viernes, 12 de diciembre de 2014

Gudrid Thorbjarnardottir y Snorri, el niño vikingo de América


Estatua deGudrid Thorbjarnardottir y su hijo realizada por Ásmundur Sveinsson
en Laugarbrekka, Islanudia.


La islandesa Gudrid Thorbjarnardottir exploró América casi quinientos años antes que Cristóbal Colón, alumbró al primer bebé europeo del nuevo continente, peregrinó a Roma y se hizo monja.

Una sombra se proyectó desde la puerta y una mujer entró. Llevaba una túnica negra y ceñida; era más bien baja y tenía una cinta en su cabello castaño (...). Caminó hacia Gudrid y dijo:

– ¿Cómo te llamas?

– Me llamo Gudrid, ¿y tú?

– Me llamó Gudrid–, contestó la mujer.


La conversación tuvo lugar en Norteamérica en los albores del siglo XI, casi quinientos años de que Cristóbal Colón llegara al mar Caribe. La protagonizaron la islandesa Gudrid Thorbjarnardottir y una india algonquina. El bebé de Gudrid, llamado Snorri, el primer niño europeo nacido en América, estaba en la cuna. El contacto tuvo lugar probablemente en la isla canadiense de Terranova, en un asentamiento vikingo situado no muy lejos del que había construido antes Leiv Erikson, el hijo de Erik el Rojo y primer escandinavo que colonizó Norteamérica.

El hecho se menciona en la Saga de los Groenlandeses, uno de los relatos legendarios de Islandia. Otra narración, la Saga de Eric, describe a Gudrid como una mujer de belleza sorprendente. Tenía un antepasado irlandés, el esclavo Vifil, que le transmitió el cristianismo de raíz céltica. Fue comerciante, madre y monja. Antes de irse a vivir a una iglesia había peregrinado a Roma, donde es posible que contara sus aventuras. A esa conclusión llegó el escritor islandés Halldor Laxness, premio Nobel de Literatura en 1955.

Gudrid tuvo una vida azarosa y sorprendente para la época en que vivió. La Saga de los Groenlandeses cuenta que Leiv Erikson la rescató en el mar a la vuelta de su expedición a América en el año 1000. Ella formaba parte de un grupo de quince náufragos que habían encallado con su barco en la costa norteamericana. Era la esposa del capitán.

Leiv Erikson los condujo a todos a Groenlandia, donde Erik el Rojo se había establecido con su comunidad. Gudrid enviudó y volvió a casarse con otro hijo de Erik, Thorsteinn, que también murió. Convertida en una mujer rica e influyente, tuvo una aventura sentimental que no cuajó y se casó por tercera vez con el mercader noruego Thorfinn Karlsefni. A instancias de ella, ambos decidieron viajar al poblado que Leiv Erikson había fundado en Terranova y buscaron sus propias tierras. La expedición estaba formada por colonos de Groenlandia, esclavos irlandeses y ganado. Durante tres inviernos se dedicaron al trueque con los indios (cambiaron paños por cuero y pieles). Allí Gudrid dio a luz a Snorri y conoció a la enigmática nativa.

Los arqueólogos han creído encontrar la aldea de Leiv Erikson en L’Anse aux Meadows (L’Anse-aux-Meduses o Ensenada de las Medusas), al norte de Terranova. En 1960 hallaron en aquel lugar un asentamiento vikingo que data de entre los años 1000 y 1020. Pudo albergar a unas noventa personas y se componía de tres viviendas, una herrería, un aserradero para barcos y tres almacenes. El territorio hipotéticamente explorado por Leiv y los navegantes escandinavos posteriores se extendía desde la isla de Baffin y la península de Labrador, al norte del actual Canadá, hasta Terranova e incluso el actual Estado de Maine.

Leiv Erikson llamó Vinland («tierra de las vides») a la región situada más al sur (no se sabe exactamente cuál era). El motivo fue que uno de sus hombres encontró en ella una baya y debió de confundirla con un grano uva. Pero en el año 1000 no crecían viñas al norte de Maine.

Al llegar a Terranova, Gudrid y Karlsefni permanecieron unos meses en el poblado de Leiv y luego fundaron el suyo. Las crónicas dicen que la mujer india que contempló a Gudrid y a su hijo Snorri fue una «aparición»; pero Jonathan Clements, autor de Breve historia de los vikingos (2008), cree que el encuentro no tuvo nada de especial. Sólo podía tratarse de «una inquisitiva muchacha india que repitió las primeras frases en nórdico que había escuchado».

Aquel día ocurrieron más cosas en la comunidad vikinga. Fuera de la estancia donde se encontraron las mujeres, los colonos luchaban contra unos nativos porque les habían robado una espada. El ladrón murió y sus compañeros huyeron. Jonathan Clements sugiere que la indígena de la historia también intentaba robar algo a Gudrid aprovechando el desconcierto general.

Las hostilidades eran frecuentes. Los indios, a quienes los vikingos llamaban skraelings, una expresión que podría traducirse como «miserables» o «salvajes», reaparecieron en el poblado y fueron derrotados. Pero los colonos se hartaron del hostigamiento, sin olvidar que entre ellos apenas había cinco mujeres, de modo que regresaron a Groenlandia cargados de pieles y madera. Hubo al menos otro intento de colonización en Terranova, pero también fracasó.

Cuando Karlsefni y Gudrid regresaron de América, Snorri había cumplido tres años. La familia se estableció en una granja que el padre tenía en Islandia. A la muerte de éste, la viuda y el hijo cogieron las riendas. Más tarde, Snorri se casó y la madre abandonó el país; se fue al sur, lo que en el lenguaje de las sagas se interpreta como una peregrinación a Roma. Mientras estaba fuera, Snorri construyó una iglesia en sus propiedades. A su regreso, Gudrid se quedó a vivir en ella como monja.

Cuatro obispos islandeses se encuentran entre sus descendientes, subraya Jenny Jochens, autora de una escueta biografía de Gudrid incluida en el libro Hombres y mujeres de la Edad Media (2013), coordinado por el historiador Jacques Le Goff (recientemente fallecido). Jochens se detiene en ese hecho bastante extraordinario para destacar la importancia de Gudrid, que es una heroína en Islandia.

Pero la autora encuentra otra razón para detenerse en el personaje: Es plausible que Gudrid relatara sus viajes por Norteamérica cuando visitó Roma. Si ello ocurrió, pudo ser la primera en divulgar fuera de Escandinavia la existencia de un “continente nuevo”. No es descabellado pensar que los clérigos medievales propagaran la noticia y la cotejasen con otras narraciones.

La primera mención que se conoce de Vinland es muy anterior a las sagas islandesas, escritas en los siglos XIII y XIV. Data aproximadamente de 1070 y corresponde al canónigo sajón Adán de Bremen, que se apoya en la información de un rey de Dinamarca, Svend II Estridson, para escribir: Muchos de sus hombres habían descubierto en este océano otra isla, llamada Vinland, porque la vid se daba allí espontáneamente. Noticia que debemos a un testimonio digno de fe de los daneses.

