lunes, 11 de diciembre de 2017

Roberto Rengifo y las migraciones de la aristocracia de los primitivos obreros andinos a España


Detalle de un grabado de origen europeo de finales del siglo XVIII en el cual se puede
observar a un aborigen patagón: Un indio blanco y barbado.


En la Quinta Sesión General Ordinaria de la Sociedad Científica de Chile, con fecha 14 de Junio de 1920 el profesor Roberto Rengifo expuso sus apreciaciones en torno a una remota migración efectuada por el sustrato civilizador del grupo aborigen desde América hacia Europa.

En dicha sesión se ha consignado los siguientes párrafos:

Se extendió el señor Rengifo sobre el paralelismo de las escrituras prehistóricas, en rocas, entre España y Chile y sobre los faros primitivos, columnas ardientes sinónimas del nombre Hércules Egipcio, tenido como personaje constructor de ese primer faro. Hizo interpretaciones de otros nombres, como Britania, igual “Dos Costas” y “Coruña”, igual a “Señora del Espíritu del Agua” o “Perla del Mar”, apoyándose en el significado de las raíces de la América Antártica. De aquí dedujo también que había habido emigraciones marítimas de Sudamérica a España y que éstas las efectuaron los arios de Can (aristocracia de los obreros primitivos de estas costas del sur), haciendo estación previa en las Canarias.

Ilustró en el pizarrón el capítulo sobre los petroglifos.

El señor Blanchard-Chessi manifestó, después de apreciar el esfuerzo del señor Rengifo para sustentar las teorías que defiende, que le llamaba la atención la insistencia con que el señor Rengifo explicaba el significado de algunas palabras españolas atribuyéndoles etimologías de carácter araucano, y así, en la palabra co-ruña decía que co (partícula mapuche), significa agua. Le rogó al señor Rengifo manifestar si atribuía el mismo origen a otras partículas idénticas pertenecientes a palabras hispanas y americanas, como por ejemplo en la palabra “México”.

El señor Rengifo replicó que podía presentar una cuantiosa lista de palabras de todo el mundo cuyo significado se explicaba perfecta y adecuadamente con estas raíces antárticas monosilábicas de articulación directa y que la lengua española era la más categórica en su forma y en la que cuadraban mejor (Roberto Rengifo, El Secreto de la América Aborigen. IV. Extractos de Actas de la Sociedad Científica. 1921).


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viernes, 8 de diciembre de 2017

Sobre los anteo-celtas


La Gulfstream o Corriente del Golfo de México sirvió
para poblar la costa de Irlanda y occidentales Europa
con razas blancas americanas.
Roberto Rengifo

Busto lítico descubierto por Arthur Posnansky en Tiahuanaco,
la Metropólis de los Dioses, a inicios del siglo XX.


Como complementación a las ideas expuestas por Ruth Rodríguez Sotomayor en torno al poblamiento americano de la antigua península ibérica, reproducimos los siguientes párrafos de la obra del profesor Roberto Rengifo, Estractos de las Actas de la Sociedad Científica (1920) donde hace referencia al sustrato de los anteos originarios de la América Austral:

Con unos 1500 a 2000 antes de la era actual [judeo-cristiana], bastaba para encuadrar esa raza celta que se estableció en la costa occidental de Europa, sin haber provenido del oriente, según muchos autores, en la hipótesis de que provendrían de América y llegaron por el océano Atlántico.

El hecho es muy posible, pues la Corriente del Golfo de Méjico ha debido arrastrar en más de cien ocasiones a los primitivos navegantes del archipiélago Antillano y arrojarlos a Irlanda, donde primero aparecieron los celtas, pasando después al país de Gales, a Bretaña y por último a España, para unificarse con los iberos y producir los «celto-iberos», tenidos como los aborígenes de la península española.

Estos celtas –continúa Rengifo–, al descender de norte a sur por países sin cordilleras y, al llegar a la primera serranía transversal, al sur del mar Cantábrico, que es un verdadero cordón como los numerosos y prolongados que existen en América, la bautizaron con el nombre de Piri-neo.

La raíz Pire es americana primitiva y significa «Montaña»: Apir en lengua chilena, es el cargador muchacho de las montañas, el que con capacho a la espalda trabaja en las minas.

Pire-mapu e Inapire-mapu, eran divisiones del territorio araucano y significaban: País de la Montaña y País al Pie de la Montaña. Nien, en lengua mapuche [chilidugu] significa tener y, es de notar que en francés la terminación ien es también posesiva; Pirenien habría significado entonces, País que Tiene Montaña y, de aquí, más tarde Pirineos.

Pire y Pirámide se derivarían de esta antiquísima raíz, posiblemente de Piro, fuego, proviene de lo mismo, y significaría Volcán en su origen, por tener la misma forma piramidal. Los aborígenes pirhues o pirues (quitando la h que proviene de hué = Lugar) eran montañeses del Perú, en su primera denominación Pirú, según indicaron a los conquistadores los indios de la costa del sur de Colombia, para dar noticias del imperio del altiplano andino.

En la toponimia española hay muchos lugares con nombres o raíces americanas primitivas, cuyo estudio debe hacerse; pero no es este el único fundamento para atribuir a los celtas origen americano. La somatología general de esa raza y de la primitiva andina, es muy semejante: Bajos, gruesos o redondeados, miembros cortos, cabeza desarrollada, pies y manos pequeños, cabello generalmente negro y a veces coloreados como en Boroa e Irlanda, piel blanca, pero no alba, pechos pardos, etc. Esta raza andinocelta, diferente de la patagona o pampa y sus derivados, de largos miembros y gran estatura, es producto de los archipiélagos y montañas; por eso es chico de cuerpo y más cerebral; fue la primera que en América empujó la civilización de sur a norte, escribiendo en las rocas sus nacientes ideas, desde Arauco hasta Yanquilandia; tomó grandes bríos en el mar Caribe y arribó a Gran Bretaña (Roberto Rengifo, Estractos de las Actas de la Sociedad Científica. Páginas 20 y 21.).

