698) indicaba que supuesto la destreza en la navegación y del deseo de ver cosas nuevas, no es difícil deducir que los indios de Chile y aún los del Perú descendían de los frisios.

En los tiempos del Descubrimiento, la Conquista y la Colonia, estas poblaciones fueron denominadas indios blancos y se caracterizaban por el color claro de la piel, la barba y el tipo de cráneo dolicocéfalo o dolicoide, factores étnicos ajenos a los indígenas (Véase la recreación del Hombre de Kennewick, descubierto en un banco del río Columbia en el Estado de Washington, en Estados Unidos). No obstante, el origen de este grupo primigenio -los paleoamericanos- no se encuentra en Europa, sino que se remonta a la tierra polar antártica, el gran centro de la humanidad blanca y clara como dilucidara el profesor Roberto Rengifo, quienes se vieron obligados a emprender extensas migraciones tras la búsqueda de mejores condiciones de hábitat a raíz de la última Gran Catástrofe o Diluvio, ocurrido alrededor de 13.000 años, tal como lo estableció Hans Hörbiger y Philipp Fauth en la Cosmogonía Glacial (1913). Este magno evento planetario ha sido comprobado por análisis geológicos que fueron presentados en la Unión Geofísica Americana en el año 2007 y por numerosos estudios multidisciplinarios desarrollados desde entonces.

 
 Un atacama barbado, del norte de Chile, fotografiado por Aimé Felix Tschiffely en 1926.
 
 
 
 Los Hijos de la Luna, es decir, los indios blancos de la tribu kuna de Panamá. Su origen
se remonta a Tula (2011).


Sin embargo, la migración hacia otras latitudes no fue total, pues los remanentes de este tronco prediluvial, esto es, los viracochas o Dioses Blancos de los mitos prehispánicos, sentaron las bases para las civilizaciones americanas.

Por estas razones, el nombre dado al continente por los grupos nórdicos arribados a América a partir del siglo X fue Huitramannaland, es decir, la tierra de los hombres blancos.

Rafael Videla Eissmann
1º de Octubre de 2014



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domingo, 14 de septiembre de 2014

Los tikuna de la Amazonía

 Detalle de un remo tikuna hecho en madera tenida de negro con “cumate”. Es el símbolo sagrado del Sol,
la “Cruz de nuestros ancestros” (Museo de Antropología de Madrid).


La tribu  de los tikuna (o tukuna) viven en la actualidad en las orillas del río Solimões, en el Estado de Amazonas, en Brasil, y en las regiones colindantes de Perú y Colombia. A pesar que su origen es desconocido, existen evidentes similitudes étnicas con otras culturas amazónicas. Grandes cazadores, se dedican además al cultivo en sus chagras emplazadas cerca de sus viviendas -que originalmente eran grandes casas comunitarias de forma oval-, actividad que complementan con la pesca y la recolección.

Tikuna sería un vocablo de origen tupi y es una referencia que quiere decir “hombres de negro” debido al color de las pinturas corporales que emplean los tikuna.

 
 Remo tikuna (Museo de Antropología de Madrid).


Su población actual es de alrededor de 35.000 individuos quienes viven en unas setenta aldeas nucleares. Su clasificación lingüística es homónima a la de su cultura pues no tiene relación directa con lenguas de aéreas vecinas. Es una lengua independiente.

Este grupo indígena ha preservado fabulosos códigos simbólicos y míticos, transmitidos por innumerables generaciones.

Descendientes del gigante Yuche -quien vivía desde siempre en la Tierra y conocía el lenguaje de paujiles, perdices, monos y grillos- el cual, tras beber agua de un arroyo se observó en el reflejo de esta y notando que había envejecido, se colmó de tristeza. Un dolor en su rodilla motivó el regreso a su choza y se durmió profundamente. En el sueño sintió que seguía envejeciendo hasta despertar tarde al día siguiente, dándose cuenta que en la rodilla, ahora inflamada y transparente, contenía dos pequeños seres -un hombre y una mujer; el primero, que templaba un arco y la segunda, quien tejía un chinchorro-. Infructuosamente les preguntó quienes eran y cómo habían llegado allí. Los diminutos seres lo observaron pero no respondieron y continuaron trabajando. Fue entonces cuando Yuche cayó, golpeándose la rodilla de la cual emergió la pareja. Esta fue la pareja primordial de donde descienden los tukanos.