El religioso islandés Ari el Sabio, de la misma época que Adán de Bremen, menciona a los indios de Vinlandia. Y los Anales islandeses hablan en 1121 de un obispo llamado Erik que partió hacia aquellas tierras. La misma fuente relata la arribada a Islandia en 1347 de un barco que había zarpado originalmente hacia la costa americana y fue arrastrado por una tempestad. Al recopilar estas informaciones, en un capítulo de la Historia universal de las exploraciones (1967), el historiador Michel Mollat no puede resistir la tentación de evocar al rey galo Madoc: Según la leyenda, marchó en 1170 al lejano oeste y que, dos viajes, habría fundado una colonia de varios centenares de hombres, pero no habría jamás regresado.

Pero Gudrid Thorbjarnardottir sí volvió y se fue a vivir a la iglesia que le construyó su hijo. Tuvo todo el tiempo que para entretener a su familia y a sus visitantes con la historia de su vida, especula Jenny Jochens. ¿Quién más sino Gudrid habría podido transmitir tan bien esas historias?

Javier Muñoz
Diario El Correo.
Vizcaya, 6 de Abril de 2014.

viernes, 5 de diciembre de 2014

¿Fue Quetzalcóatl un guerrero vikingo? No; fue un dios blanco de América


Quetzalcóatl, la Serpiente Emplumada (Códice Telleriano).


El artículo anterior, que aborda la visión de Lucie Dufresne en su libro Quetzalcóatl. El hombre huracán (2008), el cual estipula el origen nórdico de la Serpiente Emplumada, aun cuando contribuye a ampliar la visión general de la dogmatizada historiografía de la América prehispánica, hace eco del eurocentrismo característico del siglo XX y que encuentra en figuras como el profesor Jacques de Mahieu, uno de sus máximos promotores.

De Mahieu ha sostenido en diversos trabajos –La lucha mortal de los Dioses Solares. Los vikingos en Paraguay (1973), La agonía del Dios Sol. Los vikingos en la América del Sur (1974), El gran viaje del Dios Sol. Los vikingos en México y Perú (1975), La Piedra Sagrada del Dios Sol. Los vikingos en Brasil (1975), Los sabios de Ippir. Los vikingos en Amambay (1978) y El imperio vikingo de Tiahuanaco (1981)– que civilizaciones americanas como la tiahuanacota y la azteca fueron impulsadas por la presencia de vikingos y otros pueblos nórdicos. Lamentablemente, De Mahieu desconoció el hecho que estas civilizaciones –como otras del continente, por cierto– remontan sus orígenes a la época prediluvial, es decir, anterior a 13.000 años y que la cronología de estos pueblos antecede ampliamente el desarrollo cultural de los pueblos nórdicos. Por otra parte, si los vikingos fueron los impulsores de estas civilizaciones, ¿cómo es posible que no existan construcciones piramidales en Escandinavia, ni registros cronológicos como el de la Puerta del Sol de Tiahuanaco o los de la Piedra del Sol de los aztecas –que da cuenta de la creación y destrucción de cinco soles/eras, tal como lo ha postulado Hörbiger en la Cosmogonía Glacial?

Es un hecho que el así denominado “Descubrimiento” de 1492 es una absurda invención hispanista, cimentada en su trasfondo judeo-cristiano y las justificaciones político-económicas para el saqueamiento de las riquezas y la destrucción sistematizada de las huellas de los hombres-dioses aborígenes, es decir, de los Dioses Blancos, por parte de los celosos monjes de la fe monoteísta.

El continente americano tuvo desde la más remota antigüedad contactos transoceánicos –en el Pacífico como en el Atlántico–. Esto se sabía pero la historiografía moderna lo ha tergiversado. A modo de ejemplo: Fray Gregorio García en su obra El origen de los indios del Nuevo Mundo e Indias Occidentales (1607), explicaba que América ha sido poblada en tiempos diferentes, por diversas naciones o tribus, llegadas unas por el oriente y otras por el occidente; en tanto, Georg Horn en su tratado De Originibus Americanis (1652) sostenía una idea similar al expresar que el continente había sido poblado sucesivamente por los fenicios, los cántabros y otros pueblos de Occidente, y más tarde por los chinos, los hunos y otros pueblos de Oriente.

Es imposible, entonces, hablar de “Descubrimiento”, sea este atribuido a los hispanos o a los nórdicos.

La atribución del origen nórdico de los Dioses Blancos se basa en la creencia que el continente americano ha sido única y exclusivamente habitado por el indígena, es decir, por aquellos grupos de características braquicéfalas que hicieron irrupción en América desde distintas regiones de Asia y que constituyeron el elemento numéricamente predominante hacia 1492. Antes que ellos, el continente fue habitado por el elemento dolicocéfalo o dolicoide, es decir, por los descendientes de los Dioses Blancos, cuyos últimos retoños fueron descritos por diversos cronistas y observadores europeos como indios blancos.

Las tradiciones de los viracochas y kukulkanes fueron registradas, al menos parcialmente, en las crónicas y en algunos trabajos etnohistóricos. Son los hombres-dioses Tromé, Viracocha, Bochica, Tunupa, Parr y Quetzalcóatl, entre otros.

Las características dolicocéfalas de los paleoamericanos comprueban, en definitiva, que antes de los indígenas hubo otro grupo en el continente, al que comúnmente se le denomina como paleoamericanos.

Es la raza primigenia. Los Dioses Blancos de la América Aborigen.

Rafael Videla Eissmann
1º de Diciembre de 2014


* (Los textos de http://losvikingosenamerica.blogspot.com/ son exclusivos. Se prohíbe su reproducción).

lunes, 1 de diciembre de 2014

¿Fue Quetzalcóatl un guerrero vikingo?



Lucie Dufresne estima que el dios prehispánico fue un vikingo que naufragó en las costas mexicanas en el año 1000. Su novela especula sobre la posibilidad de que el dios de la Serpiente Emplumada fue un vikingo.

Quetzalcóatl, divinidad de los antiguos mexicanos, primitivamente adorada por los toltecas, habría sido un vikingo alto y barbado que llegó por equivocación al Nuevo Mundo, mucho antes que los españoles, de acuerdo con la hipótesis de la escritora Lucie Dufresne, autora de la novela Quetzalcóatl. El hombre huracán.

La escritora canadiense explicó, que de acuerdo con su libro, editado por Grijalbo, el antiguo dios fue un hombre muy especial y carismático, que ante la adulación de los pobladores originarios, se embriagó de poder y debió ser expulsado de la ciudad de Tajín, en Veracruz.