Esta es la raza de los anteos o antis, la raza dolicocéfala primigenia de América. Los míticos hombres-dioses surgidos del casquete polar austral.

Rafael Videla Eissmann
7 de Diciembre de 2017


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jueves, 7 de diciembre de 2017

Sobre los íberos y su origen preamericano. Conferencia de Ruth Rodríguez Sotomayor


Izquierda: Figura prehispánica descubierta en el sur de Chile, con tocado cónico (Museo Chileno de Arte Precolombino). Centro: Figura de origen huasteca labrada en basalto y hallada en Puebla, México (Museo Amparo). Derecha: Escultura de origen ibero, con tocado cónico (Museo Arqueológico Nacional de España).


Una de las conferencias desarrollada por Ruth Rodríguez Sotomayor en Santiago de Compostela en Marzo 17-20 de 2016 donde aborda el origen americano de los íberos, hecho que se asocia a las investigaciones del profesor Roberto Rengifo quien en el capítulo III Hércules y Anteo: Relaciones paleográficas y paleológicas íbero-chilenas en el Arte gráfico y poético de los primitivos y los chiles (1920) donde ha escrito que parece haber sido una misma raza la que escribió en los Andes y en los Pirineos.

Y más abajo: La Hisperia fué colonia atlante, americana, hasta que se independizó por decadencia de éstos. El mismo hecho se repitió a la inversa en los siglos XV y XIX: los hijos de Hércules llegaron a América y, Anteo a su vez, los retuvo y dejó de ser colonia tres siglos después.

Las conclusiones de Rodríguez Sotomayor se acoplan asimismo a los postulados de Juan Moricz, quien ha expresado en El origen americano de pueblos europeos (1968): Cuando los investigadores de España profundicen en sus investigaciones sobre el pueblo Íbero del cual recibió su nombre la península que habitan, comprobarán que el pueblo Íbero fue de origen americano, y la confusión y destrucción realizada en América, se realizó en la cuna misma del pueblo al cual ellos mismos deben su cultura.

Estas son las resonancias de la América Aborigen:


(Todos los Derechos Reservados © Ruth Amarilis Rodríguez Sotomayor. 2016-17).


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domingo, 3 de diciembre de 2017

Sobre las migraciones preamericanas. Entrevista a Ruth Rodríguez Sotomayor


La Serpiente Emplumada.


Entrevista realizada a la investigadora Ruth Rodríguez Sotomayor en la Pirámide de la Luna en Teotiwakan en el mes de Octubre del 2017, en la cual se aborda parcialmente el origen del hombre blanco –la raza prediluvial wara–y su migración de sur a norte en América y luego al resto del globo. Aborda también la ascendencia atlante de los mayas o chan-chan y su irradiación a India como asimismo de varios grupos andinos fundadores de diversos sustratos culturales en Europa y Asia:


(Todos los Derechos Reservados © Planeta 2013 Televisión. 2017).


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martes, 28 de noviembre de 2017

El Sol Sagrado de Mesoamérica (III)


 Disco calendárico de origen maya-tolteca de Teotihuacán (México).


Como ‘epílogo’ de la sucinta exposición de las ideas trazadas en las entradas intituladas El Sol Sagrado de Mesoamérica (I) (http://losvikingosenamerica.blogspot.cl/2017/11/el-sol-sagrado-de-mesoamerica.html) y El Sol Sagrado de Mesoamérica (II) (http://losvikingosenamerica.blogspot.cl/2017/11/el-sol-sagrado-de-mesoamerica-ii.html ), se entregan las siguientes imágenes que reflejan la riqueza iconográfica del Sol de Todos los Soles, el tetraskelión o la “cruz de nuestros ancestros”,  cuya presencia abarca desde figuraciones astrales hasta vasijas, hecho que revela su carácter hierático y trascendental.

Es el símbolo de la Deidad de todas las Deidades, el Agnostos Theos, la Divinidad del Cielo, del Dios-Sol y de la Luz, vinculándose en la América Aborigen a los dioses celestes –los “ancestros míticos”– y los héroes civilizadores, encontrándose desde la Patagonia a Norteamérica.

Rafael Videla Eissmann
28 de Noviembre de 2017


 Tetraskelión en Ocolome, México.

 Jeroglíficos vinculados a Venus, la Estrella de la Mañana,
de origen maya.

 Fragmentos líticos de la ciudad maya de Mayapan y Zapatero,
respectivamente, En Nicaragua.

Representación azteca de un deidad hombre-felino, en cuyo escudo
se observa una variante del emblema solar.

Detalle de un símbolo de naturaleza solar en el Códice Magliabecchiano.

Vasija mixteca con el símbolo del ‘Sol en movimiento’.


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miércoles, 22 de noviembre de 2017

El Sol Sagrado de Mesoamérica (II)


 Lámina 72 del Códice Borgia.


Como una continuación de la entrada intitulada El Sol Sagrado de Mesoamérica (http://losvikingosenamerica.blogspot.cl/2017/11/el-sol-sagrado-de-mesoamerica.html), se presentan a continuación dos imágenes de códices prehispánicos que grafican asimismo, la imagen-símbolo del Sol como ente ordenador del espacio y del tiempo. Se trata de la lámina 72 del Códice Borgia y de la lámina 73 del Códice Vaticano B o Vaticano 3773.