Significativamente, un eco de este mito antropogónico se encuentra en el Völuspá del Edda, transcripción medioeval de antiquísimos relatos germánicos, donde los hombres surgen del cuerpo del gigante Ymir.

 
Máscara tikuna con el símbolo del astro doble de Venus: Estrella Matutina y Estrella Vespertina.

 
Textil con claves astronómicas de los tikuna de Alto do Solimões, obtenido por el antropólogo
Curt Nimuendaju en 1941 para el Museu Goedi.

Los antropólogos Gloria Fajardo y William Torres, en el libro Introducción a la Colombia Amerindia (Ministerio de Educación Nacional. Instituto Colombiano de Cultura. Instituto Colombiano de Antropología. Bogotá, 1987), refiriéndose al origen mítico de los tikuna, han señalado: En la mitología ticuna se destacan principalmente los héroes culturales Yoi e Ipi. Yoi es el héroe civilizador que hizo a la gente, estableció las leyes y costumbres de la tribu, dando así los elementos más importantes de la cultura material y social. Ipi aparece como un ser desobediente y terco; es el “loco”, el ser desorganizador pero esencial para la conformación del Ticuna como tal. La historia de estos héroes se narra en el mito de origen, el más importante de su mitología:
 
Nutapa se estaba bañando en una quebrada cuando unas avispas, que había mandado su esposa, le picaron las rodillas produciéndole hinchazón. De la rodilla derecha nació Yoi con su hermana Mowacha y de la izquierda Ipi y su hermana Aikia.
 
Cuando los hermanos crecieron pasaron varias aventuras, entre las cuales se destaca la adquisición de la luz del día, lograda al tumbar el árbol que cubría todo el cielo con su follaje con ayuda de la ardilla que se casó con Aikia.
 
Después Yoi consigue mujer, que fue seducida por Ipi quien es castigado por su hermano exigiéndole rallar huito (Genipa americana). Realizando esta tarea Ipi se ralla a sí mismo. El desecho del huito es arrojado al agua, y sirvió como alimento a algunos peces que capturados, dieron origen a varios animales, a los indígenas ticuna y a los demás indígenas que viven en el Amazonas.
 
Antes de separarse Yoi e Ipi hicieron una comida de despedida que significó la adquisición del clan y por consiguiente la pertenencia a una de las dos mitades existentes en la sociedad ticuna. Ipi quería ir al Oriente, pero Yoi, en la noche, le dio la vuelta al mundo e Ipi engañado se fue al Occidente mientras Yoi partió en dirección opuesta.

 Sonajeros ceremoniales tikuna. Nótese los símbolos runoides en los mangos.

 
 Tikuna contemporáneos con máscaras rituales y pintura corporal.

 
Por otra parte, uno de los ritos iniciáticos más importantes de esta cultura indígena se relaciona con el rito de pasaje de niña a mujer, en el cual son instruidas en las costumbres ancestrales. En este rito se confeccionan máscaras y trajes de seres fantásticos donde destaca un ser antropomorfo con cara de serpiente, encarnación del espíritu que vivía en el agua. Esta ceremonia iniciática tiene lugar en los plenilunios y tal como en las tradiciones de selk’nam, araucanos, aymarás y mayas, el Ser del Agua, o Serpiente o Ser del Inframundo, se relaciona directamente con la Luna (Tawëmaké o Tahuaimakai), siendo en realidad una evocación simbólica de la última catástrofe planetaria o Diluvio.

Destaca asimismo el tocado de plumas, reminiscencia de las representaciones de los viracochas, los hombres-dioses de la tradición aborigen.

