domingo, 8 de octubre de 2017

Huitramannaland: Símbolos rúnicos de los antiguos habitantes de Virginia


 El grabado de Theodor de Bry de un jefe nativo de Virginia (1590),
donde figuran la runa Odal y el tetraskelión o swastika.


Hacia 1585, el Gobernador John White (1540 - c.1593) encabezó un viaje desde Inglaterra a los Bancos Exteriores de Carolina del Norte, en los actuales Estados Unidos de América, como parte de un plan ideado por Walter Raleigh para determinar los límites de Virginia.

White permaneció en la isla de Roanoke durante unos trece meses antes de retornar a Inglaterra para obtener más suministros. Durante aquel período realizó una serie de más de setenta acuarela de hombres, plantas y animales. El propósito de éstos era entregar una idea de los habitantes y del medio ambiente del Nuevo Mundo en Inglaterra. 

Ahora bien, las ilustraciones basadas en los originales de White fueron hechas hacia 1588 y 1590 por Theodor de Bry y aparecieron en la obra de Thomas Harriot Brief and True Report of the New Found Land of Virginia (“Verdadero informe de la nueva tierra descubierta de Virginia”, 1588), quien había sido parte del viaje de 1585.

Significativamente, uno de los grabados de Theodor de Bry describe a un hombre de espalda, de pie, sosteniendo un arco en su mano izquierda y dos flechas, en tanto, en su mano derecha. El hombre porta un contenedor de flechas que cuelga de su cintura

En su hombro izquierdo tiene una variación de la runa Odal como tatuaje. Figura también la sagrada cruz gamada o swastika.

El título original del grabado aparecido en Frankfurt en 1588-90 es Von etlichen der furnembsten Hern In Virginia Marckzeichen (“Variados símbolos de los Jefes de Virginia”) y está basado en la ilustración de John White que tiene como encabezado Las maneras de los danzantes de Virginia en sus fiestas religiosas.

 La lámina completa de Theodor de Bry (1590).


La presencia de las runas en este singular grabado es un reflejo del conocimiento y empleo de estos símbolos mágicos en América-Huitramannaland –patrimonio y herencia de los míticos Dioses Blancos–, hecho que revela, al mismo tiempo, la presencia del sustrato dolicocéfalo-ariano en el continente.

Rafael Videla Eissmann
1º de Octubre de 2017


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viernes, 29 de septiembre de 2017

Florentino Ameghino y los indios blancos


Detalle del mapa de Diego Gutiérrez de 1562, en el cual se observan a los viracochas
de la Patagonia, es decir, los Dioses Blancos de la América Austral.


Sucinta referencia del multifacético investigador Florentino Ameghino (1854-1911), en la cual consigna la existencia de distintos grupos raciales en el mundo prehispánico –hecho que evidencia la falacia del así denominado “Descubrimiento” de 1492–, donde destacan varias referencias al elemento originario del continente, es decir, del grupo de poblaciones dolicocéfalas que será denominado como indios blancos a partir de la irrupción peninsular del siglo XVI.


La existencia de una sola raza americana es inadmisible.

Encontramos en América hombres, como los patagones, que son los más altos de la Tierra, caribes e iroqueses igualmente de talla muy elevada, y por otra parte, los indios de Vancouver, los quichuas y los groenlandeses que son muy bajos. Luego hay tribus como los mandanes, los atabascas, los lipanos, los antis y los kolusches, que algunas veces tienen los ojos claros, castaños o azules, o los cabellos claros y hasta rubios.

Algunas tribus de la América Central tienen los miembros muy desarrollados; los botocudos y los habitantes de Tierra del Fuego los tienen excesivamente delgados. Los botocudos y los apaches tienen los pies muy pequeños; los patagones los tienen excesivamente grandes. Los pieles rojas tienen un color rojizo muy acentuado, la raza pampeana se caracteriza por un moreno aceitunado bastante oscuro, y los brasilo-guaranís tienen un tinte amarillento que tira un poco a rojo. Los indios blancos de Puerto Mulgrave, de la Mesopotamia argentina y de Huitramannaland, los yucarés y los paducas que son blancos, los antiguos negros de California y de la isla de San Vicente, en el Golfo de México, los yamasis de la Florida que eran negros, los negros que Balboa encontró en el istmo de Darién, los blancos que Lapérouse, Dixon, Maurelle, Merares y Marchand han señalado sobre la costa de la América Septentrional, los esquimales blancos del capitán Graa y de Charlevoix, el cacique blanco de Cíbola, los tupinambás blancos del Brasil, los botocudos de ojos azules considerados entre ellos como un tipo de belleza muy notable, el color muy oscuro de los indígenas del cabo Gracias a Dios y de los vulavras, los negros del Orinoco y los indios blancos de Catlin, nos prueban suficientemente que no hay unidad de raza entre los americanos.

Florentino Ameghino
Los indígenas de América: Su antigüedad y su origen
[En: El Pensamiento vivo de Ameghino de Ángel Cabrera (1944)]


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sábado, 19 de agosto de 2017

Kulthrun: Kult-Runen, el Culto de las Runas (II)


Machis con  kulthrunes en la Araucanía, sur de Chile (Siglo XX).


Como lejanos ecos de la fuente común de la cual emanan grupos culturales cuyos vestigios hoy se rastrean en Europa, Asia y América, la simbología solar estampada en el kulthrune por los machi revela un campo de conocimientos prácticamente inagotables en torno a sus orígenes, significados y manifestaciones.

Kulthrune con ideografías estampadas. Adviértanse la sucesión
de swastikas y soles (Siglo XIX).


Así, la dimensión horizontal y vertical del kulthrune como micro-representación de la conjunción CIELO-TIERRA se proyecta como un espacio en el cual se consigna tanto el tiempo –los ciclos del tiempo– como las ideografías primordiales de los hombres-dioses. En este sentido, resulta fundamental constatar la presencia del símbolo sagrado del Sol en números kuthrunes, hecho que revela el origen ariano de los primitivos y auténticos “hombres de la tierra” (mapu-che), es decir, la población dolicocéfala primordial.

Izquierda: Shamán sami con un tambor ceremonial sagrado (Inicios de siglo XX). Centro: Shamán
yukaghir, con traje ceremonial (1902). Derecha: Shamán siberiano (finales de siglo XIX).

 Shamán siberiano con un gran tambor ceremonial en el cual se puede observar
en él la tetrapartición espacial similar a la trazada en el kulthrune.

 Atuendo de shamán evenki en el cual destaca un tambor ceremonial
con ideografías estampadas (Siglo XIX).

 Tambor ceremonial hopi (Siglo XIX).

 Tambor ceremonial lakota (Siglo XIX).