La primera lámina –lámina 72 del Códice Borgia– describe un modelo estructural del espacio, expresado por medio de cuatro Serpientes Emplumadas cuyas cabezas apuntan hacia el centro donde se ubica Cipactli, el Ser Primigenio de las Aguas, representado como un pez-caimán, cuyo cuerpo fue empleado por los dioses para crear la Tierra. La figura también podría corresponder a la deidad Tzitzímil, representación de la Quinta Región del mundo o el centro. Al interior del cuadrado que conforman cada una de las serpientes se encuentra una deidad, representaciones de las cuatro regiones del Tlactípac (Tlālticpactli), la superficie de la Tierra. Las deidades al interior de las formas trazadas por las serpientes se encontrarían dentro del agua, pues uno de los significados de la Serpiente Emplumada para los mexicas era el de agua (Atl). Estas cuatro “aguas”, diferenciadas por los rostros, los colores, los glifos y sus atributos, corresponderían a las cuatro aguas del téotl (dios) de la lluvia y la fertilidad, Tláloc: Una es benévola (la primera de arriba, de izquierda a derecha, cuyo dios está pintado de color rojo), que facilita el crecimiento de las plantaciones; otra es malévola (la segunda figura, arriba, pintada de negro), la que “cuando cae a la tierra surgen telarañas y hongos en las mazorcas”; la tercera agua (abajo, la primera figura a la izquierda, de color blanco) “hace que se hielen las plantas del maíz”; y la cuarta es la “lluvia que impide que se formen los granos en las mazorcas, y las seca” (abajo, la segunda figura, de color amarillo). Estas figuraciones corresponden así, respectivamente, a los puntos cardinales este (rojo), oeste (negro), norte (blanco) y sur (amarillo), canales por donde el “agua del cielo” llega al Tlālticpactli. Reforzaría esta concepción, lo expuesto por el sabio Alexander von Humboldt, quien sostuvo que los cuatro catasterismos mexicas ácatl, técpatl, cally y tochtli, indicaban las cuatro estaciones, los cuatro elementos, los cuatro puntos cardinales, aludiendo también a los puntos de los solsticios y de los equinoccios o la intersección de los coluros con la eclíptica.

Lámina 73 del Códice Vaticano B o Vaticano 3773.


La segunda lámina, esto es, la número 73 del Códice Vaticano B o Vaticano 3773, presenta una composición similar. Aquí, las Serpientes Emplumadas del Códice Borgia han sido reemplazadas, al parecer, por el petlacolcoatl o ciempiés, asociado a la tierra, insecto venerado como el dios Ah uuk Chpat entre los mayas.

Las cuatro deidades que representación a las cuatro regiones del Tlactípac han sido sustituidas por glifos y el centro se encuentra ‘vacío’.

La rica simbología plasmada en estas láminas es un reflejo de la sabiduría ancestral que conformó parte de la cosmovisión trascendental de la civilización solar aborigen cuyos orígenes se remontan a la edad mítica de los dioses quetzalcóatl.

Rafael Videla Eissmann
21 de Noviembre de 2017


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martes, 21 de noviembre de 2017

El Símbolo Sagrado del Sol y el Culto al Mamut en América-Huitramannaland


 El dios maya Chaac. Una abstracción del recuerdo del culto prediluvial 
el mamut (Museo Nacional de Antropología de México).


Una silenciosa prueba de la existencia de grupos pre-Colvis, es decir, del sustrato más antiguo de América, se puede rastrear en las huellas del culto al mamut (Mammut americanum) en diversas manifestaciones en el norte del continente. Un mito (Myhtos) de los esquimales de las islas Herschel, frente al territorio de Yukón en Canadá, a pesar de la clara transculturación del registro, da cuenta de la extinción de los mamuts:

Noé invitó a todos los animales de ponerse a salvo a bordo de su arca, pero
los mamuts pensaron que no habría en realidad una gran inundación
y que sus piernas eran lo suficiente altas para el agua, así que se quedaron
fuera del arca y por esa razón, se extinguieron.
Los otros animales creyeron en Noé y se salvaron.
(James George Frazer, Folk-Lore in the Old Testament.
Páginas 328 y 329 [Traducción del autor]).

Por su parte, en Elephants and Maya Art (“Elefantes y arte maya”, 1924), W. Perceval Yetts escribió: Incluso hacia 1813 se presentaron interrogantes sobre la autoctonía de la cultura maya, y cerca de diez años atrás el famoso anatomista profesor G. Elliot Smith revivió algunos de los viejos argumentos y los fortificó con muchas especulaciones ingeniosas propias, con el objeto de probar que un motivo determinado utilizado en el diseño maya fue derivado del Viejo Mundo. El motivo aparece dos veces en un monolito tallado en Copán. El profesor Smith defiende la identificación de estas dos formas como cabezas de elefantes, y sobre todo, como cabezas de elefantes de la India.

Por su parte, el explorador y naturalista Alexander von Humboldt en Vues des Cordillères, et monumens des peuples indigènes de l’Amérique (“Vistas de las cordilleras, monumentos y pueblos indígenas de América”, 1810) ha expresado: Yo no habría considerado esta asombrosa escena grabada, si no fuera por la notable semejanza, y al parecer no accidental, del tocado del sacerdote al dios hindú Ganesha o dios con cabeza de elefante de la sabiduría. Al parecer es poco posible suponer que el hocico de un tapir podría haber sugerido el tronco en el tocado, lo que nos permite inferir que el pueblo de Atzlán había recibido alguna noticia de los elefantes de Asia, o que sus tradiciones se remontaban al elefante americano.

 
Izquierda: Tocado de “cabeza de elefante” en un bajorrelieve de Palenque, en México, en la lámina XIII de Recherches sur les Ruines de Palenque et sur les origines de la civilisation du Mexique (“Investigación sobre las ruinas de Palenque y los orígenes de la civilización en México”. A. Bertrand. Paris, 1866) de Frédéric de Waldeck, quien ha indicado que es evidentemente una representación de la cabeza de un proboscidio. Derecha: Tocado mexica con “cabeza de un elefante” en la lámina XV de Vues des Cordillères, et monumens des peuples indigènes de l’Amérique (“Vistas de las cordilleras, monumentos y pueblos indígenas de América”. F. Schoell. Paris, 1810) de Alexander von Humboldt. Ambos tocados son representaciones del mamut americano.

