miércoles, 1 de febrero de 2012

El Árbol Sagrado y las runas

Sé que pendí nueve noches enteras en el Árbol
que mece el viento (Irminsul); herido por una lanza y ofrecido
a Odín -yo ofrecido a mí mismo-, colgué del Árbol
del que nadie sabe de dónde comienzan sus raíces.
Discurso del Altísimo del Edda de Sæmund 


 
Izquierda: El Irminsul (Yggdrassil), árbol sagrado de los germanos. Derecha: El Yggdrassil en el tapiz vikingo Överhogdal. Sobre el árbol, el gallo Gullinkambi, anunciador del fatídico Ragnarök, el “Destino Final de los Dioses”.


Desde la más remota antigüedad, las culturas paganas de Asia, Europa y la América prehispánica, han considerado al Árbol como un símbolo de la Vida y de sus ciclos. También, por su condición vertical, ha sido considerado un canal de unión de los tres planos o dimensiones: el Inframundo (Niflheim / Alsó világ), la Tierra (Midgard / Középső világ) y el Cielo (Asgard / Felső világ), es decir, un símbolo visible del eje cósmico y polar, esto es, el eje inmutable o Axis Mundi.

 
Las runas Man, Yr, Wend-horn y Hagal.


Sus ramas y raíces, proyectadas en direcciones contrarias, que alcanzan el plano superior e inferior, respectivamente, han sido representadas por medio de las runas Man e Yr. La runa Man (“Vida”) invertida, es la runa Yr (“Muerte”), ideografías opuestas y complementarias, que cuando unidas, conforman la runa Hagal, Hag•Al, del “todo”, que supera la dualidad (la vida y la muerte). De allí el concepto de Árbol de la Vida y Árbol de la Muerte, del cual se obtiene el “Licor de la Vida”, el Hidromiel, el Soma y el “agua de la vida eterna” que mana del árbol sicomoro de la diosa Nut, madre de Isis y Osiris.

Es el “Árbol del Espanto” del cual pendió por nueve noches Odín-Wotan, para obtener el conocimiento de las runas.

Un símbolo similar al de la runa Hagal (Man-Yr-Wend-horn) es el Gromoviti znaci de la deidad balto-eslava Perun (Pervo Rune / Perkūnas), otorgador de las runas (El símbolo ha dado origen, asimismo, a herramientas mágicas como el Tridente de Poseidón y el Vajra doble).

La runa germana Hagal y su equivalente balto-eslavo, Gromoviti znaci.


Sobre la proyección doble del árbol como símbolo y figura, René Guénon, ha señalado: De los dos términos sánscritos que sirven principalmente para designar el “Árbol del Mundo”, uno, Nyagrodha, da lugar a una observación interesante a ese mismo respecto, pues significa literalmente “que crece hacia abajo”, no solo porque tal crecimiento está representado de hecho por el de las raíces aéreas en la especie de árbol que lleva ese nombre, sino también porque cuando se trata del árbol simbólico, éste mismo se considera como invertido. A esta posición del árbol se refiere, pues, propiamente el nombre Nyagrodha, mientras que la otra designación, Açvattha, se concibe como la “estación del caballo” (Açva-stha), donde éste, que es aquí el símbolo de Agni o del Sol, o de ambos a la vez, debe considerarse como llegado al término de su curso y detenido una vez alcanzado el “Eje del Mundo”. Recordaremos, a este respecto, que en diversas tradiciones la imagen del Sol se encuentra asociada también a la del árbol de otra manera, pues se lo representa como el fruto del “Árbol del Mundo”; al comienzo de un ciclo abandona su árbol y viene a posarse nuevamente en él al final del mismo, de modo que, también en este caso, el árbol es efectivamente la “estación del Sol”.


Izquierda: El Árbol Sagrado de los mayas, ilustrado en el Códice Borgia. Sus ramas superiores presentan flores, emblemas o símbolos del Sol y del Cielo, mientras que sus raíces son representadas por una especie de dragón o lagarto, ser primordial que habita el Inframundo. Derecha: El símbolo báltico de Laima (Laima slotina), la diosa del nacimiento y del destino (Trīs Laimes).