Shamán siberiano con tambor ceremonial. Adviértase la similitud
con el kulthrune  (Siglo XIX).


Ahora bien, la estructura ordenadora que segmenta las cuatro grandes áreas del kulthrune es asimismo un símbolo de naturaleza solar: Se trata de la Rueda Solar (Sonnenrad) –vulgarmente conocida como Cruz Celta– la cual se encuentra ampliamente difundida en el globo como resultado de los movimientos migratorios de los Völkerwanderungen, los Caminantes del Alba, como consecuencia de las grandes catástrofes cíclicas expuestas en la Cosmogonía Glacial de Hans Hörbiger y Phillip Fauth.

Este símbolo se reconoce en innumerables manifestaciones culturales que conforman las huellas de la tradición sagrada de los hombres-dioses y su marcha civilizadora.

Rafael Videla Eissmann
17 de Agosto de 2017

La Rueda Solar. Izquierda: Kulthrune (Siglo XIX). Centro: Petroglifo en Three Rivers National Historic Park,
New Mexico, Estados Unidos. Derecha: Petroglifo en Madsebakke, Allinge, Dinamarca.


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martes, 1 de agosto de 2017

Kulthrun: Kult-Runen, el Culto de las Runas (I)


 Diversos kulthrunes de la tradición ancestral lituche-araucana.


El kulthrun es el tambor mágico y ceremonial de los machi o shamanes araucanos. Se caracteriza por su forma semiesférica cuya base está labrada en madera –usualmente de canelo, lenga o lingue– que conforma la caja de resonancia y que se halla cubierta por una membrana atada tensamente y que abraza la mentada caja de resonancia, hecho que lo define como un membranófono. Su diámetro usualmente comprende de 35 a 40 cm y con una altura que va de 13 a 16 cm.

En su interior los machi depositan objetos de naturaleza mágica que consagran el kulthrun.

Otras fonemas de este objeto son: Kultrún, kultrung, kultrum y el castellanizado cultrún.

El kulthrun es uno de los objetos-símbolos más importantes de la tradición ancestral lituche-araucana pues plasma en su dimensión horizontal y vertical los componentes fundamentales de su Weltanschauung o “Visión de Mundo”.

Símbolos de la cultura Aconcagua de la zona central de Chile
con clara influencia lituche-araucana.


En este sentido, la dimensión horizontal proyecta la noción del Mapu o «tierra» desde la cual se traza la ordenación espacial, esto es, los cuatro puntos cardinales siendo el espacio central de éste, al mismo tiempo, el centro o Eje del Mundo: Es el Meli Witran Mapu o la «Tierra de los Cuatro Lugares» –noción que ulteriormente devendrá en el altiplano andino en el Tahuantinsuyo o el «Imperio de las Cuatro Esquinas»–.

Es en este centro desde donde se eleva el Rehue o columna antropomorfa escalonada que permite la comunicación con los habitantes del Wenu-Mapu o “tierra del firmamento”, los habitantes de las estrellas.

La dimensión horizontal del kulthrun constituye asimismo un resabio de un sistema calendárico parcialmente conocido gracias a la presencia de las swastikas o “soles”, es decir, las grandes eras definidas por los ciclos catastróficos y diluviales. Pues tal como expresó Quinturray Raypán, descendiente de machi de Nueva Imperial en la Región de la Araucanía en el sur de Chile, el sagrado símbolo de la swastika es la representación de un “Sol”. Raypán ha manifestado al respecto: Esta es la sexta Luna y el Sol, el cuarto, porque cuatro soles se han visto, cuatro soles aparecen en los kulthrunes. Todo ha sido destruido con grandes cataclismos donde se daba vuelta la tierra y hasta el Sol se pierde. 

Cuando nació este Sol murió toda la gente del norte, por eso algunos se refugiaron en ciudades subterráneas, bajo el desierto y en el interior de los volcanes. Los que quedaron arriba, se volvieron tontos.

Kulthrun con los cuatro soles estampados. Es decir, con cuatro
swastikas que equivalen a las “grandes eras”.


Además de esta figuración calendárica de las grandes eras, el kulthrun indica el registro del ciclo estacional anual cuyo sentido posee una orientación levógira, es decir, contra las manecillas del reloj, y presenta el siguiente orden: Puel (Este), Pikun (Norte), Lafken (Oeste) y Uilli (Sur).

El ciclo estacional se conforma de esta manera por: Pukem (Junio-Agosto: Invierno), Pewü (Septiembre-Noviembre: Primavera), Wallung (Diciembre-Febrero: Verano) y Rimüngen (Marzo-Mayo: Otoño).

En tanto, en su dimensión vertical, el kulthrun refleja el conocimiento de la esfericidad de la Tierra, esto es, el kulthrun constituye una micro-representación de la Ñuke-Mapu, o Gerda, es decir, de la Madre-Tierra, base y sustento de todo lo viviente y que refleja al mismo tiempo su concepción espacial: El Wenu-Mapu o “tierra del firmamento”; el Nag-Mapu o la “tierra” y Minche-Mapu o el “Inframundo” o “tierra de abajo”.

Tambor shamánico siberiano (Réplica contemporánea). Adviértase
la similitud con el trazado ordenador del kulthrun.


Mas, ¿cuál es el significado etimológico de kulthrun? Se desconoce. La fonética señala, posiblemente, un lejano fonema de la Lengua Primigenia –siguiendo las nociones del filólogo Emeterio Villamil de Rada en su extraordinaria obra La Lengua de Adán y el Hombre de Tiahuanaco (1877)–, es decir, de los viracochas o Dioses Blancos de América-Huitramannaland, esto es, los anteos o arios americanos enunciados por el profesor Roberto Rengifo en su substancial tetralogía de El Secreto de la América Aborigen (1919-1921).

Ilustración del siglo XIX de un shamán sami con un tambor
ceremonial sagrado similar al kulthrun.

Representación petroglífica siberiana.


De este modo, kulthrun correspondería al sonido primordial Kulthrun, Kult-runen (“Kult der Runen”), Cult o’the Runes (“Cult of the Runes”), Cult na Runes, esto es, el CULTO DE LAS RUNAS. Y esto, pues las ideografías trazadas en el kulthrun originario fueron los símbolos rúnicos de la raza primigenia, la población de cráneo dolicocéfalo de América Austral, es decir, de los hombres-dioses de la tradición sagrada cuyas bases civilizadoras irradiaron a Asia y Europa, tal como lo afirman las fundamentales investigaciones de Francisco P. Moreno, Emeterio Villamil de Rada y Roberto Rengifo en torno al sustrato ario emigrado de América hacia otras latitudes y que parcialmente, retomará en la década de los 30 del siglo XX el arqueólogo Edmund Kiss.