 
Arriba: “Trompa de elefante” en el pórtico del Gran Teocalli de Uxmal, en Yucatán, México. Nótese los tetraskeliones (swastikas y sauvastikas) de brazos curvos en la trompa. Abajo: “Trompa de elefante” en la Casa de los Monjes de Uxmal, en Yucatán, México. Ambas ilustraciones en la obra Incidents of Travel in Yucatan (“Incidentes de viaje en Yucatán”. Harper & Brothers. New York, 1843) de John Lloyd Stephens. Frédéric de Waldeck ha observado que estas representaciones efectivamente poseen trompas y en ambos lados ojos; una cavidad en forma de boca, lo que permite colegir su sorprendente similitud con un proboscidio. La clave de la antigüedad de este culto del mamut americano se descubre en el venerado símbolo solar del tetraskelión o swastika, la “cruz de nuestros ancestros”, en la figura del pórtico del Gran Teocalli de Uxmal en México.

  
Izquierda: Ehécatl, dios mesoamericano del Viento. Esta escultura guarda relación con las representaciones mayas de Chaac (The Metropolitan Museum of Art de Nueva York). Derecha: Ilustración del denominado “Elephant Mound” o Túmulo del Elefante de Grand County en Wisconsin, Estados Unidos. En realidad es un túmulo consagrado al mamut.


Estas manifestaciones del arte mesoamericano no corresponden a la representación de elefantes –de África o Asia– sino del mamut americano cuyo culto se remonta a la edad prediluvial, esto es, anterior a ±12.000, conformando una cierta asociación con el Dios-Elefante Ganeshji-Ganapati del hinduismo, la presencia del Símbolo Sagrado del Sol o tetraskelión.

En consecuencia, los vestigios de este remoto culto en Mesoamérica evidencian no sólo la existencia del antiquísimo sustrato americano aborigen (dolicocéfalo), conocedor y preservador del venerado símbolo del Sol, sino también su relación con la legendaria civilización solar y guerrera de India (Bhārat), hecho vislumbrado por el sabio Emeterio Villamil de Rada en La Lengua de Adán y el Hombre de Tiahuanaco (1876) bajo la premisa de la irradiación civilizadora emanada de los Andes.

Rafael Videla Eissmann
20 de Noviembre de 2017


 
Arriba: El Dios-Elefante Ganeshji (Ganapati, Gajanan). Abajo: Un elefante sagrado (Gajendra-Vinayak) con el símbolo del Sol, la swastika, en la oreja. Es el mismo símbolo de la representación mesoamericana del mamut en el pórtico del Gran Teocalli de Uxmal en Yucatán, México.


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domingo, 12 de noviembre de 2017

El Sol Sagrado de Mesoamérica (I)


 El Símbolo Sagrado del Sol en el Tonalpohualli de acuerdo al Códice Tovar.


Un eco de la antigua tradición originaria de Mesoamérica fue registrada en el Códice Ramírez y que da cuenta del sistema calendárico conocido como Tonalpohualli.

El Códice Ramírez –conocido asimismo como Códice Tovar– se compone por dos textos independientes del tiempo post-colonial –uno resguardado en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia de México y el otro en la Biblioteca John Carter Brown de Rhode Island, en Estados Unidos–.

El Códice Ramírez refiere entonces al manuscrito de 1587 de Juan de Tovar intitulado Relación del origen de los indios que habitan en la Nueva España según sus historias. Una parte de éste se denomina como Códice Ramírez por cuanto José Fernando Ramírez en 1856 descubrió el manuscrito de Juan de Tovar.

Ahora bien, una ilustración que grafica la sacralidad del Sol es explicado por fray Diego Durán (1537-1588), historiador y dominico de origen español quien en su Historia de las Indias de Nueva España e islas de Tierra Firme (circa 1550) –conocida como Códice Durán–, ha explicado sobre este símbolo y su figuración calendárica:

“Con mucha facilidad entenderá y sabrá el que fuere curioso, de saber lo que en esta figura circular se contiene y lo que en los caracteres y figuras significan. Pues en ella no se contiene otra cosa más de darnos a entender el modo de contar los años que antiguamente los naturales tenían, para lo cual es de saber, que dentro de este círculo hallaremos cincuenta y dos casas y cada casa de ellas denota un año, de manera que en este círculo están señalados cincuenta y dos años: Estos cincuenta y dos años llaman los naturales una edornada al cabo de los cuales hacían una solemne fiesta a la cual llamaban Nexiuhilipiztli, que quiere decir cumplimiento o atamiento de un círculo perfecto de años, que era venirse a juntar en este círculo redondo el fin de estos cincuenta y dos años con el principio de ellos, con este número perfecto de cincuenta y dos, y hacían la solemnidad y fiesta que he dicho a la mesma manera y modo que antiguamente los judíos en su vieja ley celebraban el año del jubileo de cincuenta en cincuenta años.

Detalle de la misma imagen.


Este círculo redondo se dividía en cuatro partes y cada parte tenía trece años: La primera parte pertenecía a Oriente y la segunda al norte y la tercera a Occidente y la cuarta al Medio-Día. La primera parte que pertenecía a Oriente llamábanle los Trece Años de las Cañas y así en cada casa de los trece tenían pintada una caña y el número del año corriente que le cabía, y entonces corría la mesma manera que nosotros contamos el número del año que corre en este año de Diciembre de 1579, sucedió tal y tal cosa, así por el consiguiente decían ellos: El año de una caña o de dos, o de tres cañas, etcétera, aconteció tal y tal cosa.