Diversos signos rúnicos asociados al Árbol Sagrado, símbolo de la Vida y la Luz.



De este modo, el árbol ha constituido un símbolo fundamental en las antiguas cosmogonías y religiones, siendo por ello el “Árbol del Mundo”, el “Árbol de la Vida” y el “Árbol del Conocimiento” (Kundalini), asociado a Brahmã, Agni, Odín, Perun y Quetzalcoatl-Kukulkán, entre otros dioses solares de la antigüedad pagana, el cual derivó posteriormente en el Lichterbaum o “Árbol de Luz”, es decir, el “Árbol de Navidad” que ilumina el solsticio de invierno del hemisferio norte.

Izquierda: Arte rupestre escandinavo. Tres figuras antropomorfas (¿Odín, Thor y Freya? ¿Las Nornas?) portan báculos o cetros, símbolos del “Árbol de la Vida”. Derecha: La barca mágica de Odín, que le permitía viajar sobre mar y tierra. Aquí, junto al “Árbol del Mundo”.

 
Izquierda: Aríbalo inca, con el símbolo del árbol-runa Man. Derecha: Detalle de un tapiz
escandinavo del siglo XII, donde figura Odín, Thor y Freya. Junto a Odín, el árbol-runa.

La runa Man, de la Vida, del Futhark germánico, el “Árbol de la Vida”
y el signo maya del “Árbol de la Vida”.


El “Árbol de la Vida” de Anáhuac, es el Irminsul (Yggdrasil) de los germanos, el Árbol-Runa Man; el Bodhi de Siddhartha Gautama y del Bö; el Saosis de Isis y Osiris; la palma de Apolo, el Világfa y Életfa de los iniciados táltos de Hungría; es el roble de Perun; el Haorma avéstico; concepción que tiene sus equivalentes en el canelo-rehue de los antiguos araucanos, el wuanámei andino, el genipa de los shipibo-conibo, el lupuna de los yagua y los ticuna, el Yax Imix Che (la Gran Madre Ceiba) de los mayas y el ahuehuete de Tule, en México.

En numerosos petroglifos, motivos de alfarería, armas, monumentos funerarios y en los antiguos templos de las divinidades solares, se encuentra estampado este trascendental símbolo, ideografía del Árbol del Mundo y emblema de la Divinidad, del Dios Increado (Dyeva, Theos, Pradjapati, Œseus, Kneph, Tzakol) y de la Vida (Eterna).

Rafael Videla Eissmann
1° de Febrero de 2012.

Diversos petroglifos de la runa Man de varios brazos, es decir, representaciones
del “Árbol de la Vida”, en el centro y sur de Chile, respectivamente.

Izquierda: La “caída” del árbol sagrado maya (Códice Borgia). Derecha: El relieve
del Irminsul doblado en Externsteine, Alemania.

lunes, 2 de enero de 2012

Los viracochas, los Dioses Blancos de América

Izquierda: Divinidad andina. Nótese que sus ojos han sido representados de color azul con lapislázuli. Derecha: Quetzalcoatl, la Serpiente Emplumada, dios blanco y barbado, en una representación de la cerámica de Teotihuacán.


En sus estudios que llevan por título El Secreto de la América Aborigen (1921) y El papel del territorio de Chile en la evolución de la humanidad prehistórica (1935), el profesor Roberto Rengifo propugnó el origen polar antártico del hombre, en una época prediluvial, es decir, anterior a 13000 años. De hecho, Rengifo estableció que el archipiélago antártico, era por entonces decenas de miles de años atrás, el gran centro de la humanidad blanca y clara, desde donde migraron por las costas de América, en sus barcas, hacia el norte.

Como fundamento de este aserto, Rengifo cita significativamente a La Araucana (1569) de Alonso de Ercilla y Zúñiga, quien da cuenta en los siguientes versos de:

“Chile, fértil provincia y señalada,
en la región antártica famosa,
de remotas naciones respetada,
por fuerte, principal y poderosa”.