Un componente fundamental que permite vislumbrar el hecho que los tikuna han heredado del grupo primordial americano algunas de sus tradiciones, se descubre en sus símbolos, muchas veces trazados como pinturas corporales, o bien, estampados en sus textiles, alfarería y objetos rituales donde se reconocen las ideografías sagradas de las runas y las representaciones del Sol (Iaké o Yahü) y la estrella helíaca de Venus.

Rafael Videla Eissmann
30 de Agosto de 2014


* (Los textos de http://losvikingosenamerica.blogspot.com/ son exclusivos. Se prohíbe su reproducción).

lunes, 1 de septiembre de 2014

El sacrificio de los indios blancos

 El sacrifico de un indio blanco en uno de los murales de Chichen Itzá, en México. Bajo el indio blanco,
se aprecia una serpiente (Quetzalcóatl).


Diversos son los campos que los historiadores no osan abordar para no ser excluidos de la prestigiosa y dogmática comunidad académica. A pesar del discurso sobre la necesidad de replantear y reescribir la historia constantemente, esto es de hecho una visión conceptual pues la historia se puede replantear y reescribir sólo mientras sea en los estrechos lindes de la propia historiografía oficial. Ir más allá, no obstante emplear la misma metodología historiográfica -que en el caso de la América precolombina corresponde el estudio de las crónicas y fuentes etnohistóricas- implica el ostracismo académico y la mentada exclusión de los círculos de conocimientos de la visión (versión) oficial de la historia.

Esto es lo que sucede con las investigaciones en torno a las poblaciones pre-indígenas de la América precolombina, es decir, con las poblaciones que habitaron el continente con anterioridad a la irrupción de las oleadas sucesivas de protomongoloides y mongoloides procedentes de distintos puntos de Asia.

Las poblaciones pre-indígenas, esto es, los aborígenes o paleoamericanos, corresponden a los cráneos dolicocéfalos o dolicoides que se han descubierto desde Tierra del Fuego a Alaska y cuyos últimos resabios fueron observados por los conquistadores y misioneros en distintas regiones del continente. Son los indios blancos registrados en numerosas crónicas y que fueron representados por lo demás en diferentes manifestaciones del arte prehispánico.

A pesar de las considerables pruebas de la existencia de este grupo nativo, los prestos historiadores de los más importantes centros universitarios y casas de estudio del continente, jamás han indagado su origen, manifestaciones culturales y destino, a pesar, como se ha indicado, de la significativa evidencia que entregan el arte precolombino y los testimonios de los europeos y posteriormente los criollos.

El Hombre de Kennewick, es decir, los restos óseos de un paleoamericano descubierto en el banco del río Columbia en el Estado de Washington, en los Estados Unidos de América, es el claro testimonio de esta población.

El Hombre de Kennewick, un paleoamericano descubierto en los márgenes del río Columbia en el Estado de Washington,
en Estados Unidos. Es un indio blanco, cuyas características étnicas son totalmente diferentes a aquellas de los indígenas.


Ahora bien, un hecho llamativo e intrigante sobre el ignoto mundo precolombino, son las referencias sobre el sacrificio de los indios blancos realizados por los indígenas. ¿Cuáles fueron sus motivaciones?

 
 El sacrificio de los indios blancos en los murales de Chichen Itzá, en México.


Este hecho no es aislado: Diversas evidencias en países como Chile, Perú, Bolivia y México, dan testimonio de estos sacrificios, lo que resulta paradójico pues en toda la vasta geografía americana, se esperaba el retorno de los Dioses Blancos, es decir, de los viracochas o kukulkanes, los hombres-dioses que sentaron las bases de las altas civilizaciones americanas.

Los indios blancos eran los descendientes de estos hombres-dioses, o como informa el conquistador y cronista Pedro Pizarro en la Relación del Descubrimiento y Conquista de los Reinos del Perú (1571), eran hijos de los ídolos [dioses].  ¿Propiciaría el sacrificio de los indios blancos el retorno de los Dioses Blancos? En la América precolombina, es un hecho bien conocido el rito indígena de la ofrenda del objeto que se busca perpetuar, como se constata por ejemplo a través del sacrificio de auquénidos desarrollado por los yatiris en el altiplano andino, para obtener ulteriormente la fertilidad de esta especie, en un círculo de asociaciones mágico-religiosas entre la Pachamama y el hombre.