La segunda parte aplicaban al Septentrión que era de otras trece casas a las cuales llamaban las Trece Casas del Pedernal, y así tenían pintado en cada una un pedernal y el número del año que corría junto para contar el año del pedernal de tal y tal número aconteció tal y tal cosa conforme a lo que de la parte oriental queda dicho.

A la tercera parte que cabía a la parte occidental, llamábanle las Trece Casas y así veremos en cada parte de las trece una casilla pintada y junto a ella el número del año que entonces corría con la mesma orden que de las demás parte queda dicho.

A la cuarta y última parte que era de otros trece años, llamaban las Trece Casas del Conejo y así en cada casa de aquellas veremos pintada una cabeza de un conejo y junto a ella el número como en las demás para conocer en los años del conejo el número que aquel año corría”.

Se refuerza así la naturaleza sagrada de este trascendental emblema –el Símbolo Sagrado del Sol– y su importancia en los sustratos de la civilización de los kukulkanes en México-Tenochtitlan.

Rafael Videla Eissmann
11 de Noviembre de 2017


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miércoles, 1 de noviembre de 2017

Un eco de la Ante-Historia: México e India


 Kan Balam, en postura ritual.


Una singular ilustración de finales del siglo XVIII describe a Kan Balam, hijo de K’inich Janaab’ Pakal o Pakal “el Grande”, ahau o gobernante del Ajawlel o Señorío maya de B’aakal de Lakam Ha’, es decir, la actual zona de Palenque, ubicada en el norte del Estado de Chiapas en México.

La ilustración lo describe en una posición ritual con sus brazos en una forma determinada y sentado sobre una especie de trono resguardado por dos jaguares en ambos costados.

Además, Kan Balam porta un gorro frigio con riquísimas plumas.

El rey Antioco y Apolo-Mitra. Este último con el gorro frigio. Adviertáse
su similitud con el tocado de Kan Balam.

Representación escultórica de Shiva-Rudra de India. Siglo XIII.


Esta representación de Kan Balam guarda significativa similitud con las representaciones de dioses hinduistas, especialmente con aquellas de Vishnú, una de las tres manifestaciones de Brahma y entre cuyos AVATARAS se reconoce a Krishna en el Mahabharata y a Rama en el Ramayana.

¿Es esta semejanza una mera coincidencia o bien, se trata de una lejana huella de la Ante-Historia apenas vislumbrada por la historiografía oficial? ¿Qué asociación hubo entre ambas civilizaciones panteístas y solares del sustrato dolicocéfalo de América y Asia? ¿Cuál fue su destino?

La tumba de Kan Balam se hallaría en el Templo de la Cruz de la pirámide de Palenque, en la cual se reconocen diversas alegorías a Gucumatz, es decir, la Serpiente Emplumada de la tradición maya el que ulteriormente será conocido como Quetzalcóatl, el dios blanco y civilizador emanado de la estrella doble de Venus, la luz más bella.

Se observa, a través de estas similitudes, en consecuencia, un eco de la Ante-Historia y el rol fundamental de los Hijos del Sol.

Rafael Videla Eissmann
1º de Noviembre de 2017


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domingo, 8 de octubre de 2017

Huitramannaland: Símbolos rúnicos de los antiguos habitantes de Virginia


 El grabado de Theodor de Bry de un jefe nativo de Virginia (1590),
donde figuran la runa Odal y el tetraskelión o swastika.


Hacia 1585, el Gobernador John White (1540 - c.1593) encabezó un viaje desde Inglaterra a los Bancos Exteriores de Carolina del Norte, en los actuales Estados Unidos de América, como parte de un plan ideado por Walter Raleigh para determinar los límites de Virginia.

White permaneció en la isla de Roanoke durante unos trece meses antes de retornar a Inglaterra para obtener más suministros. Durante aquel período realizó una serie de más de setenta acuarela de hombres, plantas y animales. El propósito de éstos era entregar una idea de los habitantes y del medio ambiente del Nuevo Mundo en Inglaterra. 

Ahora bien, las ilustraciones basadas en los originales de White fueron hechas hacia 1588 y 1590 por Theodor de Bry y aparecieron en la obra de Thomas Harriot Brief and True Report of the New Found Land of Virginia (“Verdadero informe de la nueva tierra descubierta de Virginia”, 1588), quien había sido parte del viaje de 1585.

Significativamente, uno de los grabados de Theodor de Bry describe a un hombre de espalda, de pie, sosteniendo un arco en su mano izquierda y dos flechas, en tanto, en su mano derecha. El hombre porta un contenedor de flechas que cuelga de su cintura

En su hombro izquierdo tiene una variación de la runa Odal como tatuaje. Figura también la sagrada cruz gamada o swastika.

El título original del grabado aparecido en Frankfurt en 1588-90 es Von etlichen der furnembsten Hern In Virginia Marckzeichen (“Variados símbolos de los Jefes de Virginia”) y está basado en la ilustración de John White que tiene como encabezado Las maneras de los danzantes de Virginia en sus fiestas religiosas.

 La lámina completa de Theodor de Bry (1590).


La presencia de las runas en este singular grabado es un reflejo del conocimiento y empleo de estos símbolos mágicos en América-Huitramannaland –patrimonio y herencia de los míticos Dioses Blancos–, hecho que revela, al mismo tiempo, la presencia del sustrato dolicocéfalo-ariano en el continente.

Rafael Videla Eissmann
1º de Octubre de 2017


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viernes, 29 de septiembre de 2017

Florentino Ameghino y los indios blancos


Detalle del mapa de Diego Gutiérrez de 1562, en el cual se observan a los viracochas
de la Patagonia, es decir, los Dioses Blancos de la América Austral.


Sucinta referencia del multifacético investigador Florentino Ameghino (1854-1911), en la cual consigna la existencia de distintos grupos raciales en el mundo prehispánico –hecho que evidencia la falacia del así denominado “Descubrimiento” de 1492–, donde destacan varias referencias al elemento originario del continente, es decir, del grupo de poblaciones dolicocéfalas que será denominado como indios blancos a partir de la irrupción peninsular del siglo XVI.