Esta descripción de la deidad, señaló, “es una hipótesis, no hay ninguna certeza, pero es una posibilidad porque aparece Quetzalcóatl como un hombre diferente de barba roja, al mismo tiempo que los vikingos exploran la costa de América, y en las sagas cuentan que llegaron hasta islas que no tenían en los mapas, son las islas del Caribe, posiblemente”.

A partir de estas narraciones, Dufresne recrea la vida del sur de Mesoamérica en el año 1000, cuando después de haber pasado el invierno en una costa este del norte de América, una expedición vikinga lleva su exploración hacia el sur.

Atrapados en el ojo de un huracán, la expedición llega a un mundo desconocido, la tierra que hoy ocupa México, sin embargo, sólo dos hombres sobreviven al naufragio: Uno es Ari, hijo natural de Erik el Rojo, y un esclavo cristiano de nombre Melkolf.

La novela, primera en la producción de Dufresne, “trata de un choque cultural, de un navegante que vino del norte y se perdió, pero que llegó al Tajín, a un lugar que antes se llamaba Mictlán y entonces para sobrevivir tuvo que adaptarse a un sociedad muy distinta de la que provenía”, manifestó.

Este hombre, es Ari a quien los pobladores atribuyen un origen divino, por ser un sujeto “muy diferente, un ser europeo que cayó en la sociedad tolteca y cuya venida, dejó un impacto muy fuerte que lo recordaron durante siglos como un dios”.

Para escribir Quetzalcóatl. El hombre huracán, la autora realizó una ardua investigación, “sobre todo acerca de los sitios donde sucede la acción y también está documentada en los tipos de sociedad, los grupos que los formaban, sus creencias, sus formas de vivir”.

La experiencia de Dufresne (1951, Québec, Canadá) incluye el estudio de poblaciones rurales mayas, lo que la llevó a pasar períodos largos en Yucatán y Quintana Roo, además de trabajar muchos años con el campesinado venezolano.

En la novela, señaló, “Quetzalcóatl fue un dios, pero sabemos que los dioses fueron hombres, fue un rey que existió, que reinó sobre la ciudad de Tollán, no se sabe bien de dónde vino y a dónde fue, hay muchos mitos que son contradictorios”.

No obstante, lo que sí se sabe, a través de un dibujo que supuestamente existió y de acuerdo con crónicas antiguas, “es que era muy grande y que tenía una larga barba roja”.

Este hombre, enfatizó, “ha debido ser muy especial, que de ser tan especial se creyó casi un dios y entonces se le puso el mito de un dios que ya existía antes, en Teotihuacán después evolucionó porque se veía como un dios de la guerra y acá era más bien un dios de la creación, de la vegetación, de la vida”.

Seguramente, concluyó la autora, “ese rey tenía mucho carisma, era muy hábil y muy buen estratega, reinó por muchos años e hizo crecer mucho su ciudad, pero el poder lo embriagó y no supo guardar su capacidad de analizar, no lo mataron, pero lo sustituyeron y lo mandaron a emigrar y fundar una nueva Tollán en Chichén Itza”.

Fuente: EFE - Diario El Universal de México, 14 de Abril de 2008.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Irminsul: El Árbol del Mundo


  Izquierda: Una clava talismánica de los araucanos del sur de Chile. Derecha: Ilustración
del Irminsul, el Árbol del Mundo.


El Irminsul (Irminsäulen) o Yggdrassil de los pueblos germanos, es el Árbol del Mundo. Es la Columna Invisible cuyos extremos alcanzan los polos (“El hierro lanzará del mundo él solo, / y de un linaje de oro, el más preciado, / el uno poblará y el otro polo”. Égloga IV –Sicelides– de Virgilio). Es, simbólicamente, el Árbol-Eje del Cielo-Tierra, a la vez que conexión entre Asgard-Agartha, el Reino de los Dioses, es decir, los asen; el Thursenheim o Jötunnheim, esto es, el Reino de los Gigantes; el Nebelhiem o Nifleheim, Reino del Hielo; el Muspelheim o Reino del Fuego y por último, Mittgard, la Tierra del Medio, donde habitan los hombres.

La representación ideográfica del Árbol del Mundo entre los germanos se caracteriza por una columna/pilar o tronco, en cuya parte superior se desprenden en sentidos opuestos dos ramas o brazos de proporción y extensión simétrica. Así se aprecia en un altorrelieve en Externsteine, en el Bosque de Teutoburgo y en una figura labrada en piedra, desenterrada en 1938, hoy en la iglesia de San Pedro en Obermarsberg (Eresburg), en Alemania.

 
Izquierda: Altorrelieve del Irminsul en Externsteine, en el Bosque de Teutoburgo, en Ostwestfalen-Lippe, Alemania. Derecha: Representación lítica del Irminsul en la iglesia de San Pedro en Obermarsberg, Alemania.


Este símbolo se descubre, significativamente, en el mundo prehispánico, como se puede observar por ejemplo en los códices mesoamericanos, en la representación del Yaxché, esto es, el Árbol-Columna del Mundo, el cual guarda las mismas características del Irminsul.

 
  El Yaxché, el Árbol del Mundo de la tradición mesoamericana (Códice Madrid).

 
Izquierda: La “caída” del árbol sagrado maya en el Códice Borgia. Derecha: Otra estampa
del relieve del Irminsul doblado en Externsteine, Alemania.


¿Puede ser mera coincidencia las representaciones similares de un símbolo con incluso significados semejantes en culturas que de acuerdo a la historiografía ortodoxa jamás tuvieron vinculación alguna?

En América del Sur también se evidencian las representaciones del Árbol del Mundo o Weltenbaum, el Árbol Vertebral, aun cuando los motivos tienden más bien a la abstracción: Así se colige en las formas de un aríbalo encontrado en el norte de Chile o bien, en una escudilla hallada en Santiago –ambos de la época precolombina–; o bien, en una clava-talismán de la tradición lituche-araucana del sur del país.

Izquierda: Aríbalo encontrado en el norte de Chile (Museo Chileno de Arte Precolombino).
Derecha: Escudilla prehispánica descubierta en Santiago de Chile.


Otro ejemplo lo constituyen las figuras de bronce del Irminsul que han sido descubiertas en Tiahuanaco y que eran portadas como talismanes, encontrándose incluso en poblaciones indígenas durante las primeras décadas del siglo XX,  según dio cuenta el arqueólogo Arthur Posnansky.

Representaciones líticas del Irminsul descubiertas en Tiahuanaco por Arthur Posnansky.


La existencia de manifestaciones culturales análogas en América y Europa –como por ejemplo, la religión heliolátrica, el culto al Fuego Sagrado, la presencia de los símbolos rúnicos y runoides y el culto a los ancestros divinos, entre otros aspectos– induce a determinar un origen en común. Las extraordinarias representaciones en el mundo precolombino del símbolo del Árbol del Mundo confirma esta idea.