Este grupo prediluvial corresponde a los primigenios habitantes del continente, es decir, a los aborígenes, quienes antecedieron al poblamiento de los grupos procedentes de distintos puntos de Asia -es decir, a las poblaciones que posteriormente se denominarán como indígenas-. Este primer sustrato se vio drásticamente mermado tras la última gran catástrofe planetaria o Diluvio, según dio cuenta Hans Hörbiger en la Cosmogonía Glacial (1913), hecho confirmado por la Unión Geofísica Americana de 2007, emprendiendo extensas migraciones transcontinentales, alcanzando a Eurasia en épocas no registradas por los anales históricos. La evidencia de sus huellas se encuentra en los símbolos y en las construcciones megalíticas.

En ese sentido, el historiador chileno José Toribio Medina en su obra Los Aborígenes de Chile (1882), señaló que en la noche de los siglos moró en Chile una raza de hombres que dejó las huellas de su paso escritas en el granito de los Andes, y que se supone desaparecida a consecuencia de los grandes cataclismos que en una época geológica reciente ha debido experimentar este continente.

Sin embargo, la emigración desde América no fue total, quedando remanentes de este grupo, quienes fueron ulteriormente presenciados por numerosos europeos del tiempo del Descubrimiento, la Conquista y la Colonia, incluso, por numerosos testigos en el transcurso del siglo XX. Ellos fueron los denominados “indios blancos” y los “barbados” que figuran en numerosas crónicas y fuentes etnohistóricas prácticamente en toda la geografía americana, descendientes de los Viracochas o Dioses Blancos, los dioses civilizadores.


Representación de un hombre barbado en uno de los palacios de Lambityeco, cerca de Oaxaca, en México.


Los “indios blancos” aparecen en las crónicas de Américo Vespucio, José de Acosta, Pedro Cieza de León, Felipe Guamán Poma de Ayala, el Inca Garcilazo de la Vega y Pedro de Valdivia, entre otros.

Por ejemplo, en la Crónica del Perú (1551), Pedro Cieza de León ha indicado que los chachapoyas eran indios blancos cuya hermosura era digna de soberanos cuyos ojos eran azules, los cuales eran más blancos aún que los mismos españoles.

O bien, el historiador y cronista Antonio de Herrera y Tordesillas en su Descripción de las Islas y Tierra Firme del mar Océano que llaman Indias Occidentales (1622), ha referido que la región de Reino de Chile es muy poblada de indios blancos, y está situado en las riberas de la Mar del Sur, que es mare magnum, que se incluye entre su costa y la de la China.

Izquierda: La Dama de la Máscara, momia wari de ojos azules encontrada en la Huaca Pucllana en Lima, Perú. Derecha: Guerrero imperial azteca. Figura perteneciente a la colección del Museo Chileno de Arte Precolombino. Los rasgos fisonómicos corresponden a un “indio blanco”.

El octavo inca, Viracocha Inga, de acuerdo a La Crónica del Buen Gobierno de los Incas (1583-1615) de Felipe Guamán Poma de Ayala. Es un inca barbado.


El antropólogo Paul Rivet, en Los orígenes del hombre americano (1943), ha explicado que los documentos relativos a hombres barbados abundan en las representaciones precolombinas de México (Tabasco, Guerrero, Veracruz, Oaxaca, Valle de México, Yucatán, Chiapas), de Guatemala, de Honduras (Copán), de El Salvador, de Nicaragua, de Costa Rica, de Panamá (Coclé), del Alto Perú (región de Tiahuanaco) y del Bajo Perú, donde son frecuentes desde los orígenes de la civilización Chimú y tal vez desde los de la civilización Nazca. El dios maya Itzamná aparece muchas veces representado con bigote y barba.

Por otra parte, los viajeros han señalado repetidas veces la presencia de hombres barbados entre las poblaciones indias, sin que este carácter pueda explicarse por un mestizaje con los invasores blancos.