La clave esencial del kulthrun originario resguardaría los signos ideográficos que constituyen la “Palabra Perdida” de los Dioses Blancos.

Rafael Videla Eissmann
1º de Agosto de 2017


 Una machi y un shamán siberiano. Ambas manifestaciones culturales
se remontan a una fuente ariana común.


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domingo, 9 de julio de 2017

Huellas de un pasado común


Antes que ellos reynaseen [los Incas] estauan hechos: Más que ellos no podían
dezir ni afirmar quién los hizo. Mas de que oyeron a sus pasados
que en vna noche remaneció hecho lo que allí se vía. Por esto, y por lo que
también dizen auer visto en la ysla de Titicaca hombres baruados,
y auer hecho el edificio de Vinaque semejante gente (...).
Pedro Cieza de León
Crónica del Perú (1553)

Representación escultórica de un hombre barbado prehispánico de Perú
(Museo Arqueológico Nacional Hans Heinrich Brüning).


Contrariamente a lo pregonado por la historiografía ortodoxa, la evidencia arqueológica demuestra la existencia de una fuente en común entre las remotas culturas de América y Asia. Los ejemplos se descubren en el campo de los símbolos, las tradiciones, las construcciones megalíticas y el culto de los ancestros –entre otros tópicos–. Esto se explica por el origen común de la población dolicocéfala en el Núcleo Zoogénico antártico-patagónico pregonado por Francisco P. Moreno y Roberto Rengifo en el plano geo-biológico y argumentado antropológicamente por Emeterio Villamil de Rada con fundamentos sólidos en torno a las bases filológicas y culturales andino-sánscritas.

Representación de un sabio hinduista (Vasishta) de India.


Dos representaciones escultóricas –una del antiguo Perú y la otra de la legendaria India– evidencian esta relación. Se trata de representaciones antropomorfas de dos hombres barbados y con un tocado cónico que poseen gran similitud. Esta notable semejanza reafirma la idea-fuerza desarrollada por Villamil de Rada en La Lengua de Adán y el Hombre de Tiahuanaco (1876) en relación con el origen en la lengua de los Dioses Blancos o viracochas –una forma primitiva del aymará– de la cual emanó el sánscrito y por ende, las ulteriores lenguas indogermanas.

Estas representaciones escultóricas son un ejemplo de la raíz común del remoto tronco ariano.

Rafael Videla Eissmann
8 de Julio de 2017


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domingo, 2 de julio de 2017

Sobre los indios blancos


Momia wari descubierta en la Huaccla Puclana en Lima  Perú. Un ejemplo de la existencia
prehispánica de los indios blancos, es decir, de la población pre-indígena de América.


Comentarios de Jacques de Mahieu en torno a los indios blancos referidos por exploradores y viajeros en las regiones amazónicas presentadas en su libro El Imperio Vikingo de Tiahuanaco (1985). Ciertamente, coincidimos con De Mahieu en la constatación de una población prehispánica de características raciales ajenas a los indígenas que tanto en crónicas como fuentes etnohistóricas denominan usualmente como “indios blancos”; mas discrepamos de su origen –nórdico-germano de acuerdo a De Mahieu–, por cuanto la evidencia arqueológica prueba que en América, anterior al poblamiento y ocupación de los indígenas, esto es, de los grupos étnicos caracterizados por la conformación craneana braquicéfala –los indígenas–, hubo un grupo anterior: Los dolicocéfalos –los aborígenes–. En este sentido, los trabajos de investigadores como Francisco P. Moreno, Emeterio Villamil de Rada y Roberto Rengifo –entre otros– son fundamentales pues de acuerdo a sus conclusiones e, incluso más, según las propias tradiciones preservadas por los indígenas de los viracochas o Dioses Blancos, su origen se remonta al cono sur de América-Huitramannaland: Es el núcleo zoogénico antártico-patagónico (Nota de RVE).


Los “viajeros” y los misioneros que, en el siglo pasado, surcaron la Guayana, en el sentido geográfico de la palabra, es decir, la región situada entre el Orinoco, el Atlántico y el Amazona, mencionan la presencia allá de “indios blancos”, a menudo barbudos: Los guainares, los guarahibo –que el padre Gilii llama “Guavi bianchi”, los waika (grafía inglesa), los guahíbo y los mariquitares. Alejandro de Humboldt quien, con Bonpland, pasó seis años en la región a principios del siglo XIX, escribe al respecto: Los indios blancos serían, según se dice, mestizos, hijos de indios y blancos (postcolombinos). Ahora bien: He visto a miles de mestizos; puedo asegurar que tal comparación carece en absoluto de exactitud”. A esta acotación, más importante que las descripciones subjetivas que nos han dejado autores desprovistos de cualquier preparación en el campo de la antropología, que sólo pudieron, por lo general, observar a algunos individuos de cada tribu, se agrega un dato filológico, fundamental en su contexto: Salvo el de los mariquitares, tan mal definido que lo encontramos a veces con la forma de maquiritares, los nombres de esos “indios blancos” empiezan todos con guai (i separada de la a: guahi) o guar. En las transcripciones españolas de las lenguas amerindias, ya lo sabemos, gu, hu y v se emplean indiferentemente. La r del guaraí, muy atenuada, se les escapa a menudo a los europeos, como acabamos de verlo en guarahibo, convertido en guahibo –se trata evidentemente de la misma palabra– y Guaivi. Así reencontramos sin dificultad en los nombres de los guainares (vahinares), los guarahibo (varahivo), los guahibo (vahibo) y los waika (vahica), la raíz vari, guardían, guerrero, en norrés.

El caso de los waiwai de la Guayana ex británica es más significativo aún, Madame Coudreau, la exploradora francesa que los puedo observar a fines del siglo pasado, escribe al respecto: “Es la raza india más hermosa que jamás he visto (…). El color de su piel es amarillo claro que no tiene nada del rojopardo de las demás tribus. Los tipos rubio-anaranjado de ojos azules no son escasos entre ellos”. El geólogo norteamericanos William La Varre, quien se topó con algunos de ellos en 1933, habla de hombres de 1,83, m de estatura y de mujeres de piel nacarada. Las fotos que tomó nos muestran a individuos manifiestamente mestizados, con fuerte predominio de caracteres europeos. Una niña tiene hasta el cabello ondulado, lo que nunca sucede entre los indios. Ahora bien: Waiwai es la forma inglesa de huaihiai o Guaiguai, equivalente de vahi-vahi, es decir, de vari-vari. Tal vez se encuentre la misma raíz en el nombre de los oyaricoulets (pronunciar Uaiariculé) de la Guayana francesa, a quienes, a finales del siglo pasado, se describe como a hombres de alta estatura que su tez pálida, sus ojos claros y su pelo y barba rubios “hacían asemejar a holandeses, salvo en cuanto a la vestimenta”.