De acuerdo al historiador Jürgen Spanuth, el templo supremo de Poseidón, rey de la Atlántida (Aztlán), se encontraba coronado por un gigantesco Irminsul. De allí que algunas crónicas germanas refieran a Irmansuli pyramides, lo que parece indicar que las columnas del culto de los antiguos germanos se elevaban en la cima de pirámides escalonadas, semejantes a los zigurats babilónicos o a las estructuras piramidales mayas. Conforme a Spanuth, Huth cree que la torre [o Templo de Poseidón] tenía la forma de pirámide truncada, con tres pisos superpuestos, terminada por una plataforma que sostenía la Columna del Cielo; esta clase de construcción tenía por modelo la «Montaña Celeste», monumento característico de las civilizaciones megalíticas.

El Árbol del Mundo, la Columna Invisible o la Montaña Cósmica, son figuras-símbolos arquetípicos que refieren al Eje del Mundo de las culturas y civilizaciones solares de América, Europa y Asia, cuyos orígenes se remontan a la mítica raza aria.
Rafael Videla Eissmann
1º de Noviembre de 2014

* (Los textos de http://losvikingosenamerica.blogspot.com/ son exclusivos. Se prohíbe su reproducción).

sábado, 1 de noviembre de 2014

Sobre el origen de las momias rubias del mundo andino


 Momia dolicocéfala de cabello rojizo, perteneciente a la cultura Nazca, de Perú.


La historiografía ortodoxa de América ha propuesto una línea de poblamiento y cronología ocupacional del continente de norte a sur, por medio del cual diversas oleadas de grupos protomongoloides y mongoloides –originarios de distintos puntos de Asia–, fueron paulatinamente habitando el “Nuevo Mundo”.

Esta teoría ocupacional ha determinado, de esta manera, no sólo la cronología cultural sino también una exclusiva tipología del habitante prehispánico, es decir, las características étnicas de los habitantes de la América Aborigen.

Contra el dogma cronológico-ocupacional aparecen aún en la misma concepción historiográfica oficial sitios como Pedra Furada en São Raimundo Nonato, en Brasil, con presencia humana que oscila entre 60.000 a 32.000 a. p.; Piedra Museo, en la Provincia de Santa Cruz, en Argentina, con vestigios de 13.000 años a. p. (11.000 a. C.); la cueva de Piquimachay, en el Departamento de Ayacucho en Perú, con fechas en torno a los 11.000 años a. C.; y Monte Verde en la Región de Los Lagos, en el sur de Chile, donde las investigaciones han identificado dos asentamientos: Monte Verde I (MV-I) y Monte Verde II (MV-II), teniendo MV-I aproximadamente 33.000 años de antigüedad y MV-II entre 12.800 y 12.300 años.

Estos asentamientos arqueológicos quiebran la cronología, pero no el dogma darwinista de la evolución tecnológica.

Momias de cabellos rojizo y rubio. Corresponden, respectivamente, a descubrimientos realizados
en Nazca, Paracas y Nazca (Perú).

 
Dos estampas de una momia del Cementerio de Chauchilla en Perú.


En cuanto a la tipología del habitante prehispánico, caracterizado por la braquicefalia, el pelo negro e hirsuto, el color cobrizo de la piel y la estatura promedio de 1,60 m, características que por cierto se encuentran en los indígenas y sus descendientes, pero que de modo alguno son EXCLUSIVAS para todos los habitantes del mundo precolombino. Así, se ha constatado en numerosas crónicas y registros etnohistóricos la existencia de los indios blancos desde la invención hispánica del “Descubrimiento” de 1492 hasta las observaciones realizadas por diversos exploradores durante las primeras décadas del siglo XX.

Los ejemplos de esta población aborigen se descubren en el arte y la iconografía prehispánica, como en las mentadas crónicas y escritos elaborados por conquistadores, misioneros y cronistas (Sobre este campo véanse http://losvikingosenamerica.blogspot.com.es/2012/10/el-misterio-de-las-momias-blancas.html , http://losvikingosenamerica.blogspot.com.es/2012/11/el-misterio-de-los-indios-blancos.html y http://losvikingosenamerica.blogspot.com.es/2014/10/la-poblacion-primigenia-americana-los.html ).

El descubrimiento de las denominadas momias rubias del mundo andino durante las últimas décadas, refuerza las exigencias de revisar las pautas de la historiografía ortodoxa, aun cuando sus acólitos conscientemente ignoren las evidencias que no se amoldan al edificio cognitivo que han construido sobre bases tan precarias.

El antropólogo Jacques de Mahieu, intentando explicar la presencia de este grupo blanco nativo en América, escribía en su libro El gran viaje del Dios Sol. Los vikingos en México y Perú, 967-1532 (1976) sobre las momias encontradas hacia 1925 en la  península de Paracas, cerca de Pisco, en Perú: Las momias en cuestión corresponden a dos tipos raciales bien diferenciados. Unas son innegablemente mongoloides: Baja estatura, cara achatada, cabeza braquicéfala y pelo negro azulado, y pertenecen a individuos semejantes a los indios que todavía pueblan la región. Las demás, por el contrario, son de alta estatura, cara alargada, cabeza dolicocéfala y pelo claro, con variaciones que van desde el castaño al rubio “paja”, pasando por todos los matices del rojo, sin descoloración artificial. Quien viera, sin indicaciones de procedencia, la momia reproducida en la imagen II  no vacilaría en atribuirla a una mujer aria de raza nórdica. No se trata de meras apariencias y los especialistas opinan del mismo modo. Algunos pensaron, en un primer momento, que las medidas de la cara y del cráneo podían provenir de una deformación artificial como la que efectivamente, los indios peruanos producían a menudo en los niños, y que el color del pelo podía ser la consecuencia de la acción del tiempo. Estas hipótesis tuvieron que ser desechadas (Jacques de Mahieu, El gran viaje del Dios-Sol. Páginas 63-65).

 
Momias de cabellos rojizos en sus fardos, en el Cementerio de Chauchilla, en Perú.
Una momia de una mujer con cabellos rubios y trenzados, de origen incásico (Perú).


El profesor De Mahieu atribuía el origen de las momias rubias a la población nórdica arribada al continente antes de la empresa peninsular de finales del siglo XV, obedeciendo no sólo a un insostenible eurocentrismo sino también a la única explicación que él pudo vislumbrar. Desconocía De Mahieu el hecho fundamental que la presencia de población de tipo “europoide”, es decir, los indios blancos, corresponden en realidad a los paleoamericanos caracterizados por los cráneos dolicocéfalos o dolicoides –véase por ejemplo, la reconstrucción del rostro del Hombre de Kennewick, un paleoamericano cuyos restos fueron descubiertos en el banco del río Columbia en el Estado de Washington, en los Estados Unidos–, quienes vivieron en América antes de la irrupción de los grupos procedentes desde distintos regiones de Asia y que posteriormente serán conocidos como indígenas y a quienes, erróneamente, se les atribuye ser la población originaria del continente.