Más aún, Rivet reconoció que lo cierto es que, en muchas regiones, la tradición conservaba el recuerdo de hombres blancos y barbados que habían precedido a las poblaciones actuales, especialmente en Perú, en la región de Guamanga y en las islas del Titicaca.

Los “indios blancos” fueron los descendientes de los Dioses Blancos, los “ídolos”, o divinidades civilizadoras, como los viracochas del lago Titicaca, descritos como blancos y barbados, siendo el más conocido, Kon-Tiki-Viracocha. Ellos fueron los constructores de la ciudad prediluvial de Tiahuanaco, la famosa “Metrópolis de los Viracochas” de acuerdo a Edmund Kiss, prodigio arquitectónico y astronómico de América.

Algunos de los nombres de los viracochas preservados en las tradiciones aborígenes son Trome, Tauapácac Ticci Viracocha, Kontikiviracocha, Tunupa, Bep-Koroti, Hyustus, Parr, Avaré Sumé, Amalivaca, Quetzalcoatl y Kukulkan.

Rafael Videla Eissmann
1° de Enero de 2012.


La calavera de cristal

Izquierda: La calavera de cristal descubierta en Lubaantun, Honduras (hoy Belice) por Anna Hedges en 1924, hija del explorador Frederick Albert Mitchell-Hedges. Un hecho fundamental que se ha pasado por alto sobre esta singular pieza precolombina son las características dolicocéfalas del cráneo. En un estudio de National Geographic (2011) que buscaba comprobar la autenticidad o no de la pieza, la experta en arte forense del Departamento de Ciencias Forenses de la Universidad Estatal de Pensilvania, Gloria Louise Nusse, basándose en los patrones inherentes del cráneo que se proyectan en las partes blandas del rostro, obtuvo una fisonomía aproximada. El resultado -derecha- describe a una mujer con claro fenotipo europeo, lo que en teoría imposibilitaría que esta calavera haya pertenecido a la cultura maya y que fuese realizada en torno a 3600 años atrás. Ciertamente, el fenotipo “europeo” no encaja con la “visión” impuesta y generalizada del “tipo americano”, y en consecuencia, se descarta fácilmente su origen americano. Sin embargo, como lo indican las crónicas y como lo prueba la evidencia arqueológica, sí hubo poblaciones de indios blancos, descritos con rostros alargados y cabellos claros.


El hombre de Kennewick

Izquierda: El cráneo del denominado “Hombre de Kennewick”, descubierto en Julio de 1996 en Kennewick, en el estado de Washington, Estados Unidos. El arqueólogo James Chatters ha indicado que se trataría de un hombre de 40 a 55 años, con una altura de 1,70 m a 1,76 m y, basándose en los patrones de los restos óseos, ha determinado que se trata de un hombre con apariencia “caucásica” (Derecha). Conforme a los cálculos radiocarbónicos, tendría una antigüedad de 9300 años. Ciertamente, este “fenotipo caucásico” generó grandes debates y fuertes controversias en la comunidad antropológica pues estos restos replantearían no sólo la cronología del poblamiento americano sino también el “tipo” de habitantes que hubo en el continente en tiempos precolombinos. La controversia se basa en el desafortunado hecho que se estableció un exclusivo fenotipo aborigen, ignorándose las informaciones entregadas en las crónicas y en la iconografía del arte precolombino que constatan la existencia de los indios blancos (Emmanuel Laurent/Eurelios/Science Photo Library).


* Anticipo del libro El origen polar antártico del hombre y la civilización prediluvial americana. Las huellas de los Dioses Blancos. La historia prohibida del continente, de Rafael Videla Eissmann.

Claves rúnicas

El templo astronómico de Stonehenge en Inglaterra.


La runa Man es también la runa del hombre,
y así es la runa del ser humano
que conecta el mito de Mannus
como el hijo de Tuisko.
Guido von List


Los monumentos megalíticos encontrados en Europa y Asia, tales como menhires, dólmenes, cromlechs y hünengraber, corresponden a manifestaciones culturales de la Edad de Piedra. Sin embargo, su origen, su real antigüedad y la forma en que fueron erguidos, son y posiblemente siempre serán, un enigma.