Esta es sólo una arista, pues algunas fuentes describen un profundo rechazo y recelo contra los indios blancos. Así, de acuerdo a Pedro Cieza León en la Crónica del Perú (1540-1550), Viracocha llegava y oviese enfermos los sanaba y a los ciegos con solamente palabra les daba vista. Sin embargo, a pesar de las buenas acciones de este hombre-dios, fue apedreado por los naturales de Cacha, a quienes Viracocha castigó con “fuego del cielo” hasta que éstos pidieron perdón, tras lo cual saliendo de allí, fue hasta llegar a la costa de la mar, adonde, tendiendo su manto, se fue entre sus ondas y que nunca jamás apareció ni le vieron.

En Chile, un registro etnográfico realizado por un antropólogo hace referencia claramente a este rechazo, casi un tabú, contra estas poblaciones descritas como blancos, con pelos más amarrillos y de caras largas, lenguaje coloquial para referirse a las poblaciones dolicoides de piel clara: Entonces salieron (de la gruta) dos personas: Un hombre y una mujer. Tiempo después, a la pareja le nació una criatura y otra, mellizos. Pero no eran morochos y oscuros como sus padres, sino blancos, con pelos más amarrillos que negros y más suaves. Entonces (los padres) tuvieron miedo del enojo de la Luna, que, como eran también amarilla (blanca?), tal vez no le gustara. Mataron, pues, a los mellizos.

Después siguieron naciendo de la pareja muchos chicos más, pero todos blancos y rubios como monstruos, tan transparentes que podía verse como corría la sangre en los cuellos. Con ojos sin color, claros, nacían estos monstruos… De miedo a Kuyen, siempre, no dejaron viva a una sola de esas criaturas, no obstante que estaban formadas como ellos mismos, salvo el color… Pero miedo y asco le daban esas criaturas desteñidas, de caras largas. Con el tiempo, vino al fin una criatura muy oscura y fea. Morocha de tez negra y de ojos, pelos oscuros y duros. Gustóles tanto que, en su alegría, le daban palmadas en la espalda con sus manos frías (...).

Este registro constata la existencia de la población dolicoide y a pesar de no explicar su origen, entrega una información fundamental sobre las características étnicas y animadversión al señalar que no eran morochos y oscuros como sus padres, sino blancos, con pelos más amarrillos que negros y más suaves. Entonces (los padres) tuvieron miedo del enojo de la Luna, que, como eran también amarilla (blanca?), tal vez no le gustara. Mataron, pues, a los mellizos.

El “enojo de la Luna” es una referencia simbólica de la última catástrofe diluvial o Gran Diluvio, conocido en la tradición araucana como Tripalafken.

Por otra parte, en Monte Albán, en Oaxaca, México, algunos bajorrelieves zapotecas patentan el sacrifico de hombres barbados. Otro tanto acontece con una estela maya de Cotzumalhuapa, en Guatemala, donde un sacerdote vestido de jugador de pelota, sostiene una cabeza humana en una mano y en la otra el cuchillo sacrificial. La cabeza es también de un hombre barbado.

 Estela maya de Cotzumalhuapa, en Guatemala, que describe el sacrificio de un hombre
barbado a manos de un sacerdote.

 Bajorrelieve en Monte Albán, en Oaxaca, México, con la representación de un barbado sacrificado.


Acaso el más explícito sacrificio de los indios blancos en el arte precolombino se encuentre en los murales de Chichen Itzá, en Yucatán, México, que describen la captura y sacrificio de estos habitantes. De modo específico, en un fragmento de estos murales se aprecia el sacrificio de un indio blanco bajo el cual se puede observar el cuerpo de una serpiente, hecho que indudablemente lo asocia al dios blanco y barbado Quetzalcóatl -evocación de la Serpiente Emplumada de la tradición mesoamericana-, héroe cultural originario de Aztlán, el mítico continente sumergido como consecuencia de la última gran catástrofe planetaria.