El origen de las poblaciones de los indios blancos, de acuerdo a la tradición mítica y a la evidencia arqueológica, se remonta al núcleo zoogénico antártico: La Patagonia.

Rafael Videla Eissmann
1º de Noviembre de 2014


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miércoles, 15 de octubre de 2014

La cruz swastika de los araucanos


 Una machi y su kultrún frente al rehue.


El origen de la tradición polar de los Primeros Hombres, es decir, de los lituche o glyche se rastrea por medio de los símbolos sagrados que heredaron ulteriormente los indígenas en América del Sur. De tal manera, símbolos como el rehue y el kultrún, revelan una concepción sagrada espacial: El rehue es el símbolo del Axis Mundi, el “puente” o columna que une los planos; la “escalera” por donde el iniciado asciende al plano astral de los ancestros o Antupaiko. De hecho, el prefijo Re implica la idea de pureza y Hue es lugar, esto es, rehue es el Espacio Sagrado.

La cruz gamada en el trarilonko.

El kultrún, o tambor ceremonial de los machis, en tanto, es una micro-representación del planeta y una figuración de la tetrapartición espacial del universo (Meli-witran-mapu).

Diversas representaciones del símbolo sagrado del Sol: La cruz swastika o tetraskelión.


Es en el kultrún donde los antiguos araucanos estamparon el venerado símbolo del Sol, la cruz swastika o tetraskelión, la ideografía sagrada de la Divinidad Increada (Sobre este campo, véase al respecto  http://losvikingosenamerica.blogspot.com/2013/01/el-simbolo-sagrado-del-sol.html y http://losvikingosenamerica.blogspot.com/2014/04/la-sucesion-de-los-soles-en-el-kultrun.html

A continuación, una serie de estampas donde se observan estos símbolos de la cultura araucana, heredados por los indígenas de la Araucanía, en el sur de Chile.

Rafael Videla Eissmann
9 de Septiembre de 2014








La cruz swastika estampada en el kultrún araucano (Fotografías de Martin Thomas ~ Sin fecha).


* (Los textos de http://losvikingosenamerica.blogspot.com/ son exclusivos. Se prohíbe su reproducción).

miércoles, 1 de octubre de 2014

La población primigenia americana: Los indios blancos

 El octavo soberano incaico, Viracocha Inga, con signos rúnicos y runoides en su yacolla o túnica, de acuerdo
a la ilustración de Felipe Guamán Poma de Ayala en la Crónica del Buen Gobierno de los Incas (1583-1615).
Nótese que es un hombre barbado.


Desde la irrupción de los peninsulares en 1492, numerosos han sido los testigos de la existencia de población americana que no encaja con el fenotipo indígena. Debido a estas notorias diferencias, los cronistas -sobre todo los misioneros-, vislumbraron diversas oleadas de poblamiento en el continente. Así, fray Gregorio García en su obra publicada en 1607, El origen de los indios del Nuevo Mundo e Indias Occidentales, sintetizó que América fue poblada en tiempos diferentes, por diversas naciones o tribus, llegadas unas por el oriente y otras por el occidente.

 
El dios Quetzalcóatl, un hombre blanco y barbado. Fragmento de una cerámica encontrada
en Tenochtitlán, México, en 1957.

 La Dama de la Máscara, momia wari de ojos azules encontrada en la Huaca Pucllana en Lima, Perú, descubierta
en 2008. Es una prueba contemporánea de la existencia de los indios blancos  en la América Aborigen.


Debido a las características étnicas de este grupo, varios autores, basándose tanto en las características fisonómicas como culturales, concluyeron que se trataba de población nórdica arribada a América con antelación a la empresa de Cristóbal Colón. De ahí, por ejemplo, que Hugo van Groot en De origine gentium americanarum dissertatio (1642) sostuviera que los nativos emplazados al norte de Panamá, a excepción de aquellos del Yucatán, descendían de los noruegos. En tanto, Sufrido Pedro en De Frisi antiquit et origine (1698) indicaba que supuesto la destreza en la navegación y del deseo de ver cosas nuevas, no es difícil deducir que los indios de Chile y aún los del Perú descendían de los frisios.

En los tiempos del Descubrimiento, la Conquista y la Colonia, estas poblaciones fueron denominadas indios blancos y se caracterizaban por el color claro de la piel, la barba y el tipo de cráneo dolicocéfalo o dolicoide, factores étnicos ajenos a los indígenas (Véase la recreación del Hombre de Kennewick, descubierto en un banco del río Columbia en el Estado de Washington, en Estados Unidos). No obstante, el origen de este grupo primigenio -los paleoamericanos- no se encuentra en Europa, sino que se remonta a la tierra polar antártica, el gran centro de la humanidad blanca y clara como dilucidara el profesor Roberto Rengifo, quienes se vieron obligados a emprender extensas migraciones tras la búsqueda de mejores condiciones de hábitat a raíz de la última Gran Catástrofe o Diluvio, ocurrido alrededor de 13.000 años, tal como lo estableció Hans Hörbiger y Philipp Fauth en la Cosmogonía Glacial (1913). Este magno evento planetario ha sido comprobado por análisis geológicos que fueron presentados en la Unión Geofísica Americana en el año 2007 y por numerosos estudios multidisciplinarios desarrollados desde entonces.

 
 Un atacama barbado, del norte de Chile, fotografiado por Aimé Felix Tschiffely en 1926.
 
 
 
 Los Hijos de la Luna, es decir, los indios blancos de la tribu kuna de Panamá. Su origen
se remonta a Tula (2011).


Sin embargo, la migración hacia otras latitudes no fue total, pues los remanentes de este tronco prediluvial, esto es, los viracochas o Dioses Blancos de los mitos prehispánicos, sentaron las bases para las civilizaciones americanas.

Por estas razones, el nombre dado al continente por los grupos nórdicos arribados a América a partir del siglo X fue Huitramannaland, es decir, la tierra de los hombres blancos.

Rafael Videla Eissmann
1º de Octubre de 2014



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domingo, 14 de septiembre de 2014

Los tikuna de la Amazonía

 Detalle de un remo tikuna hecho en madera tenida de negro con “cumate”. Es el símbolo sagrado del Sol,
la “Cruz de nuestros ancestros” (Museo de Antropología de Madrid).


La tribu  de los tikuna (o tukuna) viven en la actualidad en las orillas del río Solimões, en el Estado de Amazonas, en Brasil, y en las regiones colindantes de Perú y Colombia. A pesar que su origen es desconocido, existen evidentes similitudes étnicas con otras culturas amazónicas. Grandes cazadores, se dedican además al cultivo en sus chagras emplazadas cerca de sus viviendas -que originalmente eran grandes casas comunitarias de forma oval-, actividad que complementan con la pesca y la recolección.

Tikuna sería un vocablo de origen tupi y es una referencia que quiere decir “hombres de negro” debido al color de las pinturas corporales que emplean los tikuna.