La existencia de una sola raza americana es inadmisible.

Encontramos en América hombres, como los patagones, que son los más altos de la Tierra, caribes e iroqueses igualmente de talla muy elevada, y por otra parte, los indios de Vancouver, los quichuas y los groenlandeses que son muy bajos. Luego hay tribus como los mandanes, los atabascas, los lipanos, los antis y los kolusches, que algunas veces tienen los ojos claros, castaños o azules, o los cabellos claros y hasta rubios.

Algunas tribus de la América Central tienen los miembros muy desarrollados; los botocudos y los habitantes de Tierra del Fuego los tienen excesivamente delgados. Los botocudos y los apaches tienen los pies muy pequeños; los patagones los tienen excesivamente grandes. Los pieles rojas tienen un color rojizo muy acentuado, la raza pampeana se caracteriza por un moreno aceitunado bastante oscuro, y los brasilo-guaranís tienen un tinte amarillento que tira un poco a rojo. Los indios blancos de Puerto Mulgrave, de la Mesopotamia argentina y de Huitramannaland, los yucarés y los paducas que son blancos, los antiguos negros de California y de la isla de San Vicente, en el Golfo de México, los yamasis de la Florida que eran negros, los negros que Balboa encontró en el istmo de Darién, los blancos que Lapérouse, Dixon, Maurelle, Merares y Marchand han señalado sobre la costa de la América Septentrional, los esquimales blancos del capitán Graa y de Charlevoix, el cacique blanco de Cíbola, los tupinambás blancos del Brasil, los botocudos de ojos azules considerados entre ellos como un tipo de belleza muy notable, el color muy oscuro de los indígenas del cabo Gracias a Dios y de los vulavras, los negros del Orinoco y los indios blancos de Catlin, nos prueban suficientemente que no hay unidad de raza entre los americanos.

Florentino Ameghino
Los indígenas de América: Su antigüedad y su origen
[En: El Pensamiento vivo de Ameghino de Ángel Cabrera (1944)]


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sábado, 19 de agosto de 2017

Kulthrun: Kult-Runen, el Culto de las Runas (II)


Machis con  kulthrunes en la Araucanía, sur de Chile (Siglo XX).


Como lejanos ecos de la fuente común de la cual emanan grupos culturales cuyos vestigios hoy se rastrean en Europa, Asia y América, la simbología solar estampada en el kulthrune por los machi revela un campo de conocimientos prácticamente inagotables en torno a sus orígenes, significados y manifestaciones.

Kulthrune con ideografías estampadas. Adviértanse la sucesión
de swastikas y soles (Siglo XIX).


Así, la dimensión horizontal y vertical del kulthrune como micro-representación de la conjunción CIELO-TIERRA se proyecta como un espacio en el cual se consigna tanto el tiempo –los ciclos del tiempo– como las ideografías primordiales de los hombres-dioses. En este sentido, resulta fundamental constatar la presencia del símbolo sagrado del Sol en números kuthrunes, hecho que revela el origen ariano de los primitivos y auténticos “hombres de la tierra” (mapu-che), es decir, la población dolicocéfala primordial.

Izquierda: Shamán sami con un tambor ceremonial sagrado (Inicios de siglo XX). Centro: Shamán
yukaghir, con traje ceremonial (1902). Derecha: Shamán siberiano (finales de siglo XIX).

 Shamán siberiano con un gran tambor ceremonial en el cual se puede observar
en él la tetrapartición espacial similar a la trazada en el kulthrune.

 Atuendo de shamán evenki en el cual destaca un tambor ceremonial
con ideografías estampadas (Siglo XIX).

 Tambor ceremonial hopi (Siglo XIX).

 Tambor ceremonial lakota (Siglo XIX).

Shamán siberiano con tambor ceremonial. Adviértase la similitud
con el kulthrune  (Siglo XIX).


Ahora bien, la estructura ordenadora que segmenta las cuatro grandes áreas del kulthrune es asimismo un símbolo de naturaleza solar: Se trata de la Rueda Solar (Sonnenrad) –vulgarmente conocida como Cruz Celta– la cual se encuentra ampliamente difundida en el globo como resultado de los movimientos migratorios de los Völkerwanderungen, los Caminantes del Alba, como consecuencia de las grandes catástrofes cíclicas expuestas en la Cosmogonía Glacial de Hans Hörbiger y Phillip Fauth.

Este símbolo se reconoce en innumerables manifestaciones culturales que conforman las huellas de la tradición sagrada de los hombres-dioses y su marcha civilizadora.

Rafael Videla Eissmann
17 de Agosto de 2017

La Rueda Solar. Izquierda: Kulthrune (Siglo XIX). Centro: Petroglifo en Three Rivers National Historic Park,
New Mexico, Estados Unidos. Derecha: Petroglifo en Madsebakke, Allinge, Dinamarca.


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martes, 1 de agosto de 2017

Kulthrun: Kult-Runen, el Culto de las Runas (I)


 Diversos kulthrunes de la tradición ancestral lituche-araucana.


El kulthrun es el tambor mágico y ceremonial de los machi o shamanes araucanos. Se caracteriza por su forma semiesférica cuya base está labrada en madera –usualmente de canelo, lenga o lingue– que conforma la caja de resonancia y que se halla cubierta por una membrana atada tensamente y que abraza la mentada caja de resonancia, hecho que lo define como un membranófono. Su diámetro usualmente comprende de 35 a 40 cm y con una altura que va de 13 a 16 cm.

En su interior los machi depositan objetos de naturaleza mágica que consagran el kulthrun.

Otras fonemas de este objeto son: Kultrún, kultrung, kultrum y el castellanizado cultrún.