Tradiciones indoeuropeas las vinculan a la fertilidad y a los ciclos vitales; también, al culto de los ancestros. Se han comprobado asimismo claves astronómicas, especialmente asociadas a los solsticios y equinoccios y por ello, con específicas corrientes telúricas o geománticas.

De acuerdo al arqueólogo Carl Schuchhardt, los menhires se relacionan con el denominado círculo de la “creencia de las almas” por su cercanía a los hünengraber o “lechos de gigantes”.

La palabra menhir proviene del antiguo bretón y significa “piedra erguida”, siendo en realidad, un concepto tardío del significado rúnico primigenio Man e Yr, es decir, Man-Yr, Man-Ir, Men-Ir, Men-h-ir, aludiendo con ello a las ideografías del ascenso y el descenso del hombre, respectivamente, a la “vida” y “muerte”, confirmando, en consecuencia, su asociación con los ciclos vitales y al culto a los antepasados.

La runa Man y la runa Yr, respectivamente.


Estas construcciones megalíticas se encuentran también en el continente americano, hecho que refuerza la idea de la presencia de un grupo cultural primigenio que se desarrolló a escala planetaria o bien, que debido a extensas migraciones, abarcaron amplias regiones del globo.

La runa Is, plasmada en la piedra, símbolo de un eje telúrico. Izquierda: Menhir en Millstreet
y Ballinagree, en County Cork, Irlanda. Derecha: Menhir de Huaricanga, Perú.


Significativamente, antiguas fuentes nórdicas refieren a América como Huitramannaland, es decir, White-men’s Land o tierra de los hombres blancos, o la Gran Irlanda (“Great Ireland”) -en clara distinción a la isla británica de Irlanda-.

Gran Irlanda es también un concepto rúnico: La tierra de Yr. Esto es, la tierra del “descenso” del hombre; lo que equivale a decir su aparición en la tierra (América).

Rafael Videla Eissmann
Solsticio de Invierno, 2011.

La runa Ur-Ru, del “comienzo” y del “final”. Izquierda: Dolmen de Poulnabrone, en Irlanda.
Derecha: Dolmen en North Salem, New Hampshire, Estados Unidos.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Los vikingos en Chile

Poncho mapuche con la runa Odal de Wotan.


En su extenso estudio publicado en 2000 en Asunción, Vikingos en América -obra que reeditaremos en los próximos meses- el profesor Vicente Pistilli ha abordado la presencia e influencia de los vikingos en Chile. Constituye ciertamente una visión alternativa a la historiografía ortodoxa del país y también del desarrollo de sus culturas precolombinas, la cual se fundamenta en los vestigios arqueológicos de grupos tales como los atacameños, los diaguitas y los mapuches.

Reproducimos a continuación algunos párrafos de su obra:

“Muchas costumbres chilenas apuntan a influencias dejadas por los nórdicos en diversos sectores de la cultura y en algunas etnias.

Los atacameños han denominado una villa con el nombre de Turí. El nombre de la divinidad vikinga, en la forma de Thuring, que significa “estirpe de Thor”, nos recuerda a un cerro en Suiza.

La vestimenta es similar a la nórdica, incluso con gorros de piel cónica y ojotas como calzados; no faltan los adornos metálicos. Conviene estudiar otros elementos culturales, pues la característica de esta cultura es el trabajo en madera, aplicada a diversos fines. El idioma ya en olvido, recibía el significativo nombre de Kunza, palabra transformada del germano antiguo: en el sentido de Sprache; se usa en la forma “Landzunge”, habla de la tierra.

En la cultura atacameña llaman la atención las viviendas de paredes de piedra y techos de ramas y barro; la planta es rectangular y los recintos sagrados al modo nórdico. Los vikingos aportaron lo suyo en la metalúrgica.

Los diaguitas estarían dentro del mismo ámbito andino meridional, por cual hasta la lengua desconocida, sería el norrés, lo cual podría comprobarse con un estudio de lingüística comparativo.