 
 Remo tikuna (Museo de Antropología de Madrid).


Su población actual es de alrededor de 35.000 individuos quienes viven en unas setenta aldeas nucleares. Su clasificación lingüística es homónima a la de su cultura pues no tiene relación directa con lenguas de aéreas vecinas. Es una lengua independiente.

Este grupo indígena ha preservado fabulosos códigos simbólicos y míticos, transmitidos por innumerables generaciones.

Descendientes del gigante Yuche -quien vivía desde siempre en la Tierra y conocía el lenguaje de paujiles, perdices, monos y grillos- el cual, tras beber agua de un arroyo se observó en el reflejo de esta y notando que había envejecido, se colmó de tristeza. Un dolor en su rodilla motivó el regreso a su choza y se durmió profundamente. En el sueño sintió que seguía envejeciendo hasta despertar tarde al día siguiente, dándose cuenta que en la rodilla, ahora inflamada y transparente, contenía dos pequeños seres -un hombre y una mujer; el primero, que templaba un arco y la segunda, quien tejía un chinchorro-. Infructuosamente les preguntó quienes eran y cómo habían llegado allí. Los diminutos seres lo observaron pero no respondieron y continuaron trabajando. Fue entonces cuando Yuche cayó, golpeándose la rodilla de la cual emergió la pareja. Esta fue la pareja primordial de donde descienden los tukanos.

Significativamente, un eco de este mito antropogónico se encuentra en el Völuspá del Edda, transcripción medioeval de antiquísimos relatos germánicos, donde los hombres surgen del cuerpo del gigante Ymir.

 
Máscara tikuna con el símbolo del astro doble de Venus: Estrella Matutina y Estrella Vespertina.

 
Textil con claves astronómicas de los tikuna de Alto do Solimões, obtenido por el antropólogo
Curt Nimuendaju en 1941 para el Museu Goedi.

Los antropólogos Gloria Fajardo y William Torres, en el libro Introducción a la Colombia Amerindia (Ministerio de Educación Nacional. Instituto Colombiano de Cultura. Instituto Colombiano de Antropología. Bogotá, 1987), refiriéndose al origen mítico de los tikuna, han señalado: En la mitología ticuna se destacan principalmente los héroes culturales Yoi e Ipi. Yoi es el héroe civilizador que hizo a la gente, estableció las leyes y costumbres de la tribu, dando así los elementos más importantes de la cultura material y social. Ipi aparece como un ser desobediente y terco; es el “loco”, el ser desorganizador pero esencial para la conformación del Ticuna como tal. La historia de estos héroes se narra en el mito de origen, el más importante de su mitología:
 
Nutapa se estaba bañando en una quebrada cuando unas avispas, que había mandado su esposa, le picaron las rodillas produciéndole hinchazón. De la rodilla derecha nació Yoi con su hermana Mowacha y de la izquierda Ipi y su hermana Aikia.
 
Cuando los hermanos crecieron pasaron varias aventuras, entre las cuales se destaca la adquisición de la luz del día, lograda al tumbar el árbol que cubría todo el cielo con su follaje con ayuda de la ardilla que se casó con Aikia.
 
Después Yoi consigue mujer, que fue seducida por Ipi quien es castigado por su hermano exigiéndole rallar huito (Genipa americana). Realizando esta tarea Ipi se ralla a sí mismo. El desecho del huito es arrojado al agua, y sirvió como alimento a algunos peces que capturados, dieron origen a varios animales, a los indígenas ticuna y a los demás indígenas que viven en el Amazonas.
 
Antes de separarse Yoi e Ipi hicieron una comida de despedida que significó la adquisición del clan y por consiguiente la pertenencia a una de las dos mitades existentes en la sociedad ticuna. Ipi quería ir al Oriente, pero Yoi, en la noche, le dio la vuelta al mundo e Ipi engañado se fue al Occidente mientras Yoi partió en dirección opuesta.

 Sonajeros ceremoniales tikuna. Nótese los símbolos runoides en los mangos.

 
 Tikuna contemporáneos con máscaras rituales y pintura corporal.

 
Por otra parte, uno de los ritos iniciáticos más importantes de esta cultura indígena se relaciona con el rito de pasaje de niña a mujer, en el cual son instruidas en las costumbres ancestrales. En este rito se confeccionan máscaras y trajes de seres fantásticos donde destaca un ser antropomorfo con cara de serpiente, encarnación del espíritu que vivía en el agua. Esta ceremonia iniciática tiene lugar en los plenilunios y tal como en las tradiciones de selk’nam, araucanos, aymarás y mayas, el Ser del Agua, o Serpiente o Ser del Inframundo, se relaciona directamente con la Luna (Tawëmaké o Tahuaimakai), siendo en realidad una evocación simbólica de la última catástrofe planetaria o Diluvio.

Destaca asimismo el tocado de plumas, reminiscencia de las representaciones de los viracochas, los hombres-dioses de la tradición aborigen.

Un componente fundamental que permite vislumbrar el hecho que los tikuna han heredado del grupo primordial americano algunas de sus tradiciones, se descubre en sus símbolos, muchas veces trazados como pinturas corporales, o bien, estampados en sus textiles, alfarería y objetos rituales donde se reconocen las ideografías sagradas de las runas y las representaciones del Sol (Iaké o Yahü) y la estrella helíaca de Venus.

Rafael Videla Eissmann
30 de Agosto de 2014


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lunes, 1 de septiembre de 2014

El sacrificio de los indios blancos

 El sacrifico de un indio blanco en uno de los murales de Chichen Itzá, en México. Bajo el indio blanco,
se aprecia una serpiente (Quetzalcóatl).


Diversos son los campos que los historiadores no osan abordar para no ser excluidos de la prestigiosa y dogmática comunidad académica. A pesar del discurso sobre la necesidad de replantear y reescribir la historia constantemente, esto es de hecho una visión conceptual pues la historia se puede replantear y reescribir sólo mientras sea en los estrechos lindes de la propia historiografía oficial. Ir más allá, no obstante emplear la misma metodología historiográfica -que en el caso de la América precolombina corresponde el estudio de las crónicas y fuentes etnohistóricas- implica el ostracismo académico y la mentada exclusión de los círculos de conocimientos de la visión (versión) oficial de la historia.

Esto es lo que sucede con las investigaciones en torno a las poblaciones pre-indígenas de la América precolombina, es decir, con las poblaciones que habitaron el continente con anterioridad a la irrupción de las oleadas sucesivas de protomongoloides y mongoloides procedentes de distintos puntos de Asia.

Las poblaciones pre-indígenas, esto es, los aborígenes o paleoamericanos, corresponden a los cráneos dolicocéfalos o dolicoides que se han descubierto desde Tierra del Fuego a Alaska y cuyos últimos resabios fueron observados por los conquistadores y misioneros en distintas regiones del continente. Son los indios blancos registrados en numerosas crónicas y que fueron representados por lo demás en diferentes manifestaciones del arte prehispánico.