El kulthrun es uno de los objetos-símbolos más importantes de la tradición ancestral lituche-araucana pues plasma en su dimensión horizontal y vertical los componentes fundamentales de su Weltanschauung o “Visión de Mundo”.

Símbolos de la cultura Aconcagua de la zona central de Chile
con clara influencia lituche-araucana.


En este sentido, la dimensión horizontal proyecta la noción del Mapu o «tierra» desde la cual se traza la ordenación espacial, esto es, los cuatro puntos cardinales siendo el espacio central de éste, al mismo tiempo, el centro o Eje del Mundo: Es el Meli Witran Mapu o la «Tierra de los Cuatro Lugares» –noción que ulteriormente devendrá en el altiplano andino en el Tahuantinsuyo o el «Imperio de las Cuatro Esquinas»–.

Es en este centro desde donde se eleva el Rehue o columna antropomorfa escalonada que permite la comunicación con los habitantes del Wenu-Mapu o “tierra del firmamento”, los habitantes de las estrellas.

La dimensión horizontal del kulthrun constituye asimismo un resabio de un sistema calendárico parcialmente conocido gracias a la presencia de las swastikas o “soles”, es decir, las grandes eras definidas por los ciclos catastróficos y diluviales. Pues tal como expresó Quinturray Raypán, descendiente de machi de Nueva Imperial en la Región de la Araucanía en el sur de Chile, el sagrado símbolo de la swastika es la representación de un “Sol”. Raypán ha manifestado al respecto: Esta es la sexta Luna y el Sol, el cuarto, porque cuatro soles se han visto, cuatro soles aparecen en los kulthrunes. Todo ha sido destruido con grandes cataclismos donde se daba vuelta la tierra y hasta el Sol se pierde. 

Cuando nació este Sol murió toda la gente del norte, por eso algunos se refugiaron en ciudades subterráneas, bajo el desierto y en el interior de los volcanes. Los que quedaron arriba, se volvieron tontos.

Kulthrun con los cuatro soles estampados. Es decir, con cuatro
swastikas que equivalen a las “grandes eras”.


Además de esta figuración calendárica de las grandes eras, el kulthrun indica el registro del ciclo estacional anual cuyo sentido posee una orientación levógira, es decir, contra las manecillas del reloj, y presenta el siguiente orden: Puel (Este), Pikun (Norte), Lafken (Oeste) y Uilli (Sur).

El ciclo estacional se conforma de esta manera por: Pukem (Junio-Agosto: Invierno), Pewü (Septiembre-Noviembre: Primavera), Wallung (Diciembre-Febrero: Verano) y Rimüngen (Marzo-Mayo: Otoño).

En tanto, en su dimensión vertical, el kulthrun refleja el conocimiento de la esfericidad de la Tierra, esto es, el kulthrun constituye una micro-representación de la Ñuke-Mapu, o Gerda, es decir, de la Madre-Tierra, base y sustento de todo lo viviente y que refleja al mismo tiempo su concepción espacial: El Wenu-Mapu o “tierra del firmamento”; el Nag-Mapu o la “tierra” y Minche-Mapu o el “Inframundo” o “tierra de abajo”.

Tambor shamánico siberiano (Réplica contemporánea). Adviértase
la similitud con el trazado ordenador del kulthrun.


Mas, ¿cuál es el significado etimológico de kulthrun? Se desconoce. La fonética señala, posiblemente, un lejano fonema de la Lengua Primigenia –siguiendo las nociones del filólogo Emeterio Villamil de Rada en su extraordinaria obra La Lengua de Adán y el Hombre de Tiahuanaco (1877)–, es decir, de los viracochas o Dioses Blancos de América-Huitramannaland, esto es, los anteos o arios americanos enunciados por el profesor Roberto Rengifo en su substancial tetralogía de El Secreto de la América Aborigen (1919-1921).

Ilustración del siglo XIX de un shamán sami con un tambor
ceremonial sagrado similar al kulthrun.

Representación petroglífica siberiana.


De este modo, kulthrun correspondería al sonido primordial Kulthrun, Kult-runen (“Kult der Runen”), Cult o’the Runes (“Cult of the Runes”), Cult na Runes, esto es, el CULTO DE LAS RUNAS. Y esto, pues las ideografías trazadas en el kulthrun originario fueron los símbolos rúnicos de la raza primigenia, la población de cráneo dolicocéfalo de América Austral, es decir, de los hombres-dioses de la tradición sagrada cuyas bases civilizadoras irradiaron a Asia y Europa, tal como lo afirman las fundamentales investigaciones de Francisco P. Moreno, Emeterio Villamil de Rada y Roberto Rengifo en torno al sustrato ario emigrado de América hacia otras latitudes y que parcialmente, retomará en la década de los 30 del siglo XX el arqueólogo Edmund Kiss.

La clave esencial del kulthrun originario resguardaría los signos ideográficos que constituyen la “Palabra Perdida” de los Dioses Blancos.

Rafael Videla Eissmann
1º de Agosto de 2017


 Una machi y un shamán siberiano. Ambas manifestaciones culturales
se remontan a una fuente ariana común.


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Se prohíbe su reproducción).

domingo, 9 de julio de 2017

Huellas de un pasado común


Antes que ellos reynaseen [los Incas] estauan hechos: Más que ellos no podían
dezir ni afirmar quién los hizo. Mas de que oyeron a sus pasados
que en vna noche remaneció hecho lo que allí se vía. Por esto, y por lo que
también dizen auer visto en la ysla de Titicaca hombres baruados,
y auer hecho el edificio de Vinaque semejante gente (...).
Pedro Cieza de León
Crónica del Perú (1553)

Representación escultórica de un hombre barbado prehispánico de Perú
(Museo Arqueológico Nacional Hans Heinrich Brüning).