Jacques de Mahieu
El Imperio Vikingo de Tiahuanaco
(Páginas 178-180)


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martes, 6 de junio de 2017

Nicolás Palacios sobre los godos


Los godos.


Un eco del carácter e ímpetu de los godos, base étnica de los antiguos chilenos, presenta Nicolás Palacios en su libro La Raza Chilena. Su nacimiento. Nobleza de sus orígenes (Imprenta u Litografia Alemana de Gustavo Shafer. Valparaíso, 1904):

“¿Por qué esa rabia particular de estos guerreros con las esculturas griegas? ¿Por qué profanaron los templos? ¿Por qué trataban tan cruelmente, sin oírlos, a los maestros de la juventud de todo el mundo romano?

¿Era odio al arte, odio a la Divinidad, odio a la sabiduría y a las letras de estos ignorantes contumaces, como me enseñaron en el Instituto Nacional y siguen enseñando a nuestros jóvenes? No, absolutamente.

La cólera terrible que armaba su brazo destructor, el desprecio o más bien el asco que sentían por los letrados, sacerdotes y dioses del Mediodía, tenían una sola, justa y sana causa: Era el horror invencible, inmenso a la corrupción sin freno ni límites que invadía hasta la médula a todo el mundo meridional entregado a su espada vengadora.

Antes de su invasión al imperio romano, los godos habían vivido largo tiempo en el sur de Rusia, desde los márgenes del Danubio hacia el oriente. Allí supieron por los comerciantes, por los viajeros, etc., la gangrena que corroía a sus vecinos del sur, por lo que siempre tomaron sus medidas para que la juventud godos no intimara con sus habitantes. Cuando formaron sus ejércitos y decidieron la invasión, venían penetrados de su papel de vengadores de la moral y del Todopoderoso, vilmente ultrajados por esa raza inferior de hombres afeminados y corrompidos. «No puedo detenerme, es Dios quien me impulsa hacia adelante», contestó Alarico a un santo ermitaño que l salió al paso a suplicarlo que no avanzara.

Pero cuando contemplaron de cerca el cuadro de aquella civilización tan decantada, su indignación no tuvo límites. El alma castísima y profundamente religiosa de los godos sufrió el más amargo y rudo choque a la vista de las esculturas de impudor repugnante y de hombres-animales que llenaban los sitios públicos y los destinados a la oración, y las cuales se les decían eran de los dioses. No es sensato exigir que esos hombres hubieran ido fijándose, para respetarlas, en las obras firmadas por Fidias, para que las edades futuras se deleitaran en su contemplación.

De los sacerdotes y sacerdotisas de tales dioses, los godos tenían noticias antiguas y seguras.

Mujeres meridionales en gran número emprendían continuamente viaje a la patria de estos bárbaros, a donde llegaban con aire misterioso, diciéndose adivinas, descifrando runas y leyendo la suerte en las rayas de la mano. Los jóvenes guerreros, de formas apolíneas, de cutis albísima, surcada de venas azules como sus iris, de cabeza semejante a un cesto desbordado de anillos de oro, que se ruborizaban como una virgen por una monada y que habían de ser más tarde el terror de las legiones romanas no intimidaban a esas mujeres de ojos negros, de cutis pálida y de mirar sugestivo. Pero llegó un día en que aquellos bárbaros descubrieron que las tales adivinas estaban introduciendo en sus familias costumbres impúdicas y corrompiendo a la juventud, por lo que el rey gofo Filimer las hizo expulsar ignominiosamente de todos sus estados. En su marcha al sur, encontraron a estas mismas mujeres interpretando la palabra divina en los templos griegos y dictando la ley a los hombres.

Si a uno le dijeran estas cosas en el Instituto, tendrían que juzgar de otra manera a esos bárbaros y le ahorrarían el que, para conocer la verdad, tenga uno que empezar de nuevo, después de viejo, a estudiar historia; pero nuestros libros son latinos y no pueden dar importancia a lo que se les antoja detalles nimios, y así resulta latina la interpretación de los acontecimientos y su juicio sobre los hombres.

No eran los godos individuos que se pagaran de discursos; al contrario, por befa llamaban a los meridionales «lengua sin brazos», por lo que las peroraciones de los retóricos, cuyas costumbres conocían, servían más bien para exasperarlos, y así debe tenerse por un acto de moderación de su parte el que se hubieran limitado a echarlos a azotes de su presencia. Ni tampoco les imponían gran respeto la gravedad, la prosopopeya, la énfasis que gastaban los académicos latinos o griegos, a los cuales llamaban «adornos de banco», gente sólo «buena para mover los brazos en tiempo de paz y las piernas durante la guerra»”.

Nicolás Palacios
La Raza Chilena. Su nacimiento.
Nobleza de sus orígenes
(Páginas 64-66).


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jueves, 11 de mayo de 2017

Nicolás Palacios y la guerra sagrada de los araucanos


Recreación de un batallón araucano en la época de la Conquista.


Un eco de la remota cosmovisión araucana se encuentra en la fascinante obra de Nicolás Palacios, La Raza Chilena. Su nacimiento. Nobleza de sus orígenes (Imprenta u Litografia Alemana de Gustavo Shafer. Valparaíso, 1904), en la cual da cuenta de un aspecto fundamental de los antiguos araucanos: La concepción sagrada de la guerra.

Ciertamente, la defensa del territorio implicaba al mismo tiempo la defensa de su vasta cultura –el Admapu– como así también del venerado paisaje del Chilli-mapu. Se comprende, entonces, la concepción de guerra sacra de los ‘hombres de la tierra’ o mapuche.

La similitud cultural esbozada por Palacios es un indicador de un lejano origen común:

“La guerra tenía para los araucanos cierto carácter sagrado. El general se hacía acompañar siempre por un sacerdote, no por un machi o médico adivino, sino por un nügue, con la investidura de supremo sacerdote o Nügue-Toqui, el cual, como los augures romanos, consultaba la voluntad divina en el vuelo de ciertos pájaros o en el aspecto de sus entrañas, antes de decidir una batalla. Todos los individuos del ejército, desde el Buta-Toqui hasta el último cona o soldado, se preparaban para entrar en campaña guardando la más severa abstinencia. Los que morían en el campo de batalla tenían asegurado un puesto en la Mansión Celeste, campo permanente de grandes y divinas batallas, como el empíreo escandinavo, que había sido, por tanto, el cielo de la religión de los godos en su etapa de barbarie, cuando tenían a Odín por suprema divinidad. La perorata de sus jefes antes de entrar en acción impresionaba y hacía derramar abundantes lágrimas a los combatientes”.