A pesar de las considerables pruebas de la existencia de este grupo nativo, los prestos historiadores de los más importantes centros universitarios y casas de estudio del continente, jamás han indagado su origen, manifestaciones culturales y destino, a pesar, como se ha indicado, de la significativa evidencia que entregan el arte precolombino y los testimonios de los europeos y posteriormente los criollos.

El Hombre de Kennewick, es decir, los restos óseos de un paleoamericano descubierto en el banco del río Columbia en el Estado de Washington, en los Estados Unidos de América, es el claro testimonio de esta población.

El Hombre de Kennewick, un paleoamericano descubierto en los márgenes del río Columbia en el Estado de Washington,
en Estados Unidos. Es un indio blanco, cuyas características étnicas son totalmente diferentes a aquellas de los indígenas.


Ahora bien, un hecho llamativo e intrigante sobre el ignoto mundo precolombino, son las referencias sobre el sacrificio de los indios blancos realizados por los indígenas. ¿Cuáles fueron sus motivaciones?

 
 El sacrificio de los indios blancos en los murales de Chichen Itzá, en México.


Este hecho no es aislado: Diversas evidencias en países como Chile, Perú, Bolivia y México, dan testimonio de estos sacrificios, lo que resulta paradójico pues en toda la vasta geografía americana, se esperaba el retorno de los Dioses Blancos, es decir, de los viracochas o kukulkanes, los hombres-dioses que sentaron las bases de las altas civilizaciones americanas.

Los indios blancos eran los descendientes de estos hombres-dioses, o como informa el conquistador y cronista Pedro Pizarro en la Relación del Descubrimiento y Conquista de los Reinos del Perú (1571), eran hijos de los ídolos [dioses].  ¿Propiciaría el sacrificio de los indios blancos el retorno de los Dioses Blancos? En la América precolombina, es un hecho bien conocido el rito indígena de la ofrenda del objeto que se busca perpetuar, como se constata por ejemplo a través del sacrificio de auquénidos desarrollado por los yatiris en el altiplano andino, para obtener ulteriormente la fertilidad de esta especie, en un círculo de asociaciones mágico-religiosas entre la Pachamama y el hombre.

Esta es sólo una arista, pues algunas fuentes describen un profundo rechazo y recelo contra los indios blancos. Así, de acuerdo a Pedro Cieza León en la Crónica del Perú (1540-1550), Viracocha llegava y oviese enfermos los sanaba y a los ciegos con solamente palabra les daba vista. Sin embargo, a pesar de las buenas acciones de este hombre-dios, fue apedreado por los naturales de Cacha, a quienes Viracocha castigó con “fuego del cielo” hasta que éstos pidieron perdón, tras lo cual saliendo de allí, fue hasta llegar a la costa de la mar, adonde, tendiendo su manto, se fue entre sus ondas y que nunca jamás apareció ni le vieron.

En Chile, un registro etnográfico realizado por un antropólogo hace referencia claramente a este rechazo, casi un tabú, contra estas poblaciones descritas como blancos, con pelos más amarrillos y de caras largas, lenguaje coloquial para referirse a las poblaciones dolicoides de piel clara: Entonces salieron (de la gruta) dos personas: Un hombre y una mujer. Tiempo después, a la pareja le nació una criatura y otra, mellizos. Pero no eran morochos y oscuros como sus padres, sino blancos, con pelos más amarrillos que negros y más suaves. Entonces (los padres) tuvieron miedo del enojo de la Luna, que, como eran también amarilla (blanca?), tal vez no le gustara. Mataron, pues, a los mellizos.

Después siguieron naciendo de la pareja muchos chicos más, pero todos blancos y rubios como monstruos, tan transparentes que podía verse como corría la sangre en los cuellos. Con ojos sin color, claros, nacían estos monstruos… De miedo a Kuyen, siempre, no dejaron viva a una sola de esas criaturas, no obstante que estaban formadas como ellos mismos, salvo el color… Pero miedo y asco le daban esas criaturas desteñidas, de caras largas. Con el tiempo, vino al fin una criatura muy oscura y fea. Morocha de tez negra y de ojos, pelos oscuros y duros. Gustóles tanto que, en su alegría, le daban palmadas en la espalda con sus manos frías (...).

Este registro constata la existencia de la población dolicoide y a pesar de no explicar su origen, entrega una información fundamental sobre las características étnicas y animadversión al señalar que no eran morochos y oscuros como sus padres, sino blancos, con pelos más amarrillos que negros y más suaves. Entonces (los padres) tuvieron miedo del enojo de la Luna, que, como eran también amarilla (blanca?), tal vez no le gustara. Mataron, pues, a los mellizos.

El “enojo de la Luna” es una referencia simbólica de la última catástrofe diluvial o Gran Diluvio, conocido en la tradición araucana como Tripalafken.

Por otra parte, en Monte Albán, en Oaxaca, México, algunos bajorrelieves zapotecas patentan el sacrifico de hombres barbados. Otro tanto acontece con una estela maya de Cotzumalhuapa, en Guatemala, donde un sacerdote vestido de jugador de pelota, sostiene una cabeza humana en una mano y en la otra el cuchillo sacrificial. La cabeza es también de un hombre barbado.

 Estela maya de Cotzumalhuapa, en Guatemala, que describe el sacrificio de un hombre
barbado a manos de un sacerdote.

 Bajorrelieve en Monte Albán, en Oaxaca, México, con la representación de un barbado sacrificado.


Acaso el más explícito sacrificio de los indios blancos en el arte precolombino se encuentre en los murales de Chichen Itzá, en Yucatán, México, que describen la captura y sacrificio de estos habitantes. De modo específico, en un fragmento de estos murales se aprecia el sacrificio de un indio blanco bajo el cual se puede observar el cuerpo de una serpiente, hecho que indudablemente lo asocia al dios blanco y barbado Quetzalcóatl -evocación de la Serpiente Emplumada de la tradición mesoamericana-, héroe cultural originario de Aztlán, el mítico continente sumergido como consecuencia de la última gran catástrofe planetaria.

Rafael Videla Eissmann
1º de Septiembre de 2014


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viernes, 1 de agosto de 2014

Las clavas de los antiguos araucanos de Chile


Una clava araucana del sur de Chile (izquierda), símbolo de poder entre los lonkos o jefes. Nótese la similitud con la cabeza de un dragón en la proa de un drakkar (“dragón” en islandés) o långskip de los pueblos nórdicos (derecha), encontrada en Holanda y que se remonta al siglo V de la era cristiana. Cabe destacar que las representaciones más conocidas de las cabezas de dragón de estas embarcaciones son tardías (700-1000).


Las clavas o clavas-insignias de los antiguos araucanos de Chile, fueron símbolos de poder portados por los lonkos o jefes de los clanes.