Contrariamente a lo pregonado por la historiografía ortodoxa, la evidencia arqueológica demuestra la existencia de una fuente en común entre las remotas culturas de América y Asia. Los ejemplos se descubren en el campo de los símbolos, las tradiciones, las construcciones megalíticas y el culto de los ancestros –entre otros tópicos–. Esto se explica por el origen común de la población dolicocéfala en el Núcleo Zoogénico antártico-patagónico pregonado por Francisco P. Moreno y Roberto Rengifo en el plano geo-biológico y argumentado antropológicamente por Emeterio Villamil de Rada con fundamentos sólidos en torno a las bases filológicas y culturales andino-sánscritas.

Representación de un sabio hinduista (Vasishta) de India.


Dos representaciones escultóricas –una del antiguo Perú y la otra de la legendaria India– evidencian esta relación. Se trata de representaciones antropomorfas de dos hombres barbados y con un tocado cónico que poseen gran similitud. Esta notable semejanza reafirma la idea-fuerza desarrollada por Villamil de Rada en La Lengua de Adán y el Hombre de Tiahuanaco (1876) en relación con el origen en la lengua de los Dioses Blancos o viracochas –una forma primitiva del aymará– de la cual emanó el sánscrito y por ende, las ulteriores lenguas indogermanas.

Estas representaciones escultóricas son un ejemplo de la raíz común del remoto tronco ariano.

Rafael Videla Eissmann
8 de Julio de 2017


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domingo, 2 de julio de 2017

Sobre los indios blancos


Momia wari descubierta en la Huaccla Puclana en Lima  Perú. Un ejemplo de la existencia
prehispánica de los indios blancos, es decir, de la población pre-indígena de América.


Comentarios de Jacques de Mahieu en torno a los indios blancos referidos por exploradores y viajeros en las regiones amazónicas presentadas en su libro El Imperio Vikingo de Tiahuanaco (1985). Ciertamente, coincidimos con De Mahieu en la constatación de una población prehispánica de características raciales ajenas a los indígenas que tanto en crónicas como fuentes etnohistóricas denominan usualmente como “indios blancos”; mas discrepamos de su origen –nórdico-germano de acuerdo a De Mahieu–, por cuanto la evidencia arqueológica prueba que en América, anterior al poblamiento y ocupación de los indígenas, esto es, de los grupos étnicos caracterizados por la conformación craneana braquicéfala –los indígenas–, hubo un grupo anterior: Los dolicocéfalos –los aborígenes–. En este sentido, los trabajos de investigadores como Francisco P. Moreno, Emeterio Villamil de Rada y Roberto Rengifo –entre otros– son fundamentales pues de acuerdo a sus conclusiones e, incluso más, según las propias tradiciones preservadas por los indígenas de los viracochas o Dioses Blancos, su origen se remonta al cono sur de América-Huitramannaland: Es el núcleo zoogénico antártico-patagónico (Nota de RVE).


Los “viajeros” y los misioneros que, en el siglo pasado, surcaron la Guayana, en el sentido geográfico de la palabra, es decir, la región situada entre el Orinoco, el Atlántico y el Amazona, mencionan la presencia allá de “indios blancos”, a menudo barbudos: Los guainares, los guarahibo –que el padre Gilii llama “Guavi bianchi”, los waika (grafía inglesa), los guahíbo y los mariquitares. Alejandro de Humboldt quien, con Bonpland, pasó seis años en la región a principios del siglo XIX, escribe al respecto: Los indios blancos serían, según se dice, mestizos, hijos de indios y blancos (postcolombinos). Ahora bien: He visto a miles de mestizos; puedo asegurar que tal comparación carece en absoluto de exactitud”. A esta acotación, más importante que las descripciones subjetivas que nos han dejado autores desprovistos de cualquier preparación en el campo de la antropología, que sólo pudieron, por lo general, observar a algunos individuos de cada tribu, se agrega un dato filológico, fundamental en su contexto: Salvo el de los mariquitares, tan mal definido que lo encontramos a veces con la forma de maquiritares, los nombres de esos “indios blancos” empiezan todos con guai (i separada de la a: guahi) o guar. En las transcripciones españolas de las lenguas amerindias, ya lo sabemos, gu, hu y v se emplean indiferentemente. La r del guaraí, muy atenuada, se les escapa a menudo a los europeos, como acabamos de verlo en guarahibo, convertido en guahibo –se trata evidentemente de la misma palabra– y Guaivi. Así reencontramos sin dificultad en los nombres de los guainares (vahinares), los guarahibo (varahivo), los guahibo (vahibo) y los waika (vahica), la raíz vari, guardían, guerrero, en norrés.

El caso de los waiwai de la Guayana ex británica es más significativo aún, Madame Coudreau, la exploradora francesa que los puedo observar a fines del siglo pasado, escribe al respecto: “Es la raza india más hermosa que jamás he visto (…). El color de su piel es amarillo claro que no tiene nada del rojopardo de las demás tribus. Los tipos rubio-anaranjado de ojos azules no son escasos entre ellos”. El geólogo norteamericanos William La Varre, quien se topó con algunos de ellos en 1933, habla de hombres de 1,83, m de estatura y de mujeres de piel nacarada. Las fotos que tomó nos muestran a individuos manifiestamente mestizados, con fuerte predominio de caracteres europeos. Una niña tiene hasta el cabello ondulado, lo que nunca sucede entre los indios. Ahora bien: Waiwai es la forma inglesa de huaihiai o Guaiguai, equivalente de vahi-vahi, es decir, de vari-vari. Tal vez se encuentre la misma raíz en el nombre de los oyaricoulets (pronunciar Uaiariculé) de la Guayana francesa, a quienes, a finales del siglo pasado, se describe como a hombres de alta estatura que su tez pálida, sus ojos claros y su pelo y barba rubios “hacían asemejar a holandeses, salvo en cuanto a la vestimenta”.

Jacques de Mahieu
El Imperio Vikingo de Tiahuanaco
(Páginas 178-180)


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