Nicolás Palacios
La Raza Chilena. Su nacimiento.
Nobleza de sus orígenes (Página 56 y 57).


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jueves, 20 de abril de 2017

Sleipnir



Una evocación del galope de Sleipnir se descubre en esta fabulosa representación petroglífica en uno de los valles de Colorado, en Estados Unidos.

En esta representación se observa a un Hombre-Sol –¿Wotan?, ¿Hermðór?– cabalgando el corcel de ocho patas.

Tras la muerte de Balder provocada por Loki, el asen Hermðór –hermano de Balder– montó a Sleipnir y cabalgó durante nueve noches a través de profundos y oscuros valles en los que Hermdór no podía ver cosa alguna. Cruzaron el puente del río Gjöll y Gjallarbrú. Allí se encontraron con Móðguðr, la doncella protectora del puente.

Hermðór prosiguió el viaje hasta llegar al dominio de Hel –el Inframundo, la Tierra Hueca–, cruzando su Umbral –la apertura del Polo–. Allí solicitó a Hel que le permitiera retornar a Ásgarðr, el Recinto de los Æsir –Germania–.

Hel asiente pero pidió que todos los seres –animados e inanimados–, lloraran por el asen muerto.

En el dominio de Hel duerme Balder quien retornará sólo cuando todos y cada uno de los seres derramen una lágrima por él. Así lo hacen todos, menos la espantosa giganta Thokk –Loki disfrazado–.

Por ello, Balder permanecerá en el Helheim hasta el Ragnarök, la Guerra Final de los Dioses.

Rafael Videla Eissmann
20 de Abril de 2017


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lunes, 3 de abril de 2017

Símbolos rúnicos en el Parque Nacional del Árbol de Josué (“Joshua Tree National Park”)


Inscripciones rúnicas en el Parque Nacional del Árbol de Josué, en California.


Como ecos de la raza primigenia americana, es decir, de la población dolicocéfala del continente, en el circuito del Parque Nacional del Árbol de Josué (“Joshua Tree National Park”), emplazado en el límite de los condados de San Bernardino y Riverside, en California, Estados Unidos, se descubren conjuntos de símbolos rúnicos.

En este fabuloso berrocal, junto a figuras antropomorfas, zoomorfas y geométricas, se han plasmado los símbolos rúnicos Odal, Man, Yr y combinaciones de ellos.


 

  
 Inscripciones rúnicas en el Parque Nacional del Árbol de Josué, en California.


Estas ideografías constituyen vestigios de una remota gran civilización continental –el Imperio General como lo definió el etnólogo Josiah Priest– de la cual las posteriores poblaciones erróneamente denominadas como aborígenes –los grupos protomongoloide y mongoloide, es decir, los indígenas (braquicéfalos)– heredaron en parte sus conocimientos y tradiciones.

Fue el Imperio General de los Dioses Blancos. Por ello, adecuadamente, el explorador P. H. Fawcett escribió que de acuerdo a las propias tradiciones indígenas este sustrato blanco originario fue el grupo dominante y civilizador, consignando además que en crónicas existentes, que datan del tiempo de la Conquista, se refieren a la apariencia de estos pueblos: Todos preservaban la tradición de ser descendientes de una raza blanca.


El berrocal del Parque Nacional del Árbol de Josué.


Un eco de esta noción argüida por Fawcett fue anticipada por el historiador Diego Barros Arana al expresar que el Tahuantinsuyo o imperio de los Incas, los Hijos del Sol, fue cimentado sin duda alguna, sobre las ruinas dispersas de una civilización mucho más antigua.

Los símbolos rúnicos y runoides descubiertos a lo largo y ancho de Huitramannaland-América, son las huellas de esta grandiosa civilización.

Rafael Videla Eissmann
1º de Abril de 2017


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domingo, 26 de marzo de 2017

Migraciones preamericanas 12.000 a. C. Entrevista a Ruth Rodríguez Sotomayor


Runas americanas (Cuzco, Perú).


Entrevista a Ruth Rodríguez Sotomayor realizada por L. Damario:



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domingo, 19 de marzo de 2017

El origen preamericano de la raza humana: Exposición temática de Ruth Rodríguez Sotomayor


Mapa de América de 1507.


Exposición temática de Ruth Rodríguez Sotomayor:



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sábado, 11 de marzo de 2017

El origen de los mayas y las migraciones preamericanas: Exposición temática de Ruth Rodríguez Sotomayor


El Señor Pakal de Palenque.


Exposición temática de Ruth Rodríguez Sotomayor:



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domingo, 5 de marzo de 2017

La verdadera historia de la humanidad: Entrevista a Ruth Rodríguez Sotomayor realizada por J. Guzmán


Mapa de Oronteus Finaeus (1532).


La verdadera historia de la humanidad: Entrevista Ruth Rodríguez Sotomayor realizada por J. Guzmán:



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miércoles, 1 de marzo de 2017

El origen preamericano de la raza humana: Entrevista a Ruth Rodríguez Sotomayor realizada por Steve Locse


Ruth Rodríguez Sotomayor.


Entrevista a Ruth Rodríguez Sotomayor realizada por Steve Locse:



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miércoles, 22 de febrero de 2017

Bibliografía selecta de Ruth Rodríguez Sotomayor


Ruth Rodríguez Sotomayor.


Como complemento de la entrada anterior, Preamérica: El origen de la civilización indo-germana. Las trascendentales investigaciones de Ruth Rodríguez Sotomayor, entregamos ahora un listado bibliográfico de esta extraordinaria escritora. La importancia de su trabajo –lamentablemente en su mayor parte inédito– radica en proponer el origen civilizador de un remoto sustrato americano que se irradiará a otras latitudes, alcanzando India y Europa.

Se trata, en realidad, de ecos de la historia prohibida.

Bibliografía selecta de Ruth Rodríguez Sotomayor

Historia de las bibliotecas. Desde la Edad Antigua hasta la Edad Moderna. Departamento de Publicaciones. Editorial de la Universidad de Guayaquil. Guayaquil, 1971.

Un estudio sobre la Espiral Logarítmica. El Orden del Universo y el concepto del Tiempo en el asombroso mundo de los mayas. En: Revista Mundo Desconocido. Barcelona, 1972.

La sabiduría en Preamérica. Un estudio sobre el yoga primigenio: El yoga preamericano. 1979 (Inédito).

La rebelión de los objetos. 1981 (Inédito).

Kryashakti. El misterio de la auto-reproducción o la transformación de Nanociwatzin, la Mujer-Madre, Señora de los hombres. La dinastía Chandravamsa en Preamérica. Estudio comparativo de la organización de las mujeres preamericanas y las mujeres de Roma. 1981 (Inédito).