Rafael Videla Eissmann
1º de Septiembre de 2014


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viernes, 1 de agosto de 2014

Las clavas de los antiguos araucanos de Chile


Una clava araucana del sur de Chile (izquierda), símbolo de poder entre los lonkos o jefes. Nótese la similitud con la cabeza de un dragón en la proa de un drakkar (“dragón” en islandés) o långskip de los pueblos nórdicos (derecha), encontrada en Holanda y que se remonta al siglo V de la era cristiana. Cabe destacar que las representaciones más conocidas de las cabezas de dragón de estas embarcaciones son tardías (700-1000).


Las clavas o clavas-insignias de los antiguos araucanos de Chile, fueron símbolos de poder portados por los lonkos o jefes de los clanes.

Estos símbolos, confeccionados a partir de distintos materiales líticos, se caracterizan por presentar la forma de una “medialuna” en uno de sus lados, de cuya parte inferior se desprende un mango o astil, que es por donde se coge la figura. Las clavas tienen un promedio de 230-250 mm de alto por 110-170 mm de ancho.

Una cantidad considerable de clavas presentan un círculo central, hecho que ha llevado a la interpretación vulgar de ser este un ojo y que las clavas son representaciones del loro tricahue (Cyanoliseus patagonus bloxami) o cefalomorfas, según las premisas de los arqueólogos del Museo Chileno de Arte Precolombino.

Algunas de las clavas conocidas poseen patrones de líneas incisas, usualmente asociadas al círculo central -el cual puede presentar líneas dobles o ser un sobre relieve-, hecho que permitiría sugerir que estas insignias corresponden a un sistema calendárico que se basaba en una cuenta solar y lunar, por cuanto el primero estaría representado por medio del círculo central y la Luna, en tanto, por la forma de medio círculo de la figura.

A pesar de conformar parte de su cultura, no hay conocimientos entre los indígenas sobre estas claves codificadas.

Clavas araucanas. En el “cuerno” superior de la forma de medialuna se descubre la ideografía
del “Árbol de la Vida”, esto es, la runa Man de múltiples brazos.


¿Cuál es el origen de estos símbolos de poder? ¿Cuál es su antigüedad real? ¿Cuál es el origen de su forma?

Es posible que su origen se remonte a los lituche o glyche, los “hombres de la aurora”, o antupainko, es decir, los habitantes prediluviales del territorio de Chile.

La naturaleza sagrada de estos emblemas se comprueba por la presencia de símbolos grabados en ellos, tales como el “Árbol de la Vida”  y la estrella de vespertina y matutina, es decir, la estrella helíaca de Yephun-Oiehuen.

Rafael Videla Eissmann
1º de Agosto de 2014.



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martes, 1 de julio de 2014

Símbolos rúnicos en la alfarería del territorio de Chile


 
 El símbolo sagrado del Sol: La swastika o “Cruz de nuestros ancestros” en un motivo de la alfarería
diaguita del norte de Chile (Museo Regional de La Serena).


Diversas piezas arqueológicas descubiertas en el territorio de Chile constatan la presencia de símbolos rúnicos y fórmulas runoides, aun cuando en realidad se debería hablar de símbolos pre-rúnicos por cuanto estas ideografías son anteriores a la formulación del sistema rúnico del Futhark germánico y sus ramificaciones en distintos puntos de Eurasia.