En cuanto a los enterramientos, existen paralelismos con los nórdicos, los cráneos deformados para parecerse a los dolicocéfalos; algunos personajes se enterraban con su llama, a modo de caballo; otros adicionaban mujeres, esclavos, como los vikingos paganos, lo cual indicaría que son de los primeros vikingos en América. Usaban urnas de rostros humanos, decoradas con escudos escoceses, con la cruz de San Andrés y la cruz gamada.

Deformaciones craneanas del norte de Chile. Arriba: San Pedro de Atacama. Deformación oblicua (izquierda) y deformación erecta (derecha). Abajo: Deformación craneana circular de Caspana. Imágenes del Instituto de Investigaciones Arqueológicas y Museo San Pedro de Atacama.


La lengua que hablaban estas culturas, sería posiblemente la incaica, la cual según el cronista mestizo Felipe Guamán Poma de Ayala, era el danés. Pienso que debería estudiarse la lengua conocida como Lincan-Antai (¿norrés?).

Los vikingos se expandieron en la zona de Coquimbo, donde dejaron huellas de su estancia en múltiples inscripciones.

La cultura Molle, en el Valle de Elqui, se caracteriza por la cerámica monocroma, tembetás particulares, pipas de fumar del tipo monitor, acompañando las sepulturas. Precisamente, estos elementos son fruto de la difusión cultural generada por los nórdicos. No puedo dejar de mencionar, que el vocablo Molle recuerda el vocablo nórdico Mallar, nombre de un lago del norte europeo, de clara influencia nórdica. También se debe mencionar el desarrollo de la metalúrgica.

Nos falta mencionar para completar el panorama etnográfico, poner nuestra atención en las pequeñas villas, que abundan, pues ellas podrían apuntar en algunos aspectos, a las modalidades vikingas, las cuales podrían preservar vestigios de sus costumbres. Naturalmente, deberá tomarse en consideración la datación, las cuales deben corresponder al siglo XII en adelante.

En los mapuches, han perdurado algunos símbolos nórdicos, como ser la cruz gamada en sus estandartes y tapas de tambores [kultrunes].

En cuanto a lo religioso, no construyeron templos, aunque sí, espacios ceremoniales, para practicar el culto al aire libre, como lo hacían los nórdicos paganos, de la primera camada, quienes a su vez, se hacían enterrar con sus mujeres, sus esclavos y sus llamas, al estilo vikingo”.

Urna funeraria de la cultura diaguita.


Sobre las ideografías encontradas en el territorio de Chile, el profesor Pistilli ha escrito:

“Abundan en Chile, las diversas formas de expresión en las rocas, en diversas formas: petroglifos, pictogramas, grafites, con sus inmensas riquezas. He aquí algunas de ellas:

Runas. No conozco que se hayan traducido inscripciones chilenas, pero figuran esas letras como modo de expresión de ideas, mensajes, formulas mágicas. Recordemos los famosos “tridictos” (pisadas de avestruz), que son realmente “runas de la muerte”. He notado además la famosa “flecha”, la rúnica.

Las figuras humanas estilizadas, son en realidad un sistema de escritura rúnica donde las letras se forman con lo “humano”.

Símbolos. Existen en Chile, grabados en las montañas de seres gigantes, como representación de Odín, pues esa es su manifestación.

Signos. En Arrequitín [Argentina] aparecen escenas de los mitos nórdicos especialmente el “fin del mundo” [Götterdämmerung], específicamente el “anuncio de la catástrofe hecho por Heimdall”, quien toca la trompeta (¿lur?) al pie del arco iris. Como es el Dios de la Luz, está también al otro extremo del arco, entre los dos mundos. Figuran además un par de escudos escoceses.

En las cerámicas aparecen escudos, figuras humanas, cruces de San Andrés y cruces gamadas. Se presentan además frisos en base a cintas, características de los nórdicos.

Plato diaguita con símbolo solar hallado en Coquimbo, en el norte de Chile.

El símbolo de la estrella de Venus en una vasija de la cultura diaguita.