Los precursores de la imprenta. 1981 (Inédito).

Lo que no se ha dicho sobre los orígenes del fútbol o balompié. 1982 (Inédito).

Tezkatlipoka, Espejo Humeante. 1982 (Inédito).

La verdadera historia de la fitoterapia. 1983 (Inédito).

Un estudio sobre el agua, sustancia divina. Los Dioses del Agua de las antiguas civilizaciones: El simbolismo de Tláloc y Chalchiutlicue y las civilizaciones hidráulicas. 1985 (Inédito).

Historia del telar y del arte de tejer. 1991 (Inédito).

Relaciones ancestrales de Preamérica con Egipto. Los fundadores de Egipto eran preamericanos y el Runa Simi en Egipto (Los faraones Tut-Ankh-Amon y Akhenaton eran de origen qheswa. Análisis de la fonética de los nombres egipcios). 1994. (Inédito).

Descubrimiento de los orígenes de Yuya y Tuya. 2002 (Inédito).

Claves matemáticas en piezas arqueológicas andinas. Símbolos mayas en escalpelo de cultura Lambayeque. 2002 (Inédito).

Kara Maya, raza madre de la humanidad. 2004 (Inédito).

Runa Simi. Una lengua universal en un pasado remoto. Separata de la obra Kara Maya, raza madre de la humanidad (Ponencia). 2004 (Inédito).

Los Señores de la Cruz del Sur. Los fenicios un pueblo de ascendencia pre-americana. 2005 (Inédito).

Diccionario o Enciclopedia de los símbolos de los sistemas de escritura preamericanos. 2007 (Inédito).

Historia de las bibliotecas preamericanas (5 volúmenes). 2009 (Inédito).

Nuevos descubrimientos en reliquias arqueológicas del Reino de los Kitus. 2010 (Inédito).

El origen preamericano de la informática. Sistemas de cómputo preamericanos. Ministerio de Cultura. Archivo Histórico del Guayas. Guayaquil, 2012.

El mensaje oculto de los libros líticos andinos. El origen de los arios está en Preamérica. Liberfactory. Madrid, 2013 [Descubrimiento extraordinario en reliquias arqueológicas antediluvianas de las culturas andinas. El origen de los arios está en Preamérica (2010)].

Descubrimiento del origen de los mayas. La patria ancestral de los mayas está en el Reino de los Kitus. Nuevo resurgimiento de la historia del Reino de los Kitus. Estudio y análisis de la obra del clérigo Juan de Velasco (1789). Revitalización y revalorización de los topónimos y antropónimos antiguos. M. I. Municipalidad de Guayaquil. Guayaquil, 2016 (3 tomos).

Descubrimiento de escritura cuneiforme en el Reino de los Kitus. La escritura cuneiforme tuvo su origen en los Andes. I Fase del Proyecto Enciclopedia de los Símbolos Escriturarios Preamericanos. 2017 (Inédito).


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miércoles, 1 de febrero de 2017

Preamérica: El origen de la civilización indo-germana

–Las trascendentales investigaciones de Ruth Rodríguez Sotomayor–

 Detalle de la monolítica Puerta del Sol de Tiahuanaco, la metrópolis
de los viracochas, los Dioses Blancos de América.


Los estudios historiográficos desarrollados por la bibliotecaria egresada de la Universidad de Guayaquil, la investigadora del Archivo Histórico del Guayas y conferencista Ruth Rodríguez Sotomayor son extraordinarios.

Sus estudios van más allá de los límites de la historiografía tradicional, o mejor dicho, trascienden los lindes de la escuela ortodoxa, pues Ruth Rodríguez Sotomayor rescata y expone a través del estudio de los símbolos, las artes, las ciencias y la filología, un pasado casi ignoto de América.

Y hablar de América es hablar del continente de los dioses civilizadores cuyas huellas son hoy silentes vestigios de la Edad Dorada.

Ciertamente, la labor de Rodríguez Sotomayor se opone a la mentada versión ortodoxa, u oficial, deviniendo por ello, en consecuencia, en una revolucionaria propuesta.

Uno de los campos de mayor importancia de sus estudios es la prefiguración del origen del hombre en América del Sur y la irradiación de su civilización hacia otros continentes. Se entroncan, por lo mismo, con los esenciales trabajos de eximios investigadores como el multidisciplinario Francisco P. Moreno, el filólogo y etnólogo Emeterio Villamil de Rada y el antropólogo Roberto Rengifo, pues Rodríguez Sotomayor reconoce en América –o Preamérica como ella adecuadamente ilumina, es decir, la América anterior a la América conocida–, el núcleo de donde surgió el grupo civilizador que migra y se proyecta a distintos centros del globo, expandiendo su civilización.

Ruth Rodríguez Sotomayor
(Foto de Carlota Ramírez Salvador).


De forma significativa, en las tradiciones mítico-históricas de Asia y de la propia Europa, antes del embuste del “Descubrimiento” de 1492, se tenía conocimiento de un gran continente al oriente y al poniente, respectivamente. Y de aquí, por ejemplo, la comprensión cabal del nombre dado por los navegantes nórdicos a América: Huitramannaland. Es decir, White Men’s Land, la “tierra de los hombres blancos”. Albania-América.

Los conceptos trazados por Ruth Rodríguez Sotomayor son, ciertamente, resonancias de la tradición mítica de los hombres-dioses que se evocan por medio de una bien fundamentada, sorprendente y fecunda línea de investigación en torno a los símbolos, la lengua, las artes y las ciencias de las culturas pre-americanas, es decir, de la América Aborigen.

Vestigios de los dioses en Preamérica. Izquierda: Tableta de San Pedro de Atacama, Chile, con la efigie del Supremo Viracocha. Centro: La Dama de la Máscara, momia wari descubierta en 2007 en la huaca Pucllana, en Lima, Perú. Derecha: Mascarilla moche, de Loma Negra, en Perú.


Algunos de sus trabajos son La sabiduría en Preamérica. Un estudio sobre el yoga primigenio: El yoga preamericano (1979), Kryashakti. El misterio de la auto-reproducción o la transformación de Nanociwatzin, la Mujer-Madre, Señora de los hombres. La dinastía Chandravamsa en Preamérica. Estudio comparativo de la organización de las mujeres preamericanas y las mujeres de Roma (1981), Un estudio sobre el agua, sustancia divina. Los Dioses del Agua de las antiguas civilizaciones: El simbolismo de Tláloc y Chalchiutlicue y las civilizaciones hidráulicas (1985), Relaciones ancestrales de Preamérica con Egipto. Los fundadores de Egipto eran preamericanos y el Runa Simi en Egipto (Los faraones Tut-Ankh-Amon y Akhenaton eran de origen qheswa. Análisis de la fonética de los nombres egipcios (1994), Kara Maya, raza madre de la humanidad (2004), Historia de las bibliotecas preamericanas (2009), El origen preamericano de la informática. Sistemas de cómputo preamericanos (2012), El mensaje oculto de los libros líticos andinos. El origen de los arios está en Preamérica (2013) y Descubrimiento del origen de los mayas. La patria ancestral de los mayas está en el Reino de los Kitus (2016).