En este sentido, dichas ideografías se encuentran en campos tales como las inscripciones petroglíficas, los textiles y la alfarería. Este último campo otorga pruebas claras de la simbología rúnica-runoide, la cual se remontaría a la edad de los Lituches, es decir, los hombres de la aurora, o el principio de la generación de los hombres, conforme la tradición aborigen del Chillimapu que ulteriormente fue consignada por cronistas como Diego de Rosales. Los Lituches o Glyches fueron los hombres-dioses que transmitieron la sabiduría y los símbolos sagrados de la civilización prediluvial a los sobrevivientes y éstos a las generaciones sucesivas. De tal forma, estos símbolos fueron estampados en diversos campos como los señalados arriba. Sin embargo, ello no significa, necesariamente, que en tiempos posteriores los artífices de estos símbolos o bien, los portadores de éstos, conociesen su significado profundo y sus claves mágico-religiosas. Es muy posible, como dilucidara el profesor Carlos González -refiriéndose a la simbología de la alfarería prehispánica- que se poseyeran formas “normalizadas” (convencionalizadas en su figura), lo que permite clasificarlos por épocas, aunque los elementos “decorativos” se mantuvieron constantes. Es decir, que se repitieran los trazos del símbolo, sus formas “normalizadas” o estandarizadas, ya devenidas en elementos “decorativos” u ornamentales.

Un aríbalo atacameño con influencia incásica en el cual destaca el patrón
de  “cruces en movimiento” (Museo Chileno de Arte Precolombino).

 
La runa Gibur estampada en un aríbalo tricromático del sur de Chile
(Museo Nacional de Historia Natural).


Las ideografías rúnicas-runoides se descubren de esta manera en la alfarería de los araucanos, mapuches, diaguitas y atacameños, asociadas al mismo tiempo con la simbología solar y la tríada cromática negro-blanco-rojo o bien, con colores equivalentes.

Ciertamente, los símbolos rúnicos del territorio de Chile no son un caso aislado ni exclusivo en el campo precolombino pues ideografías similares se encuentran en la cultura tiahuanacota, quechua, incásica, chibcha y en diversas tribus amazónicas.

Los ejemplos de la alfarería del territorio de Chile que hoy se conocen son de una época relativamente cercana a la irrupción hispana del siglo XVI y que pudiesen haber sido, a su vez, efluvios de las oleadas de los pueblos nórdicos -antecediendo en casi tres siglos al arribo de los españoles y portugueses-, quienes regresaban a América-Huitramannaland, esto es, la tierra de los hombres blancos, o Albania, de significado homónimo.

Rafael Videla Eissmann
1º de Julio de 2014


Izquierda: Variaciones de la runa Odal en ambos costados del rostro antropomorfo en esta vasija de la cultura diaguita (Museo Chileno de Arte Precolombino). Derecha: Detalle de un aríbalo atacameño con una variación de la runa Man como “Árbol del Mundo” y “soles en movimiento” con la características tricromática de negro-blanco-rojo (Museo Chileno de Arte Precolombino).

Izquierda: Alfarería araucana del sur de Chile con un patrón de “cruces en movimiento” similar
al del aríbalo atacameño. Derecha: Alfarería araucana tricromática con patrón de rayos solares. Esta
figura -como muchas otras claves de la alfarería prehispánica- debe observarse desde el plano vertical, hecho
que permite apreciar en este caso que se trata de la representación del Sol.


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La cartilla oghámica de San José de Ka’asapa, en Paraguay


El paisaje del Departamento de Ka’asapa, o Caazapá, en Paraguay.


Las siguientes láminas corresponden a la transcripción, análisis y estudio de la cartilla oghámica descubierta en San José de Ka’asapa, en Paraguay, la cual fue desarrollada por el profesor Vicente Pistilli.

Conforme al profesor Pistilli, esta es la estructuración de la cartilla:

Lámina I:

Figura 1: Esgrafiado del templo de San José de Ka’asapa. Diseño: 20 cm x 60 cm.

Figura 2: Alfabeto oghamico. 5 grupos de 5 letras.

Figura 3 Cartilla oghámica. Posición A.

Lámina II:

Figura 4: Posición B.

Figura 5: Distinción fonética. Letras T–C.

Figura 6: Esgrafiado del templo de San José de Ka’asapa. Criptograma rúnico.

 Lámina I.

Lámina II.



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