También, improntas de pies, que se han tallado en las paredes y los pisos pétreos de la geografía, como son los pasos de la Cordillera de los Andes, como por ejemplo en el Paso de Tampalaya.

La escritura de Isla de Pascua, de los “orejas largas”, que llegaron a la isla en el siglo XIII. En efecto, existen en la isla, testimonios de tres tipos de escritura, llamando la atención una que es similar a la de Harappa, cuna con Mohenjo Daro, de la cultura indoeuropea. Los suecos tenían una escritura similar en Kivik, con figuras humanas como letras; en otro tipo de escrituras, existen signos similares a las runas; en el tercer tipo, se presenta una escritura singular”.

Kultrun mapuche con el símbolo sagrado del Sol.


En definitiva, el profesor Pistilli ha sintetizado sus conclusiones sobre la presencia de los vikingos en Chile de la siguiente manera, a pesar de manifestar que existen en la protohistoria de Chile, muchos indicios que requieren más profundización, para clasificarla y comprenderla. Es el deber de los historiadores, considerar todos los testimonios, para no caer en falsas interpretaciones:

“La hipótesis establecida por Jacques de Mahieu, de la dispersión de Tiahuanaco es la más probable, por lo siguiente: de los tres grupos de la dispersión vikinga, uno se fue a la Isla de Pascua, lo cual se confirma por la presencia de los ‘orejas largas’ y la introducción de la escritura con formas estilizadas.

Vikingos de este mismo grupo, bordeó el Pacífico, llegando al norte de Chile, estableciendo contacto con los aborígenes, amalgamándose con algunos de ellos, como aquellos que hablaban el Kunza, vocablo transfonetizado de Zunge, lengua en germánico.

Posteriormente, durante la formación del imperio inca, extiende su territorio en el Collasuyo, mejorando los caminos vikingos, entonces señalizados con las improntas de pies, situación perfectamente comprobada por los cronistas, hallados en los pasos de los Andes y en otros lugares de los caminos incaicos”.

Rafael Videla Eissmann
1° de Diciembre de 2011.

Fragmento de cerámica de la cultura Guachipas. Salta, Argentina.

Obras reeditadas del profesor Vicente Pistilli

Recientemente, han sido reeditados dos títulos que abordan la presencia de grupos nórdicos en América del Sur con anterioridad al arribo de Cristóbal Colón y la empresa de 1492. Se trata de Vikingos en el Paraguay. La aldea Vikinga-Guaraní de la Cuenca del Plata (1978) y La Primera Fundación de Asunción (1987).

Vikingos en el Paraguay. La aldea Vikinga-Guaraní de la Cuenca del Plata. Quito, Octubre de 2011.

Vikingos en el Paraguay. La aldea Vikinga-Guaraní de la Cuenca del Plata. Asunción, Noviembre de 2011.

La Primera Fundación de Asunción. Asunción, Noviembre de 2011.

lunes, 7 de noviembre de 2011

Las runas: Símbolos sagrados de América del Sur

La runa odal y símbolos runoides en la alfarería inca del Cuzco.

Determinados símbolos se encuentran presentes en las culturas aborígenes del continente americano. Estos símbolos fueron trazados en los más diversos campos -por ejemplo, sobre piedras, textiles y alfarería- y corresponden a un sistema ideográfico similar al de las runas de Europa y de Asia, poseyendo por lo general los mismos atributos y significados esotéricos y mágico-religiosos. Al respecto, de modo acertado el profesor Vicente Pistilli ha escrito: Las runas portadoras de secretos, tienen diversos valores culturales. Como signos que representan los sonidos del habla, conforman un sistema fonético de 16 a 33 sonidos, capaces de expresar las palabras de diversos idiomas. A su vez, cada signo tiene un significado simbólico muy entrañable en la cultura nórdica.

La runa sieg en la alfarería inca del Cuzco.