En tanto, algunos de sus más elocuentes artículos son ¿Conocían la hibernación en Preamérica? (1982) y ¿Era el alargamiento del cráneo una antigua técnica para provocar la evolución cerebral? La transformación del cráneo, ¿rito o ciencia? (1985). Estas investigaciones son respaldadas de modo certero con cuadros cronológicos presentados en sus conferencias como es el caso de Migraciones preamericanas, 12.000 a. C. (2011) y Cronología ancestral preamericana (2012).

Ahora bien, las materias abordadas por Rodríguez Sotomayor resultan sugestivas y fascinantes. Sus trabajos deslumbran por la fuerza de sus propuestas. Su principal obra es La historia de las bibliotecas preamericanas, trabajo enciclopédico en cinco volúmenes que inició en 1975 y concluyó en 2009 y que examina los libros, los sistemas de escritura y las bibliotecas preamericanas. Esto es, la ciencia y arte de los libros creados y empleados por los antiguos habitantes del continente.

Aún inédita, La historia de las bibliotecas preamericanas, evidencia que las fuentes, los sistemas de escritura y en general las obras colosales definen una cronología que comienza en la era antediluviana, representada por los libros líticos y las construcciones monumentales. En tal sentido, estos libros líticos no son por cierto trazos aleatorios o del azar producto de la ociosidad sino que conforman símbolos escriturarios e ‘ilustraciones’ tallados con verdadero arte y contenido científico.

Esta datación coincide con la cronología conservada por los sabios nativos y que fue relegada y destruida por los inquisidores españoles. Concuerda además con la cronología de India y con la de Grecia, diferenciándose para Rodríguez Sotomayor únicamente en que sólo en Preamérica se presenta el registro prediluvial mientras que la India y Grecia comienzan sus cronologías en la Edad de Oro (Satya Yuga) y la Edad de Plata (Tetra Yuga), respectivamente.

En este trabajo se demuestra la existencia de cinco sistemas de escritura preamericanos, a saber:

I. El sistema de escritura uri de tipo geométrico-matemático, creado por las mujeres de la Dinastía Lunar, conjuntamente con la tinta negra y roja, de su uso exclusivo. Este sistema de escritura tuvo relación con la astronomía y la filosofía religiosa.
II. La escritura cuneiforme de la raza wara de Tiahuanaco.
III. Un sistema de escritura pictográfico.
IV. El sistema de escritura jeroglífico de la raza de los chan-chanes o mayas clásicos y la cultura de Rapa Nui, el Ombligo del Mundo.
V. Un sistema de escritura fonética.

Es a partir de La historia de las bibliotecas preamericanas –obra única en su género y proyección– de donde surgen los siguientes campos de indagación de Rodríguez Sotomayor y que se tornan en trabajos monográficos sobre las ciencias, artes y lenguas del continente.

Así, por ejemplo, La rebelión de los objetos (1981) constituye un ensayo que trata de una profecía plasmada en un mural de la majestuosa Pirámide de la Luna en Chan Chán, en Perú, donde se reflejan escenas en que las máquinas e inventos del ‘proyecto’ humano se rebelan contra éste y buscan su destrucción. Esta presagio presentaría ecos asimismo en el Popol Vuh mesoamericano, en los Vedas indios como también en otros libros sagrados de antiguas culturas, nefasto augurio que para la autora se vería consumado a través de la Revolución Industrial de los siglos XX y XXI.

Por otra parte, destaca el sugerente Runa Simi, una lengua universal en un pasado remoto (2004) donde se cifra la existencia de la remota lengua Runa Simi –erróneamente conocida como quecha (qheswa), el idioma de Tiahuanaco y del altiplano andino en general–. De acuerdo a Rodríguez Sotomayor esta lengua correspondería en realidad al sánscrito primordial, es decir, el idioma de los viracochas, los Dioses Blancos, hecho que vincula, de tal manera, esta investigación con aquella desarrollada en torno a la filología y lingüística por Emeterio Villamil de Rada en La Lengua de Adán y el hombre de Tiahuanaco (1888) y a la lengua primigenia o lengua antártica vislumbrada por Roberto Rengifo en el Arte gráfico y poético de los primitivos y los chiles (1920).

Es desde esta Lengua Raíz en su primer estadio aglutinante de donde emana ulteriormente el sánscrito y las lenguas indogermánicas.

A este respecto, Rodríguez Sotomayor ha manifestado en este estudio que los Vedas, libros sagrados de la India, contienen datos de incalculable valor histórico sobre la raza kara maya o naga maya, instructora de los brahmanes en la cosmogonía, las ciencias y las artes, cuyo origen era Pushkara o Preamérica. Los símbolos que identificaban a esta raza primigenia eran la Serpiente Emplumada y la svástica.

Izquierda: Ruth Rodríguez Sotomayor explicando el significado de una pieza arqueológica americana (Foto de Carlota Ramírez Salvador). Derecha: Detalle de la Fuente Magna, un cuenco lítico prehispánico descubierto en las inmediaciones de Tiahuanaco, la metrópolis de los dioses, en la cual se puede observar caracteres cuneiformes.


En esta misma línea destaca Descubrimiento de escritura cuneiforme en el Reino de los Kitus (2007) el cual dilucida los símbolos de la escritura cuneiforme americana perteneciente a la cultura gatti, rama de la dinastía Kara, la que formaba parte de la raza wara, la primera raza blanca que descendió de Tiahuanaco después del Diluvio y durante su expansión para repoblar el continente, fundó un reino en la costa del Ecuador, llamado Kara.

La denominada Fuente Magna descubierta hacia 1959 en las inmediaciones de Chua, próximo a Tiahuanaco, la cual presenta inequívocos caracteres cuneiformes, avala la visión de la autora.

En Nuevos descubrimientos en reliquias arqueológicas del Reino de los Kitus (2010), se expone el estudio de varios vestigios arqueológicos preamericanos que presentan escritura criptográfica como es el ejemplo de una tablilla de los kitus que exhibe la imagen de una sacerdotisa realizando el Samadhimudrā o Gesto de la Contemplación y la Meditación –el cual se descubre asimismo en varias estelas mayas– o bien, la representación exacta de los Guerreros Guardianes del Dharma, o de la Ley Divina, en el antiguo Reino de los Kitus, símbolo utilizado además por las tribus de las Praderas en Norteamérica y en culturales boreales como los tlingit y haida.