Estos símbolos, confeccionados a partir de distintos materiales líticos, se caracterizan por presentar la forma de una “medialuna” en uno de sus lados, de cuya parte inferior se desprende un mango o astil, que es por donde se coge la figura. Las clavas tienen un promedio de 230-250 mm de alto por 110-170 mm de ancho.

Una cantidad considerable de clavas presentan un círculo central, hecho que ha llevado a la interpretación vulgar de ser este un ojo y que las clavas son representaciones del loro tricahue (Cyanoliseus patagonus bloxami) o cefalomorfas, según las premisas de los arqueólogos del Museo Chileno de Arte Precolombino.

Algunas de las clavas conocidas poseen patrones de líneas incisas, usualmente asociadas al círculo central -el cual puede presentar líneas dobles o ser un sobre relieve-, hecho que permitiría sugerir que estas insignias corresponden a un sistema calendárico que se basaba en una cuenta solar y lunar, por cuanto el primero estaría representado por medio del círculo central y la Luna, en tanto, por la forma de medio círculo de la figura.

A pesar de conformar parte de su cultura, no hay conocimientos entre los indígenas sobre estas claves codificadas.

Clavas araucanas. En el “cuerno” superior de la forma de medialuna se descubre la ideografía
del “Árbol de la Vida”, esto es, la runa Man de múltiples brazos.


¿Cuál es el origen de estos símbolos de poder? ¿Cuál es su antigüedad real? ¿Cuál es el origen de su forma?

Es posible que su origen se remonte a los Lituche o Glyche, los “hombres de la aurora”, o Antupainko, es decir, los habitantes prediluviales del territorio de Chile.

La naturaleza sagrada de estos emblemas se comprueba por la presencia de símbolos grabados en ellos, tales como el “Árbol de la Vida”  y la estrella de vespertina y matutina, es decir, la estrella helíaca de Yephun-Oiehuen.

Rafael Videla Eissmann
1º de Agosto de 2014.



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martes, 1 de julio de 2014

Símbolos rúnicos en la alfarería del territorio de Chile


 
 El símbolo sagrado del Sol: La swastika o “Cruz de nuestros ancestros” en un motivo de la alfarería
diaguita del norte de Chile (Museo Regional de La Serena).


Diversas piezas arqueológicas descubiertas en el territorio de Chile constatan la presencia de símbolos rúnicos y fórmulas runoides, aun cuando en realidad se debería hablar de símbolos pre-rúnicos por cuanto estas ideografías son anteriores a la formulación del sistema rúnico del Futhark germánico y sus ramificaciones en distintos puntos de Eurasia.

En este sentido, dichas ideografías se encuentran en campos tales como las inscripciones petroglíficas, los textiles y la alfarería. Este último campo otorga pruebas claras de la simbología rúnica-runoide, la cual se remontaría a la edad de los Lituches, es decir, los hombres de la aurora, o el principio de la generación de los hombres, conforme la tradición aborigen del Chillimapu que ulteriormente fue consignada por cronistas como Diego de Rosales. Los Lituches o Glyches fueron los hombres-dioses que transmitieron la sabiduría y los símbolos sagrados de la civilización prediluvial a los sobrevivientes y éstos a las generaciones sucesivas. De tal forma, estos símbolos fueron estampados en diversos campos como los señalados arriba. Sin embargo, ello no significa, necesariamente, que en tiempos posteriores los artífices de estos símbolos o bien, los portadores de éstos, conociesen su significado profundo y sus claves mágico-religiosas. Es muy posible, como dilucidara el profesor Carlos González -refiriéndose a la simbología de la alfarería prehispánica- que se poseyeran formas “normalizadas” (convencionalizadas en su figura), lo que permite clasificarlos por épocas, aunque los elementos “decorativos” se mantuvieron constantes. Es decir, que se repitieran los trazos del símbolo, sus formas “normalizadas” o estandarizadas, ya devenidas en elementos “decorativos” u ornamentales.

Un aríbalo atacameño con influencia incásica en el cual destaca el patrón
de  “cruces en movimiento” (Museo Chileno de Arte Precolombino).

 
La runa Gibur estampada en un aríbalo tricromático del sur de Chile
(Museo Nacional de Historia Natural).


Las ideografías rúnicas-runoides se descubren de esta manera en la alfarería de los araucanos, mapuches, diaguitas y atacameños, asociadas al mismo tiempo con la simbología solar y la tríada cromática negro-blanco-rojo o bien, con colores equivalentes.

Ciertamente, los símbolos rúnicos del territorio de Chile no son un caso aislado ni exclusivo en el campo precolombino pues ideografías similares se encuentran en la cultura tiahuanacota, quechua, incásica, chibcha y en diversas tribus amazónicas.

Los ejemplos de la alfarería del territorio de Chile que hoy se conocen son de una época relativamente cercana a la irrupción hispana del siglo XVI y que pudiesen haber sido, a su vez, efluvios de las oleadas de los pueblos nórdicos -antecediendo en casi tres siglos al arribo de los españoles y portugueses-, quienes regresaban a América-Huitramannaland, esto es, la tierra de los hombres blancos, o Albania, de significado homónimo.

Rafael Videla Eissmann
1º de Julio de 2014


Izquierda: Variaciones de la runa Odal en ambos costados del rostro antropomorfo en esta vasija de la cultura diaguita (Museo Chileno de Arte Precolombino). Derecha: Detalle de un aríbalo atacameño con una variación de la runa Man como “Árbol del Mundo” y “soles en movimiento” con la características tricromática de negro-blanco-rojo (Museo Chileno de Arte Precolombino).

Izquierda: Alfarería araucana del sur de Chile con un patrón de “cruces en movimiento” similar
al del aríbalo atacameño. Derecha: Alfarería araucana tricromática con patrón de rayos solares. Esta
figura -como muchas otras claves de la alfarería prehispánica- debe observarse desde el plano vertical, hecho
que permite apreciar en este caso que se trata de la representación del Sol.


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La cartilla oghámica de San José de Ka’asapa, en Paraguay


El paisaje del Departamento de Ka’asapa, o Caazapá, en Paraguay.


Las siguientes láminas corresponden a la transcripción, análisis y estudio de la cartilla oghámica descubierta en San José de Ka’asapa, en Paraguay, la cual fue desarrollada por el profesor Vicente Pistilli.

Conforme al profesor Pistilli, esta es la estructuración de la cartilla:

Lámina I:

Figura 1: Esgrafiado del templo de San José de Ka’asapa. Diseño: 20 cm x 60 cm.

Figura 2: Alfabeto oghamico. 5 grupos de 5 letras.

Figura 3 Cartilla oghámica. Posición A.

Lámina II:

Figura 4: Posición B.

Figura 5: Distinción fonética. Letras T–C.

Figura 6: Esgrafiado del templo de San José de Ka’asapa. Criptograma rúnico.

 Lámina I.

Lámina II.



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