En el contexto sudamericano, estos signos corresponden a los símbolos sagrados de culturas tales como los mapuches (araucanos), tiahuanacotas, chachapoyas, tupis e incas, herederos de las tradiciones del grupo prediluvial americano: los indios blancos, población que como resultado de la última Gran Catástrofe planetaria o Diluvio -acontecido hace alrededor de 13000 años- se vio forzado a emprender extensas migraciones hacia distintos puntos del planeta. Son los movimientos migratorios señalados por Herman Wirth, Edmund Kiss y Roberto Rengifo.

Variaciones de la runa odal en textiles mapuches.


En ese sentido, el propio Rengifo manifestó en su estudio de 1921, El Secreto de la América Aborigen, que parece haber sido una misma raza la que escribía en los Andes y en los Pirineos.

Estas remotas migraciones explicarían la llegada de los vikingos y otros grupos nórdicos a América, siglos antes de Cristóbal Colón y la empresa peninsular del “Descubrimiento” y “Conquista” que se forjó a partir de 1492. Sobre este fundamental asunto, el profesor Jaques de Mahieu escribió dos estudios: La geografía secreta de América antes de Colón (1978) y Colón llegó después. Los templarios en América (1988).

En Hávamál, en el Discurso del Altísimo de los Edda de Sæmund, se ha descrito la obtención de las runas por Odín:

Sé que pendí nueve noches enteras
en el Árbol que mece el viento (Yggdrasil);
herido por una lanza y a Odín ofrecido
-yo ofrecido a mí mismo-,
colgué del Árbol del que nadie sabe
de dónde comienzan sus raíces.

Ni pan ni copa alguna recibí;
fijo en lo hondo observé;
las runas tracé, las obtuve entre gritos;
caí a la tierra de nuevo.

Nueve conjuros del hijo de Boltorn,
del padre de Bestla, aprendí,
y también he bebido el excelso Hidromiel,
el que estaba en Odrorir.

Todo saber yo entonces alcancé,
de poder me llené y de gran gozo:
de palabra a palabra la palabra me fue,
de acción en acción la acción me llevó.
Averigua las runas y aprende los signos,
las runas de mucha fuerza,
las runas de mucho poder,
que el Tulr supremo (Odín) trazó
y los altos poderes hicieron
y el Señor de los Dioses (Odín) grabó.

A los Ases Odín, a los Elfos Dain,
a los Enanos grabóselas Dvalin,
a los Gigantes Asvid;
yo mismo algunas grabé.

¿Las sabes tú grabar? ¿Las sabes tú entender?
¿Las sabes tú teñir? ¿Las sabes tú probar?
¿Las sabes tú pedir? ¿Las sabes tú ofrendar?
¿Las sabes tú ofrecer? ¿Las sabes tú inmolar?

Mejor no pedir que por todo ofrendar;
su pago la ofrenda busca;
mejor no ofrecer que siempre inmolando.
Así grabó Tund (el tronante, Odín) antes que gentes hubiese;
allá revivió cuando vino de nuevo.

Los símbolos rúnicos encontrados en América pertenecen, de esta forma, a expresiones tanto de los aborígenes del continente -los primitivos indios blancos- como a las huellas de los grupos nórdico-vikingos que arribaron posteriormente en diversas oleadas a partir del siglo X de la era cristiana.

Los símbolos americanos que aquí se exponen corresponden a los signos rúnicos odal, sieg, man y al símbolo del Sol en movimiento o cruz del fuego.

El conocimiento de los orígenes y manifestaciones de estos símbolos, ciertamente significará reescribir la historia del mundo precolombino, de sus habitantes y su cultura. Es decir, escribir la historia prohibida del continente americano*.

Rafael Videla Eissmann
1° de Noviembre de 2011.


El kultrun de Chile y la cruz del cerro Tuja Og, en Paraguay. Corresponden al símbolo de tetrapartición del mundo.

Símbolos runoides de los araucanos del sur de Chile y la runa odal en un textil mapuche.

Inscripciones runoides en el cerro Tupa, en Paraguay.


* Este tema se encuentra ampliamente desarrollado en el libro Símbolos rúnicos en América. El regreso a la tierra ancestral, de Rafael Videla Eissmann. Prólogo del Profesor Vicente Pistilli (Quito, Octubre de 2011).