En El origen preamericano de la informática (2012) Rodríguez Sotomayor escribe sobre los fabulosos sistemas de cómputo y los instrumentos de altas matemáticas creados por los antiguos sabios del continente. Lo más llamativo, en este sentido, es que estos instrumentos de altas matemáticas cumplían –cumplen– las mismas actividades de un ordenador moderno.

Ciertamente El mensaje oculto de los libros líticos andinos. El origen de los arios está en Pre-América (2013) constituye un ensayo historiográfico fundamental. Aquí se abordan los símbolos escriturarios de tres libros líticos en formato de tablillas: Uno de la cultura wara que encierra un sistema de escritura criptográfica, así como símbolos cuneiformes. Las otras dos tablillas pertenecen a la cultura manna o manaví, nombre alterado por los inquisidores y transformado en manabí. Estos libros contienen como emblema el símbolo real denominado Korymbus de los reyes sasánidas de Persia.

Cubiertas de algunos de los libros de Ruth Rodríguez Sotomayor. a. El origen preamericano de la informática. Sistemas de cómputo preamericanos (2012). b. El mensaje oculto de los libros líticos andinos. El origen de los arios está en Preamérica (2013). c, d y e. Descubrimiento del origen de los mayas. La patria ancestral de los mayas está en el Reino de los Kitus (2016 / 3 tomos).


Como corolario de su visión, un ilustrativo párrafo de Rodríguez Sotomayor en Runa Simi: Una lengua universal en un pasado remoto: La historia oficial se ha encargado de mantener la cronología errada implantada a la fuerza por los frailes de la Inquisición y los “analfabetos de la Conquista” que menospreciaron el testimonio de los amautas, los tlamatinime, los ah-kines y los Sabios Guardianes de la Tradición Sagrada, que sostenían que la raza autóctona descendía de culturas antediluvianas. Se destruyeron los registros históricos y cósmicos, echando a la hoguera las bibliotecas y los ordenadores ecológicos: Los khipus y los nepohualtzintzin, instrumentos de altas matemáticas, creados por los sabios aborígenes.

En el extenso horizonte de su mirada, Rodríguez Sotomayor concibe el desarrollo de un gran registro de los símbolos ideográficos, pictóricos, rupestres y petroglíficos de toda América.

Abogamos y propiciamos este encomiable proyecto y todos los trabajos que Ruth Rodríguez Sotomayor pueda desarrollar y brindarnos pues corresponden no sólo a una extraordinaria investigación sino que además constituyen la herencia de los dioses civilizadores de América.

Rafael Videla Eissmann
Viernes 13 de Enero de 2017


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lunes, 9 de enero de 2017

Los antiguos mandalas de Chile


 Mandala de origen nepalés (Siglo XIX).


En la tradición hinduista y budista los mandalas corresponden a figuraciones simbólicas y rituales del macrocosmos y el microcosmos. El hombre y el mundo.

El concepto de mandala es de origen sánscrito (maṇḍala मंडल) y proyecta la idea de «círculo», o disco, en su sentido de diagrama o figura sagrada, como manifestación de la Totalidad, es decir, de la Unidad, esto es, de lo Absoluto y sus múltiples expresiones en la Naturaleza cíclica –el universo, el mundo, el hombre–y por ende, su esquematización o diseño como espacio sagrado/divino en y de los distintos planos.

En términos de su composición y diseño, una de sus características principales es la presencia de ejes cardinales u ordenadores y su simetría que conjuga la relación espacial de la periferia y del centro. Un eje intangible pero presente.

Un eco de la tradición de los mandalas se descubre en la iconografía del arte cristiano medioeval, especialmente en los rosetones y también en domos. Además, se halla en algunos símbolos herméticos y alquímicos de la tradición esotérica de Occidente.

Por cierto, el origen de estas figuraciones sacras se remonta a la Ante-Historia. A la edad de los dioses.

En Chile, significativamente, se descubre esta concepción en dos manifestaciones del arte prehispánico, específicamente en la tradición lituche-araucana: Los kultrunes o tambores ceremoniales de los machis o shamanes y en los tupus o ‘agujas’ de la joyería araucana. En ambos casos, dichas manifestaciones culturales conocidas corresponden a expresiones de la época hispánica aun cuando su origen es anterior y su génesis ignoto.

Tanto en los kultrunes como en los tupus se vierte la idea del círculo como totalidad y figura espacial. El kultrun es la plasmación tanto del espacio horizontal –el Chili-mapu o territorio de Chile–, como también una proyección vertical simbólica del mundo. El tupu es, asimismo, un símbolo o diagrama de la Tierra como esfera.

Diversas representaciones de kultrunes. Ilustraciones de José Pérez de Arce en el libro Mapuche. Semillas de Chile (Museo Chileno de Arte Precolombino / Museo del Oro – Bogotá, Banco de la República de Colombia & Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile, Dirección de Asuntos Culturales. Santiago de Chile, 2009).

  
 
 
Tupus araucanos.

Ubicación del tupu en el atuendo araucano.


Una aproximación al origen de estos símbolos se descubriría en una remota vinculación entre los antiguos siddhas del Himalaya y los antiguos machis de los Andes. En este sentido, una interesante apreciación fue desarrollada por el abate Juan Ignacio Molina en su Compendio de la historia geográfica, natural y civil del Reino de Chile (1776), donde señaló que los chilenos llaman a los primeros hombres, de los cuales descienden, Peñi Epatun, que quiere decir, los hermanos Epatun, pero, a excepción del nombre, no saben otra cosa de la historia de estos hermanos sus patriarcas. Los llaman también Glyche, esto es, hombres primitivos o del principio, y en sus congregaciones los invocan, junto con sus divinidades, entonando en alta voz: Pom, pum, pum, Mari epunamun, animalhuen, Peñi Epatun, etc. Los tres primeros vocablos son al presente de incierta significación y podrían tomarse por una suerte de interjección, si la voz puon con que los chinos nombran al primer hombre creado o salvado de las aguas, no nos indujese a sospechar que podrían tener una noción análoga. Los lamas o sacerdotes del Tíbet pronuncian también frecuentemente en sus rosarios las tres sílabas Hom, ha, hum, o om, aum, como dicen los habitantes del Indostán, los cuales en cierta manera corresponden a las chilenas arriba dichas.

Desde ese desconocido pasado vislumbrado únicamente en la tradición áurea de los mitos, sólo los símbolos han perdurado como silenciosas ideografías de la edad de los hombres-dioses.

Rafael Videla Eissmann
9 de Enero de 2017.


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